Cuatro años en el barro: por qué la Gran Guerra fue la peor para un soldado
Cuatro años sin moverse del mismo pozo de barro. Piojos, ratas que ya no temen al hombre, sardinas en lata y una contienda que iba a durar unos meses. Ese es el retrato que domina cuando se pregunta qué guerra ha sido la peor para ser soldado, y la respuesta mayoritaria apunta a la Primera Guerra Mundial. No es una lectura aislada: es la conclusión que se impone una y otra vez cada vez que la conversación vuelve sobre las trincheras del frente occidental.
Por qué la Primera Guerra Mundial rompió el molde de todo lo anterior
Hasta 1914 la lógica era otra. Te movilizaban, acampabas, se organizaba la batalla y ahí te jugabas la vida. Terminaba el combate y, con él, terminaba el peligro. En el Marne o en Verdún, en cambio, la amenaza no se apagaba nunca: podías estar echando un cigarro con un compañero cuando un obús caía sobre la trinchera sin previo aviso.
Ninguna guerra anterior había fundido el aburrimiento y la muerte en la misma rutina.
El relato clásico insiste en los detalles que lo hacen insoportable. El uniforme deshecho que no puedes remendar y que, cuando por fin te dan uno nuevo, lleva la etiqueta de un camarada caído. Los cadáveres desmembrados clavados en el alambre de espino, conviviendo contigo a metros de distancia durante semanas. La artillería que no da tregua y que, como describe uno de los mensajes más elocuentes, hace parecer que
San Miguel Arcángel estuviera combatiendo con el mismísimo Satanás en el cielo.
Hay quien apunta, sin plena seguridad, que
pudo ser la primera guerra que provocó enfermedades mentales a gran escala entre los combatientes. La tensión permanente, el insomnio, los compañeros que se volatilizan por los nervios. Y sobre todo una certeza aplastante: no puedes irte a casa.
Los turnos de cuatro días: la letra pequeña que matiza el relato
A la tesis del horror continuo se le pone un contrapunto técnico. Salvo durante una gran ofensiva, las divisiones de ambos bandos se dividían en tres grupos: cuatro días en primera línea, cuatro en las trincheras traseras como apoyo y otros tantos lejos del frente. Si de verdad los soldados hubieran pasado meses seguidos en el parapeto, sostiene este argumento, la guerra habría durado menos de seis meses.
La objeción no desmonta el cuadro, lo afina. Porque la crueldad del sistema no estaba en la duración del turno, sino en la imposibilidad de escapar del ciclo. Y en que, a diferencia de las batallas de siglos anteriores, aquí la tregua no se firmaba entre combate y combate: la tregua era otra fase del mismo infierno, solo que un poco más atrás.
Napoleón en Rusia: canibalismo, cosacos y uniformes que no abrigaban
Cuando la conversación se desplaza a siglos previos, emerge la campaña napoleónica de 1812 como el otro gran candidato. Las memorias del sargento Bourgogne son la fuente que se cita: frío extremo, unidades que se comían a los rezagados y moribundos para sobrevivir, y emboscadas nocturnas de cosacos que aparecían de la nada y se desvanecían en el bosque.
La combinación era letal.
Uniformes de verano en un invierno ruso, caballería enemiga que atacaba en la oscuridad y una línea de suministro que se desintegró. Aquí no había trincheras: había kilómetros de marcha hacia ninguna parte.
De Numancia a Bajmut: cuando el sufrimiento cambia de bandera
El abanico de respuestas es amplio y a veces sorprendente. El sitio de Numancia se cita por el hambre extrema y los suicidios colectivos ante las legiones romanas. La batalla del río Kalka aparece como ejemplo del sadismo con que podían celebrarse las victorias: príncipes aplastados lentamente bajo tablones de madera sobre los que los jefes mongoles festejaron el triunfo, sin derramar sangre.
En el extremo opuesto del calendario, buena parte de los mensajes más recientes apuntan a la guerra de Ucrania. El caso de Bajmut concentra la atención: resistir bajo bombardeo constante, ver morir a los compañeros uno tras otro, no poder retirarse.
Hay quien describe ese escenario como el peor al que puede enfrentarse un soldado hoy, con la diferencia de que la tecnología actual no deja apenas margen para esconderse.
La selva de Vietnam y la guerra en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial completan la lista, con un matiz poco habitual: los japoneses aislados en Nueva Guinea y los guerrilleros del Vietcong, según varias intervenciones, se llevaron la peor parte. Vivir en agujeros de medio metro, escondidos durante semanas, con enfermedades tropicales y napalm al acecho.
El detalle que casi nadie discute
Hay un punto en el que coinciden casi todas las posturas: las guerras antiguas también eran atroces, pero su horror era más intermitente y más corto. Las heridas de un mosquete o de una espada podían matarte lentamente en el campo de batalla durante días, pero la bayoneta y el cañón modernos hicieron algo nuevo: industrializar la muerte y normalizarla. Un soldado alemán que sobrevivió a las trincheras de la Primera Guerra Mundial podía acabar, veinte años después, en el frente del Este. Algunos combatieron en Verdún y en Berlín. Eso ya no es mala suerte: es la firma de una época.
Con estos mimbres, la respuesta más repetida parece sólida y probablemente siga siéndolo: la Primera Guerra Mundial sostiene el título. Aunque la próxima generación que responda a esta pregunta quizá tenga argumentos más recientes con los que discutirlo.