Sanfermines: lo que queda cuando se apaga el chupinazo
La primera imagen que devuelve la palabra Sanfermines ya no es el encierro. Es un charco de vino, un vaso de plástico y una ciudad entera oliendo a meados. Eso es lo que responde una mayoría de los participantes en la conversación cuando se les pregunta qué les viene a la cabeza con la fiesta de Pamplona, y la respuesta se repite con una insistencia que, según algunos mensajes, empieza a parecer un patrón más que una simple queja.
El punto de inflexión lo marca, según el planteamiento que abre la conversación, un episodio concreto: una caída y un agarre durante una manada. A partir de ahí, dice ese mismo mensaje, la fiesta queda contaminada y quien lo escribe asegura que no volverá a verla nunca. No es una opinión aislada. Es la puerta por la que entra todo lo demás.
Qué se responde cuando se pregunta por Sanfermines
El hedor es el denominador común. Se describe una ciudad entera con olor a vino putrefacto, gente bebiendo desde la mañana hasta la mañana siguiente, vasos con restos de calimocho tirados por el suelo y personas orinando detrás de los contenedores. La palabra que más se repite es asco, y no siempre referida a Pamplona: varios relatos la extienden a la vaquilla de Teruel, donde se describe el mismo pantalón chorreando vino rancio y la misma mugre pegajosa.
Hay quien va más allá del olor y habla de degradación. Calles llenas de orines, borrachos, aglomeraciones, precios caros y suciedad. La conclusión de ese bloque es siempre la misma: la gente que puede, se va. Una residente de Pamplona, según el relato que se comparte, abandona la ciudad cada año si le coinciden las vacaciones y, cuando tiene que trabajar, sale con su marido esquivando lo que se concentra en el centro. Los sábados por petarse y los domingos por la llegada de visitantes franceses, dice el testimonio. El resto de días, a sobrellevarlo.
El paquismo, la política y el desliz del chupinazo
La lectura política aparece pronto y no se va. Se habla de basura y de paquismo, de lumpen en su salsa, y hay quien corrige el término para hablar directamente de gestión municipal. Un mensaje recoge el desliz de una presentadora al referirse al chupinazo con una palabra distinta, y la interpretación que se hace no es la del error inocente: se sostiene que es publicidad subliminal, propaganda simple. Otro mensaje recuerda un segundo desliz de la misma presentadora con otra palabra.
La crítica no distingue siglas. Se apunta al ayuntamiento, a la clase política local y a quienes sostienen que la fiesta es en realidad de fuera, no de los pamploneses. La frase que resume esa posición es que la ciudad se vacía y que hay viajes organizados solo para esos días.
Agresiones sexuales y seguridad en los Sanfermines
El asunto más serio entra por la vía de los datos oficiales que se citan: una agresión sexual en las primeras horas de las fiestas, 58 detenidos por delitos de diversa consideración y 259 denuncias presentadas tras la primera noche. Son las cifras que se manejan en la conversación y sobre las que se construye el argumento de que la fiesta tiene un problema de seguridad que no se resuelve con más policía.
Junto a eso aparece el debate sobre el consentimiento, con posiciones frontalmente enfrentadas y un caso judicial de fondo que se menciona sin resolver. Una parte sostiene que existe una indefensión de los varones ante determinadas denuncias; otra, mayoritaria en el tono general, no entra a discutirlo y se limita a señalar que la fiesta concentra agresiones. El asunto queda abierto, sin sentencia que lo cierre.
Los toros, la tortura animal y la contradicción de fondo
El encierro como espectáculo también se discute. Hay quien defiende que correr un rato y hacer el imbécil es una cosa y que otra muy distinta es que después se torture y se mate al animal, y califica el conjunto de costumbre tribal propia de otra época. Frente a eso, la defensa clásica: buenos encierros, ambiente de jolgorio y gente que se lo pasa bien como en cualquier fiesta de cualquier pueblo.
La contradicción que se señala con más retintín es otra. Se acusa de hipocresía a quienes rechazan la españolidad de la fiesta mientras su piedra angular sigue siendo una corrida de toros. Es el argumento que más recorrido tiene en la parte final de la conversación.
El turismo de borrachera y la imagen exterior
La dimensión económica aparece sin querer. Se habla de visitantes extranjeros, de turismo de exceso, de una ciudad tomada por gente que viene de fuera y de hostelería que vive de eso. La descripción más repetida es la de visitantes enseñando el cuerpo y bebiendo sin control, con la frase de que no hay nada mejor que acostarse con alguien poco agraciado entre varios como resumen del folclore importado.
No todo es rechazo. Hay quien recuerda la fiesta con nostalgia, con 19 años, el primer curso aprobado, el carnet recién estrenado y la furgoneta del negocio familiar mangada al padre para ir con los amigos. Beber hasta el agua de los floreros, reírse de todo y despertarse en medio de la Taconera con más alcohol en sangre que conocimiento. Ese relato, minoritario, es el único que no menciona el olor.
Con estos mimbres, la pregunta deja de ser qué se piensa de Sanfermines y pasa a ser otra: cuánto de esa imagen es la fiesta y cuánto es lo que hemos decidido contar de ella. Las cifras de denuncias y detenciones están ahí. El hedor también. Lo que no aparece por ningún lado es alguien dispuesto a defender el modelo tal y como funciona hoy.