Post-keynesianismo y peak oil: cuando crecer choca contra el muro energético
Corría febrero de 2013 y en el programa «Economía Directa» se debatía de pasada una contradicción incómoda: las recetas post-keynesianas para salir de la crisis —estimular la demanda mediante gasto público y empleo— parecen chocar de frente con el agotamiento de los recursos, especialmente el petróleo. La tesis, lanzada casi de refilón, desató un hilo de 70 respuestas que sigue siendo un espejo de las dos almas de la economía heterodoxa española.
Por un lado, la propuesta de Vicenç Navarro de crear cinco millones de empleos públicos en sectores como educación, sanidad y renovables. Por otro, la advertencia de que cada placa solar, cada investigador contratado, cada nuevo usuario de iPhone consume petróleo y materias primas —y que el estímulo keynesiano acelera el agotamiento en lugar de resolverlo. ¿Es posible conciliar la demanda efectiva con un planeta finito?
El dilema del crecimiento en un mundo con límites físicos
El post-keynesianismo hereda de Keynes la idea de que la demanda agregada determina la producción, y que en momentos de recesión el Estado debe gastar para reactivar el consumo. Pero la crítica desde la economía ecológica es directa: si ese gasto se traduce en más consumo de recursos, el ciclo se acelera. El debate revela dos posturas enfrentadas. Una sostiene que el problema no es económico sino tecnológico: la escasez empujará a la I+D y el reciclaje, como ocurrió con el aceite de ballena en el siglo XVIII. La otra responde que la tasa de retorno energético del petróleo cae inexorablemente y que ningún avance técnico podrá sustituir la densidad energética del crudo a escala —es la tesis del «crash oil» que Javier Pérez detallaba entonces en su blog.
Dinero fiat, corrupción y la trampa del crecimiento
Un argumento menos conocido pero recurrente señalaba al dinero fiat como responsable último del deterioro ambiental. La emisión sin respaldo evitaría el pogre tecnológico al perpetuar procesos obsoletos mediante corrupción estatal y empresarial. La propuesta pasaba por un mercado libre de dinero —sin monopoly money, venían a decir— que internalice las restricciones ecológicas. Frente a esto, la corriente decrecentista respondía que cualquier teoría basada en el crecimiento, ya sea keynesiana o liberal, está abocada al colapso: si se decrece, el sistema financiero se derrumba; si se crece, los recursos se agotan.
La tormenta perfecta y la salida que nadie ve
La discusión terminó en un callejón sin salida lógico. El post-keynesianismo necesita crecimiento para reducir el paro y la desigualdad, pero el planeta no da para crecer. El decrecimiento, en cambio, choca contra una estructura financiera que exige expansión perpetua. Una parte del análisis apuntaba a una redistribución radical de los recursos, pero sin resolver cómo mantener los empleos y las pensiones en una economía que se encoge. La conclusión implícita del hilo era que la incompatibilidad entre post-keynesianismo y escasez de recursos no es un error de diseño, sino la trampa estructural de una civilización que construyó su prosperidad sobre energía fósil barata.
El dato que descoloca
Años después, el pico del petróleo convencional es un hecho documentado, pero la producción total de líquidos se ha mantenido estable gracias a los no convencionales —fracking, arenas bituminosas— con un coste energético y financiero creciente. La pregunta que el hilo dejó abierta sigue vigente: ¿puede una economía post-keynesiana sobrevivir sin los márgenes de energía neta del siglo XX? Los números del balance energético mundial, año tras año, sugieren que no.
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