Un psiquiatra abandona la consulta y pasa a la formación
Un psiquiatra con más de 40 años de actividad clínica anuncia que deja de pasar consulta porque, sostiene, la psicoterapia no tiene resultados constatables. Lo llamativo no es la tesis —se repite desde hace casi un siglo— sino el destino del que la enuncia: se pasa a la formación, los cursos y los eventos sobre aquello que dice que no funciona. La paradoja es el corazón del asunto y, para algunos participantes, también su negocio.
El personaje está identificado en el material como José Luis Marín López, psiquiatra y psicoterapeuta español, fundador y presidente del Foro Internacional de Formación en Psicoterapia. Es decir: no habla un crítico externo, habla alguien que lleva décadas dentro del sector que ahora cuestiona. Ese detalle cambia por completo la lectura del mensaje.
Qué dice exactamente y qué no
La precisión importa, porque el titular fácil se escribe solo. En el vídeo, según la transcripción que se maneja, no se ataca a la psiquiatría ni a la psicología en bloque: la crítica se dirige a la
psicoterapia como disciplina con pretensiones científicas. Hay quien recuerda que la psicología de raíz conductista sí es rigurosa y que la confusión entre ambas cosas es un error de bulto.
El matiz no es menor. Una cosa es discutir si una técnica concreta supera el efecto placebo y otra muy distinta es declarar fraudulento todo un campo profesional. En medio queda el paciente, que no distingue siglas ni escuelas y solo quiere dejar de pasarlo mal.
El argumento del negocio: 100 euros la hora
La crítica más repetida no es clínica, es económica. Se sostiene que el sector funciona como una industria donde el terapeuta cobra entre 80 y 200 euros por sesión sin garantía de resultado, sin obligación de devolver el dinero si la terapia no funciona y sin métricas públicas de éxito. En España, se recuerda, no existe una ley que obligue a la devolución del importe cuando el tratamiento fracasa.
A eso se suma el modelo de ingresos que algunos atribuyen al propio crítico: cursos caros, conferencias y
supervisiones de casos donde los alumnos seguirían pagando por aprender el método que, supuestamente, no sirve. La acusación de fondo, según estos participantes, es que el negocio no está en curar sino en mantener la relación terapéutica abierta, como una cuota de gimnasio.
Los que sí fueron y volvieron con algo
Frente al discurso de la estafa total, aparecen experiencias concretas que lo matizan. Un participante relata su paso por cinco psicólogos: el primero reconoció rápido que no podía ayudarle, dos de orientación cognitivo-conductual le resultaron contraproducentes, el cuarto —de inspiración psicodinámica— le cambió la vida tras cinco años trabajando los traumas familiares, y el quinto, gestalt, no llegó a encajar con él. Su conclusión no es que la terapia sea inútil, sino que el método y el profesional concretos lo son.
Otro caso describe seis sesiones de EMDR para agorafobia en las que el terapeuta propuso complementar con microdosis de psilocibina. El detalle, más que anecdótico, ilustra la ausencia de un marco regulatorio claro sobre qué se puede ofrecer y qué no dentro de una consulta.
La IA como sustituta y el problema de la regulación
La propuesta más repetida en la parte final del intercambio es sustituir al terapeuta por un modelo de lenguaje. Se argumenta que una IA escucha sin juzgar, guarda el historial de la conversación y está disponible a cualquier hora sin coste. El contraargumento es que la relación humana es el factor terapéutico y que ninguna máquina la replica.
Debajo de todo esto late una cuestión que nadie resuelve: quién certifica que un terapeuta sabe lo que hace. La carrera la puede estudiar casi cualquiera, el título no garantiza competencia y el colegio profesional no audita resultados. Con ese panorama, que alguien cobre 100 euros la hora por escuchar es, como mínimo, una posición de mercado difícil de discutir desde fuera.
La predicción razonable es que el sector no se contraiga: la demanda de malestar emocional crece y la oferta se adapta. Lo que probablemente cambie, con reservas, es la forma de venderlo —más formación, más marca personal, menos consulta— y ahí el crítico de hoy es el modelo de mañana.