Vivir sin smartphone: posible, cada vez más incómodo
Se puede vivir sin smartphone. La duda es a qué precio, y no solo en euros. El aparato en sí es lo de menos: la factura de datos manda, y ahí se decide casi todo. Quien arrastra un teléfono de hace una década
gasta en torno a cinco euros al mes; quien contrata datos se mueve entre los diez y los quince. La pregunta de fondo, planteada sin adornos, es si compensa pagar esa diferencia por un cacharrito que, como se quejaba un forero, en buena parte de los casos se usa para
mandar mensajitos y jugar.
¿Cuánto ahorra quien renuncia al smartphone?
El
ahorro depende del operador, pero los números que se manejan son consistentes. Hay quien pasó de
25 euros mensuales a 11 o 12 simplemente sustituyendo llamadas por mensajería instantánea. Y hay hogares con dos líneas y críos que no pasan de
12 a 15 euros al mes entre ambas, con la agenda familiar siempre al día. La clave no está en el terminal, sino en la tarifa: al operador le interesa que contrates datos porque es dinero directo, y por eso las ofertas de smartphones superan con mucho a las de los móviles convencionales.
El contraargumento tiene su lógica. Un smartphone sin datos ofrece poco, es verdad, pero con una tarifa barata —las hay de operadores como Pepephone o la tarifa cero de Yoigo— permite, según un forero, llamar por VoIP por menos de un céntimo el minuto. La aritmética, en ese escenario, se da la vuelta.
El WhatsApp como peaje social
Aquí es donde el cálculo económico se rompe. No tener WhatsApp deja de ser una opción de consumo y pasa a ser un problema de integración. Los contactos se excusan: que si te dejan el recado por otra vía, que si te mandan un mensaje que tú no puedes leer.
Hay quien se ha sentido un paria por resistirse, hasta el punto de comprarse un terminal de gama media solo para no quedarse fuera de las conversaciones. Un ZTE de 130 euros puede salir más caro que uno de 40 si la compra obedece a la presión del grupo y no a una necesidad real.
No es un problema técnico. Es de expectativas. La mensajería instantánea ha convertido la disponibilidad permanente en una norma no escrita, y quien no la cumple paga un peaje difuso pero constante. La réplica más repetida es difícil de rebatir:
el día que el único tema de conversación sea el móvil, habrá que elegir mejor las amistades.
La letra pequeña que no sale en el folleto
Frente a la promesa comercial, hay una lista de incomodidades que quien usa teléfono convencional conoce bien. La batería:
una semana en un móvil de los de antes, un día largo en muchos smartphones. También la fragilidad, la dependencia de actualizaciones que caducan, la precisión que exige una pantalla táctil frente a unos botones que se manejan a ciegas. Y una exposición a virus que puede dejarte sin lo esencial: poder llamar.
El capítulo del roaming merece párrafo aparte. En el hilo se cita el caso de una mandataria europea a la que se atribuyó una factura de 300 euros tras un viaje sin desactivar la conexión de datos en el extranjero. El detalle hizo más por la causa del teléfono sencillo que cualquier campaña, a juicio de quienes lo mencionan. A eso se suma la inquietud por la radiación: hay quien consulta el índice SAR antes de comprar y evita los modelos que encabezan los listados.
El smartphone también ahorra: podcasts, mapas y avisos
Negar la utilidad del aparato sería tan tramposo como negar sus costes. Hay un perfil para el que sí sale rentable: el que escucha podcasts y radio a diario, el que tira de GPS en el coche, el que aprovecha los ratos muertos sin wifi. Para él, el terminal sustituye al reproductor de mp3, al navegador y a la cámara compacta. El precio no tiene por qué dispararse:
entre 99 y 130 euros hay terminales suficientes para la mayoría de usos cotidianos.
De hecho, buena parte de quienes defienden la renuncia compran smartphones baratos o de segunda mano, dos generaciones por detrás. Es el perfil del consumidor que quiere las funciones útiles sin pagar el escaparate.
¿Y sin móvil, directamente?
Existe, aunque parezca mentira. Hay quien no tiene teléfono móvil y no lo echa de menos, y quien conserva un modelo básico hasta que reviente. El más veterano que se cita sigue funcionando desde 2008. Para ese perfil la pregunta no es smartphone sí o no, sino por qué tendría que llevar encima un aparato que no necesita. La respuesta, cada vez, es que el entorno ha dejado de considerar esa postura una simple preferencia.
¿Cuándo deja de compensar?
Cuando el uso no guarda relación con lo que se paga. Un cacharro moderno para mandar mensajes y jugar es dinero tirado, y ahí el teléfono de siempre gana por goleada. La cosa cambia cuando entran en juego el trabajo, los desplazamientos o la logística familiar.
Con esos mimbres, la balanza se inclina sin remedio hacia el terminal conectado. Nada indica que la tendencia vaya a frenarse: cada generación de operadores empuja hacia la tarifa de datos, y quien se resista tendrá que hacerlo con argumentos cada vez más sólidos. O con un Nokia de 2008 que siga funcionando, que también los hay.