Rusia tiene 4.000 km de costa y un portaviones que humea como una cafetera
¿Para qué necesita
Rusia un portaviones? La pregunta recorre cualquier conversación sobre el Kuznetsov, el único que le queda a la flota rusa, y la respuesta se parte en dos según a quién se le pregunte. Unos ven en el barco la prueba de que Moscú no puede permitirse mantener un grupo de combate moderno. Otros sostienen justo lo contrario: que nunca le ha hecho falta, porque su guerra es otra. Lo que nadie discute es el humo. El buque, botado en la era soviética, arrastra décadas de mantenimiento precario y sale a navegar envuelto en una columna negra que se ha convertido en su seña de identidad.
Cuántos portaviones tiene cada país y por qué importa el número
El recuento que se maneja en la conversación es elocuente. Estados Unidos opera doce portaviones con sus respectivos grupos de combate. Reino Unido tiene tres, Italia dos y Francia uno, el Charles de Gaulle, considerado muy superior al buque ruso. España se queda con un casco que apenas da servicio a los Harrier. La comparación no es de tamaño, sino de estado: ninguno de esos barcos navega humeando y oxidado como el ruso.
La clave está en el dinero. Con el producto interior bruto ruso actual, sostener un portaviones con su escolta, su ala aérea y su mantenimiento anual es un ejercicio de fe. El Kuznetsov sale a navegar una vez cada varios años, y hay quien apunta que ni siquiera está operativo: se especula con que la tripulación se juega algo más que un resfriado cada vez que zarpa.
El argumento geográfico: 4.000 km de costa y ningún océano que cruzar
La objeción más repetida es la geografía. Rusia tiene 4.000 kilómetros de litoral, pero buena parte está congelada o cerrada por estrechos. Para salir al Atlántico hay que pasar por aguas controladas por terceros, y el tamaño de los buques está limitado por las esloras que admiten los pasos turcos. Un portaviones grande no cabe. Ese detalle, que parece menor, condiciona toda la doctrina naval rusa.
De ahí que la apuesta sea otra: submarinos nucleares y misiles hipersónicos que, según se argumenta, Estados Unidos no tiene y que pueden lanzarse desde plataformas sumergidas. La lógica es simple. Si el objetivo es disuadir, no hace falta acercar un aeródromo flotante a la costa enemiga. Basta con tener el misil y el submarino.
¿Están los portaviones obsoletos?
Aquí el consenso se rompe del todo. Una corriente sostiene que el portaviones es un artefacto de los años ochenta, un blanco enorme que un par de misiles modernos convierten en chatarra. Recuerdan que los acorazados también parecían invencibles hasta que la aviación naval los mandó al fondo en la Segunda Guerra Mundial. Si el misil hipersónico es el nuevo avión, el portaviones es el nuevo acorazado.
La réplica es igual de contundente. Un portaviones no navega solo: es el rey del tablero, y todas las piezas del grupo de combate se sacrifican para mantenerlo a salvo. Fragatas, destructores, submarinos de escolta y aviones de alerta temprana forman una burbuja que ningún misil atraviesa con facilidad. Desde 1945 no se ha hundido un portaviones en combate, y eso no es casualidad.
Los datos apuntan en ambas direcciones. China los fabrica por parejas, lo que sugiere que los considera útiles. Rusia, en cambio, intentó comprar dos portaaeronaves clase Mistral a Francia y la operación se quedó en nada. La URSS llegó a tener cuatro en servicio o en construcción, más los híbridos de la clase Kiev, y todo se fue al garete con la caída del bloque soviético.
La flota rusa: segunda en tamaño, primera en óxido
El diagnóstico más duro señala que Rusia tiene la segunda o tercera flota del mundo por número de cascos, pero que una parte abrumadora de esos barcos es material soviético reciclado. La comparación que circula es la de una lata de conservas oxidada. El problema no es solo estético: un buque con décadas de servicio y mantenimiento irregular es un problema logístico permanente.
La contraargumentación tiene su propio peso. Una flota no se mide por lo que puede proyectar a diez mil kilómetros, sino por lo que puede defender en su entorno. Rusia no va a invadir Brasil. Su marina está diseñada para negar el acceso a quien pretenda acercarse a sus costas, y para eso los submarinos y los misiles costeros bastan.
Al final, la discusión sobre el Kuznetsov es menos sobre un barco concreto y más sobre qué significa hoy ser una potencia naval. Doce portaviones no garantizan ganar una guerra, y uno que humea tampoco garantiza perderla. Pero el humo, ese humo, no hay manera de disimularlo.