Peón de albañil en 1996: 90.000 pesetas, no 2.000 euros
En 1996, un chaval dejaba el instituto y entraba de peón en una obra. Sin oficio, sin experiencia, sin nada. Según el relato de uno de los participantes, cobraba
90.000 pesetas al mes. Un militar profesional ganaba un poco menos. Ese es el suelo que se maneja, muy lejos de los 2.000 euros que la nostalgia coloca en la nómina de cualquier adolescente con casco.
La escena que reivindica el tuit de partida es exactamente esa: una España donde dejar los estudios a los 16 no era condena y donde sonaba una canción concreta de fondo. La respuesta llega rápido y por dos frentes. Uno sostiene que aquella obra dorada tenía más muertos por caída, porque según su versión las medidas de seguridad no existían o se saltaban a la torera. El otro apunta a las drogas: hay quien recuerda que la heroína de los ochenta hizo estragos en España. Nadie niega que hubiera trabajo. Se discute a qué precio.
¿Cuánto se ganaba de verdad en la obra en los años 90?
Los números que se manejan son mucho menos épicos que el titular nostálgico. Un peón sin cualificar ingresaba 90.000 pesetas en 1996, según el relato de un participante. Ya en 2005, un peón de gran constructora cobraba
1.100 euros netos, con 100 euros extra por cada sábado trabajado. Los sueldos altos existían, pero iban pegados al oficio y al destajo: encofradores, gruistas, especialistas en fachada de ladrillo caravista. Quien proyectaba yeso a destajo se sacaba
500.000 pesetas al mes, según la estimación que hace otro usuario.
Hay casos aún más llamativos, aunque llegan por boca de un solo forero: un camionero autónomo facturando un millón de pesetas mensuales antes del año 2000, o un comercial con 500.000 de fijo más comisión. Cifras de otro mundo, aunque sin red: sin contrato fijo, sin vacaciones garantizadas y sin la protección que hoy se da por descontada.
Lo que sí era distinto era la facilidad para encontrar hueco. Había quien trabajaba de camarero de mayo a septiembre y el resto del año no hacía nada porque le daba para vivir. La petición de
empleo llegaba antes que la negociación del sueldo.
El ladrillo pagaba bien, pero no gratis
El volumen de trabajo inflaba los precios por sí solo. Según cuenta un participante, a un constructor al que le pedías levantar una casa por 20 millones de pesetas te respondía con 40 si tenía la agenda llena, porque rechazar obra era más rentable que aceptarla. Ese detalle explica mejor que ninguna estadística qué era aquel mercado: quien vendía fuerza de trabajo podía permitirse elegir.
El reverso era la seguridad, y ahí las versiones chocan. Una sostiene que el andamio se montaba con lo puesto y que los quitamiedos y cinturones se consideraban una pérdida de tiempo; otra asegura que a mediados de los noventa ya se obligaba a atar los andamios y a colocar protecciones, aunque fuera a regañadientes. La cifra de siniestralidad no aparece por ningún lado, y sin ella el argumento queda donde estaba.
Hipotecas a 50 años: el piso era tuyo si el banco te dejaba
Aquí la nostalgia se rompe del todo. El piso no se compraba con dinero: se compraba con deuda. La síntesis más repetida es que entonces no te hipotecabas, te hipotecabas hasta las trancas y vivías en la ficción de que el pisito era tuyo. Las condiciones acompañaban, según varios mensajes:
plazos de hasta 50 años y tipos de interés por los suelos. En el relato de esos mismos participantes, el crédito se concedía a cualquiera, con la valoración de riesgo de adorno, y no faltaban los avales en cadena entre conocidos.
Sobre el papel, la jugada salía redonda. Según los números que maneja un forero, un piso bueno costaba dos millones de pesetas en 1985; con uno se compraba una parcela en buen sitio y con seis o siete se levantaba una casa que hoy valdría 260.000 o 300.000 euros. El problema es que aquel diferencial se construyó sobre la expectativa de que el precio del ladrillo nunca bajaría. Cuando llegó 2010 la tendencia era justo la contraria, y según uno de los relatos hubo que retirar stock del mercado para evitar que acabara de hundirse, una maniobra sobre la que el hilo no se pone de acuerdo.
La oposición como termómetro del mercado laboral
Un indicador inesperado de la vitalidad de aquella economía: las oposiciones. Preparar una plaza pública era entonces perder el tiempo, salvo vocación clara —juez, policía, bombero, médico—, porque el sector privado ofrecía alternativas y la estabilidad no cotizaba. Hoy la relación se ha invertido y el funcionariado vuelve a ser refugio.
El detalle que mejor lo retrata lo aporta un participante: hay plazas de ingeniero por oposición que quedan desiertas, mientras el aspirante medio prefiere una plaza administrativa con menos responsabilidad y sueldo parecido. Cuando el mejor destino de un ingeniero es una ventanilla, algo se ha roto en el mercado, y no precisamente el ingeniero.
Del sueldo al verano y a la escasez de mano de obra
Con el paso de los mensajes, la conversación sobre nóminas derivó hacia otro sitio. Hay sectores con falta de personal porque parte de la plantilla se marcha en verano si no le tocan las vacaciones, y el reemplazo no siempre llega. El diagnóstico se parte entre quienes lo atribuyen a un cambio de actitud y quienes recuerdan que un trabajo mal pagado no se suelta así como así: la voluntad de madrugar guarda relación directa con lo que entra en la cuenta a fin de mes.
También asoma la tesis de que el modelo del ladrillo se prolongó gracias a la llegada de trabajadores migrantes, que acababan comprando pisos de las mismas promociones que levantaban, con avales en cadena. Aparece en la parte final sin más respaldo que la propia observación.
El dato que descoloca no es el sueldo, es el suelo. Según el relato de un forero, cogiendo naranja a destajo un fin de semana entero —viernes, sábado y parte del domingo— se sacaban casi 300 euros. Hoy, por esa misma faena, se pagan 50 euros al día. Puede que la nostalgia exagere el pasado. El presente se encarga de que no haga falta.