Nueva Inglaterra y Oregón ganan el pulso al Sur de EEUU
¿Cuál es el mejor estado de
Estados Unidos para vivir? La pregunta, recurrente entre quien mira el mapa con ojo inmobiliario, tiene una respuesta que se repite con insistencia: Nueva Inglaterra y la costa del Pacífico. Vermont aparece descrito como
«un principado proceresco europeo», un territorio alpino y ordenado. Oregón, con el tamaño de países europeos como Rumanía, bosques que impresionan y ciudades como Portland o Salem, se lleva el segundo puesto. La discusión tiene su punto de trampa, como ironizó un participante: los estados que más gustan son, casi sin excepción,
los que el Partido Demócrata gana el día de las elecciones.
¿Qué estados de EEUU salen mejor parados en el mapa?
El bloque ganador es heterogéneo. Nueva Inglaterra —seis estados pequeños, con Connecticut, Massachusetts y Maine como favoritos— aporta historia, urbanismo de traza europea y edificios que no parecen prefabricados. Vermont se lleva la palma por paisaje y escala. Oregón y el estado de Washington, con su fachada pacífica, forman lo que en el imaginario del mapa se llama Cascadia, y hay quien propone fusionarlos en una sola unidad, con el norte de California por añadido. Colorado entra por la puerta grande: Denver funciona como Madrid a los pies de una sierra, salvo que en lugar de una cordillera desgastada aparece un muro de
montañas de 4.500 metros.
La explicación que se da a este reparto no es solo estética. Los estados boscosos del norte concentran población con renta alta, industria tecnológica y un capital humano que, según este relato, ha convertido un territorio enorme y salvaje en la primera potencia mundial. Alaska y Montana aparecen también en las listas, aunque con matices: enormes extensiones, pocos vecinos y una imagen romántica que el invierno se encarga de corregir.
Texas y el Sur, el rechazo más transversal
Si hay consenso en algo, es en el rechazo al sur profundo. Texas, Luisiana y Alabama son señalados como lo peor del mapa, con el argumento de que combinan calor insoportable, urbanismo inexistente y un clima que nadie elegiría. Texas se describe como una mezcla de meseta y desierto; Luisiana, como un territorio con Nueva Orleans como excepción monumental, eso sí, con aceras y calzadas llenas de baches «dignos de Brazzaville». Virginia Occidental acumula su propia leyenda: zona minera en decadencia, adicción a los opiáceos y una serie —
Dopesick— convertida en lectura obligatoria del desastre.
Conviene subrayar que buena parte de ese rechazo se expresa con desprecio hacia sus habitantes, y que ese marco no resiste un análisis serio. La despoblación minera, la crisis del fentanilo y el hundimiento industrial son fenómenos con causas complejas, no defectos de carácter de una región.
Grandes Lagos y Medio Oeste: potencia industrial y decadencia
La región de los Grandes Lagos aparece como la gran ocasión perdida. Ciudades potentes, salida al mar por vía fluvial, un clima extremo —
40 grados en verano y 40 bajo cero en invierno— y una conexión marítima que ninguna otra zona iguala. Chicago, Detroit y Milwaukee forman el eje que muchos describen como la mejor región del planeta sobre el papel. El problema, según este diagnóstico, es la brecha entre ese potencial y la realidad de barrios vaciados y decrepitud.
Minnesota entra por la puerta del pragmatismo: litoral en el Lago Superior, el área metropolitana de Minneapolis–St. Paul, inviernos duros y una población de origen escandinavo. Nebraska, que arrastra fama de no tener nada, guarda dos sorpresas que casi nadie visita: el zoo de Omaha, con una cúpula que reproduce un ecosistema desértico, y el capitolio de Lincoln, un edificio art déco con mosaicos de inspiración bizantina.
California, Seattle, Houston o Miami: el clima decide
El clima es el gran árbitro. California se lleva el premio a la mejor meteorología —verano perpetuo, luz difícil de describir— aunque su gran ciudad genera división: Los Ángeles es para unos una Marbella hipertrofiada, con un centro plagado de solares vacíos, y para otros un lugar que exige explorarse sin pretensiones museísticas. Seattle y el estado de Washington ofrecen verde, montaña y costa, con la factura de meses sin sol, lluvia constante y una vivienda cada vez más cara.
Texas vuelve a aparecer, esta vez por Houston: ciudad monstruosa, sin apenas vida peatonal, con un centro pobre y un clima húmedo y proclive a huracanes. Miami cierra la lista de decepciones para quien llega con expectativas europeas: sol, cubanos sociables y poco más, con un clima descrito como infecto. Hay quien sostiene que, en oferta cultural, la ciudad no compite con Nueva York ni Washington.
De MIMAL al caballo azul de Denver
El mapa tiene sus curiosidades. Varios estados centrales forman la silueta conocida como MIMAL, una figura humana con sartén y pollo frito que sirve de regla mnemotécnica para recordar el orden de Kentucky, Tennessee y compañía. En el aeropuerto de Denver espera el llamado Blue Mustang, un caballo azul de ojos rojos que mató a su escultor cuando una pieza cayó durante el izado. Y el estado de Washington tiene una playa, La Push, famosa entre adolescentes por una saga de vampiros.
Todo esto, claro, sin salir de casa. Con semejante material, lo lógico sería que las agencias de viajes vendieran Oregón como destino de masas. Sigue ganando la pantalla.