Puente y la destrucción de la democracia (Jesús Cuadrado en Vozpópuli)

Puente y la destrucción de la democracia (Jesús Cuadrado en Vozpópuli)
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

El artículo de Jesús Cuadrado en Vozpópuli sostiene que la negativa de Óscar Puente a dimitir tras dos accidentes ferroviarios evidencia la degradación democrática del Gobierno de Sánchez. La dimisión ministerial como norma no escrita de la democracia liberal es el eje del texto.

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El artículo de Jesús Cuadrado en Vozpópuli sostiene que la negativa de Óscar Puente a dimitir tras dos accidentes ferroviarios evidencia la degradación democrática del Gobierno de Sánchez. La dimisión ministerial como norma no escrita de la democracia liberal es el eje del texto.

El 29 de noviembre hay elecciones. Y el debate público, según el artículo que Jesús Cuadrado publica en Vozpópuli, se ha desplazado de los programas a los escombros. Dos accidentes ferroviarios en nueve meses, el de Adamuz en enero y el de Urda en octubre, con 69 muertes en el segundo, han convertido la seguridad de la Alta Velocidad en el asunto central de la campaña. No por voluntad de nadie, más bien al contrario: el plan era hablar de gestión y evitar rendir cuentas. La catástrofe se impuso.

La dimisión que no llega

Cuadrado arranca con una tesis que no admite matices: en una democracia liberal, un ministro cuyo departamento sufre un fallo grave de seguridad asume la responsabilidad política y se va. No hace falta que un juez le impute nada. La responsabilidad política es otra cosa, es la que se deriva del cargo, no del Código Penal. El autor cita al historiador francés Pierre Rosanvallon y su libro *El buen gobierno*, donde se afirma que la dimisión de un ministro cuando aparece como responsable devuelve sentido y nobleza a la función política. La cita no es decorativa: sirve para marcar la distancia entre lo que el autor considera cultura democrática y lo que describe como práctica del Gobierno actual.

El ministro de Transportes, Óscar Puente, compareció el viernes tras el siniestro de Urda. No dimitió. Justificó quedarse por valentía, dijo, para dar la cara. Técnicos de reconocido prestigio, según el artículo, calificaron esa comparecencia de basura. El texto subraya la paradoja: reconocer que se ha quebrado la confianza en la seguridad de la Alta Velocidad, competencia incuestionable del ministro, y no asumir consecuencia alguna. La responsabilidad, en su versión más elemental, exige que alguien pague. Aquí no paga nadie.

Imputación política frente a imputación judicial

El artículo distingue dos conceptos que la opinión pública tiende a confundir, y que según el autor el entorno del ministro explota a propósito. La imputación política es la que corresponde al cargo: si tu departamento falla, respondes. La imputación judicial compete a los tribunales y exige pruebas de delito. Mezclarlas permite una maniobra cómoda: como no hay imputación judicial, se alega que no hay nada de qué dimitir. Cuadrado califica esa confusión de premeditada.

La acusación más dura del texto llega aquí. Sostiene que, desde el primer minuto del accidente de Adamuz, cuando aún se buscaban víctimas entre los vagones, el ministro se concentró en filtrar información sesgada que pudiera exculparle. Y menciona una maniobra concertada con el diario El País el miércoles siguiente para endosar la culpa a un trabajador, presentado como eslabón de un sistema de seguridad cuya responsabilidad última es del titular de Transportes. El autor califica la conducta de deshonesta y chapucera. Añade un dato biográfico: conoció a Puente en el Comité Regional del PSOE, donde era identificado como el gamberro de la sala. La conclusión que extrae es que el problema no es individual sino de cultivo interno del partido.

El catálogo de agravios y el giro de Bilbao

El artículo amplía el foco. Lo que está en juego, dice, no es solo la gestión ferroviaria sino un modelo de gobierno que trata las instituciones como herramientas de campaña. Enumera varios frentes: la gestión de la frontera en Ceuta, el aislamiento en Europa en política migratoria, las nacionalizaciones con fines electorales. La tesis de fondo es que el sanchismo ha degradado los fundamentos de la democracia liberal que producen confianza dentro y fuera del país.

Después introduce un contrapunto que le sirve para medir el agotamiento de la polarización como estrategia. Mientras portavoces y dirigentes de la izquierda, entre ellos Elma Saiz, Ada Colau, Irene Montero y Gabriel Rufián, atribuían a Vox la responsabilidad de las concentraciones violentas en Madrid, el alcalde de Bilbao, Juan Mari Aburto, del PNV, reaccionó a los disturbios en su ciudad con una frase que el artículo recoge: no son antifascistas, son fascistas. Tarde, pero el autor lo lee como señal de que la población empieza a rechazar que le quemen coches y le saqueen tiendas en nombre de relatos guerracivilistas de ocasión.

Qué se juega el 29-N

El texto cierra con una advertencia política. No basta con una alternancia al uso. Cuadrado sostiene que harían falta mayorías cualificadas, 210 diputados y 161 senadores, para reparar los daños institucionales acumulados y para hacer inviable el proyecto plurinacional que, a su juicio, encarna el nuevo Frente Popular. El desafío para Alberto Núñez Feijóo, si llega a la presidencia, será que la degradación democrática descrita quede como un paréntesis y no como una costumbre.

Conviene recordar que el artículo es una columna de opinión y que las afirmaciones sobre filtraciones, motivaciones y responsabilidades son valoraciones del autor, no hechos judicialmente establecidos. La investigación de los accidentes corresponde a los tribunales y a las comisiones técnicas.

Datos clave
  • Dos accidentes ferroviarios en nueve meses: Adamuz en enero y Urda en octubre, con 69 muertes en el segundo.
  • Óscar Puente, ministro de Transportes, no dimitió tras el siniestro y justificó quedarse para dar la cara.
  • El artículo cita a Pierre Rosanvallon y su libro El buen gobierno sobre la dimisión ministerial como norma democrática.
  • El autor menciona una maniobra con El País para atribuir la culpa a un trabajador.
  • Elecciones el 29 de noviembre; el texto reclama mayorías de 210 diputados y 161 senadores.
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

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Puente y la destrucción de la democracia​

02/11/2026

Jesús Cuadrado-Vozpñopuli​

  • Hay pocas dudas sobre la necesidad perentoria de un cambio en profundidad en la política española
El plan del sanchismo para las elecciones del 29 de noviembre consistía en evitar como fuera la obligación democrática de rendir cuentas sobre los resultados de su gestión. En eso estaban cuando una catástrofe ferroviaria, por segunda vez en nueve meses, puso en evidencia el abandono de infraestructuras y sistemas de seguridad de la Alta Velocidad, degradados al nivel del “tren burra” que circulaba por mi tierra hace cien años. Ahora los publicistas de Moncloa reorientan la campaña y, vestido de penitente, encierran en los puestos de mando a Sánchez, que se hace el distraído sobre el requisito democrático de la responsabilidad política que le atañe. De paso, como le ocurrió con Zapatero, tampoco puede distanciarse de Puente porque, como en una cuerda de presos, van todos encadenados y, si cae uno, caen todos.

La tragedia ferroviaria retrata un fracaso innegable. Somos una democracia, pero el sanchismo gobierna como si no lo fuera. Que no se produjera la dimisión del responsable de Transportes por el accidente de Adamuz en enero ha llevado al de Urda, con 69 gloria, en octubre. En la rueda de prensa del pasado viernes, Puente justificó no asumir su obvia responsabilidad política por valentía, dijo, para “dar la cara”. Técnicos de reconocido prestigio han calificado esa comparecencia pública de forma muy crítica. Reconocer que se ha quebrado la confianza en la seguridad de la Alta Velocidad, incuestionable competencia suya, y no dimitir demuestra la catadura del personaje. Como explica Pierre Rosanvallon, en el ya clásico El buen gobierno, “la dimisión de un ministro en cuanto figura responsable devuelve sentido y nobleza a la función política, así como a la persona en cuestión”. Pero, para eso, se necesitaría cultura democrática y no es el caso.

Deshonesto y chapucero​

Qué inmoralidad la de Puente que, para intentar salvar su carrera política, elude hacerse cargo de una responsabilidad ineludible e intenta liar a la opinión pública con la confusión premeditada entre imputación política, toda suya, e imputación judicial, que compete a la Justicia, en terminología de Rosanvallon. Como en Adamuz, desde el primer minuto, cuando se estaban buscando víctimas entre los vagones, el ministro del ramo se concentró en hacer filtraciones sesgadas, manipuladas, que pudieran exculparle. Entre tanta indecencia, no tiene nombre la maniobra concertada con el diario El País el mismo miércoles para endosar la culpa del accidente a un trabajador, un eslabón en un sistema de seguridad fruta al cien por cien al propio titular de Transportes. Deshonesto y chapucero. Cuando le conocí en el Comité Regional del PSOE, era identificado como el gamberro de la sala, lo que demuestra que, como después se comprobó, el bicho se incubó en el propio partido, para desgracia del país.

El sanchismo pasará a la historia como un caso excepcional de destrucción sistemática de los fundamentos propios de una democracia liberal destinados a producir confianza, interna y externa. Solo en los últimos meses, el catálogo de desastres abruma, con la abusa de la frontera en Ceuta, sin respuesta del Gobierno; con el aislamiento absoluto en Europa en materia de política migratoria; con el embeleco de las nacionalizaciones con fines electorales; y ahora con una nueva catástrofe ferroviaria que muestra un país en caída libre. Se ha degradado tanto la democracia española que el ministro que calificó el accidente de Adamuz como “inexplicable” y el de Toledo como ”inverosímil” mantiene aún un ejército de seguidores acérrimos que, si se les pregunta, aún confiarían en él para dirigir la seguridad ferroviaria. Un valiente que da la cara, como repican en redes y platós.

Un rapto de dignidad en Bilbao​

En cualquier caso, la artimaña del conglomerado sanchista para que todo el debate político se concentre en fascismo-antifascismo pierde fuelle, suena ya a broma. Un ejemplo. A la vez que la portavoz socialista del Gobierno Elma Saiz, la candidata del Frente Amplio Ada Colau, Irene Montero, o el independentista Gabriel Rufián “acusaban” a Vox -¡víctima visible de las agresiones, como en La Coruña!- de estar detrás de las concentraciones violentas iniciadas en Madrid, el alcalde de Bilbao Juan Mari Aburto, del PNV, reaccionó ante los actos de reconocible corte extremista violento en su ciudad con un “no son antifascistas, son facinerosos”. Tarde, sí, pero están detectando que la población no va a soportar que les quemen los coches y les roben las tiendas por discursitos guerracivilistas de ocasión. Detectan que la política de polarización es solo un plan que busca réditos en las urnas.

Hay pocas dudas sobre la necesidad perentoria de un cambio en profundidad en la política española a partir de las elecciones del 29 de noviembre. No bastará una alternancia al uso y sería muy buena noticia que los españoles dieran a quienes van a gobernar durante los próximos años una mayoría que les permita reparar los daños institucionales de envergadura que dejan ocho años de destrozos. Para hacer definitivamente inviable en el futuro el proceso de sustitución de la España constitucional por un engendro plurinacional, el que lleva en cartera el nuevo Frente Popular, serían muy útiles mayorías cualificadas de 210 fruta y 161 senadores. Para Alberto Núñez Feijóo, el mayor desafío será lograr desde la presidencia del Gobierno que la degradación de la democracia que ha representado el sanchismo sea solo un paréntesis, un mal sueño, en nuestra historia democrática
 
 

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