Morenas y rubias: el doble fenotipo de las británicas
¿Por qué conviven en el mismo archipiélago mujeres de rasgos mediterráneos y tez oscura con otras rubias de piel muy pálida? La observación no es nueva y reaparece cada cierto tiempo con el mismo corolario: las británicas responderían, a grandes rasgos, a dos modelos físicos distintos, el de las descendientes de los pobladores antiguos de las islas y el de las herederas de las oleadas germánicas. Detrás de la foto hay genética, aislamiento insular y bastante mito. La discusión suele arrancar con un juicio estético que conviene separar del dato antropológico: la diversidad del archipiélago es un hecho; que guste más o menos, una opinión.
Los tres grupos físicos que se distinguen en el Reino Unido
Una de las clasificaciones que circulan en el hilo distingue tres capas. La primera sería la de los britanos nativos, morenos. La segunda, la más numerosa, la de los descendientes de los invasores anteriores a los normandos —anglos, sajones, daneses—, presentados como una mezcla celta y germánica de físico más rotundo. Y una tercera, minoritaria, la franco-normanda, de tez más bronceada y rasgos que se consideran cercanos a los del francés medio, con presencia en el país desde el
siglo XI.
Metáforas aparte, el esquema se apoya en un hecho: la historia británica es la de una sucesión de poblaciones que llegaron en oleadas y se mezclaron de forma desigual según la región y la clase social. De ahí que en un mismo lugar puedan convivir el rubio claro y el pelo oscuro.
¿Por qué se vincula el fenotipo moreno con los primeros pobladores?
La hipótesis más repetida sostiene que el pelo oscuro y la piel más mate proceden de los habitantes más antiguos de las islas, anteriores a las invasiones germánicas. De ahí el paralelismo con el sur de Europa y el parentesco que en el debate se atribuye a irlandeses y peninsulares. Hay ejemplos muy citados para ilustrar ese tipo moreno de tez cálida, y se recuerda que la endogamia de las islas, comentada ya por
Julio César al hablar de los britanos, habría conservado rasgos poco frecuentes en el continente.
Invasiones, aislamiento y dieta: las tres explicaciones de fondo
Al aislamiento insular se suma el relato de las incursiones vikingas. Una teoría sostiene que los saqueadores se llevaron consigo a las mujeres más agraciadas y dejaron en las islas al resto, lo que habría empobrecido el acervo estético local. Es una hipótesis pintoresca y difícil de comprobar que circula sobre todo como broma. Se repite también el argumento de la
endogamia: siglos de poco contacto con el exterior en comunidades pequeñas fijan caracteres concretos, para bien y para mal.
Y luego está la alimentación. Varias voces apuntan a la dieta y al clima como causas de la complexión: menos horas de sol, una dieta distinta y menos actividad física que en el sur de Europa. De ahí que se hable tanto del sobrepeso como de la falta de cadera, una combinación que se repite en los retratos del arquetipo.
¿Por qué se dice que envejecen mal?
El tópico más recurrente es el del esplendor adolescente que se apaga pronto. A las jóvenes se les atribuye una apariencia mayor de la que tienen —a los
16 años se les echan varios más— y unas piernas y una piel que se elogian. Con los veinte avanzados, el relato cambia: rostro castigado, complexión a la que se le pierde la cintura. La comparación con las mujeres del este de Europa es inevitable: se les concede un pico de belleza muy alto y muy corto, y se especula con que el cruce con genes mediterráneos alargaría ese pico.
Sobre el conjunto planea una sospecha sociológica: el fenotipo cambia al cambiar la clase social, y los barrios de renta baja y alta no se mezclan igual.
España como espejo y la mezcla como argumento
En la conversación reaparece siempre la comparación con las españolas, y con las catalanas, presentadas como un ejemplo de belleza joven muy potente. La explicación que más se repite es la mezcla: los cruces entre poblaciones distintas, sostiene este argumento, tienden a mejorar el resultado físico, y hay quien pone el caso de una parte de América del Sur como muestra.
Frente a eso, hay quien responde que hay muchas británicas guapas y que generalizar es un error.
Cada vez que alguien sentencia que el conjunto no resulta agraciado, aparece en el hilo un contraejemplo.
Con estas premisas, la próxima vez que alguien condene a un territorio entero a la fealdad conviene recordarle que está hablando de genética, de siglos de migraciones y, sobre todo, de su propio gusto.