El final de 'Das Boot' que la historia real desmiente
Cuatro minutos. Es lo que dura el bombardeo final de
Das Boot, la secuencia que ha hecho correr ríos de tinta durante cuatro décadas y que, según sostiene la crítica más incómoda, no ocurrió jamás. En la película, el capitán y buena parte de la tripulación del U-96 mueren en puerto bajo un ataque aéreo aliado apenas regresan de su misión. En los archivos, el U-96 fue destruido en su amarre por un raid aéreo, sí. Pero en
1945, cuando el submarino llevaba ya dos años retirado del servicio. En 1941, la fecha en que se ambienta la historia, los británicos no disponían de cazabombarderos con autonomía suficiente para alcanzar La Rochelle.
La discusión, lejos de quedarse en lo cinematográfico, ha derivado en un ajuste de cuentas sobre qué cuenta el cine bélico y qué se calla. Y ahí el dato duele.
El U-96 no se hundió como cuenta la película
El reproche central es sencillo: el director no necesitaba matar a sus protagonistas. La tripulación real del U-96 sobrevivió a la misión y a la guerra. El submarino sí acabó en el fondo, pero en 1945 y sin nadie dentro. La conclusión que se extrae es que el final responde a un propósito narrativo —negar el triunfo a unos hombres que lograron volver— y no a una obligación histórica.
El argumento del «la guerra es así» se rompe solo. Y hay películas de la vieja escuela que demuestran que se puede matar a media plantilla sin trampa:
The Dam Busters (1955) o
La batalla de Inglaterra (1969) reflejan bajas reales y el espectador sale con una sensación trágica, no estafada. La diferencia, sostiene esta corriente, es generacional: aquellos filmes los firmaron quienes habían estado allí.
Qué misión tenía el U-96 y por qué la película no lo cuenta
El sentido real de la patrulla era apoyar el Asedio de Tobruk interceptando el suministro marítimo aliado desde Alejandría, en plena puja de Rommel por la campaña de Egipto. La película no lo explica, y ese silencio, según el análisis más duro, no es casual: encaja mejor el relato del mando que envía a sus hombres a una muerte absurda.
Los números del estrecho de Gibraltar desmienten la leyenda del suicidio permanente. Entre 1941 y 1944,
62 submarinos alemanes cruzaron con éxito. Otros 9 fueron hundidos en el intento y 10 resultaron dañados. Solo en 1941, 26 unidades lograron pasar. El paso era peligroso. No era imposible.
De dónde sale el mito del soldado alemán que odiaba a Hitler
La tesis que recorre el grueso de la conversación apunta a la posguerra y a la Guerra Fría. Estados Unidos necesitaba un ejército alemán occidental para frenar a la URSS, y ese interés habría permitido consolidar la idea de una
Wehrmacht limpia: soldados que luchaban por su país, despreciaban al régimen y del que el único nazi convencido habría sido el propio Hitler. Bajo ese paraguas, una película alemana de 1981 con protagonistas uniformados resultaba políticamente presentable.
Tras la caída del bloque soviético, ese incentivo desapareció, y el relato viró hacia personajes más culpables y menos heroizables. Es la lectura que explica por qué el cine bélico reciente ha dejado de permitir matices.
¿Cuándo empezó de verdad el cine antibélico?
Aquí el consenso se rompe. Situar el arranque en 1980 es discutible:
Sin novedad en el frente es de 1930 y ya cumplía el canon del chico ilusionado que acaba desesperado en una trinchera.
Senderos de gloria, de 1957, retrata a la oficialidad como una pandilla dispuesta a sacrificar a sus hombres por una colina sin valor táctico.
La contraofensiva llega por otra vía: lo que nace en 1930 no es un género nuevo, sino una narrativa de entreguerras construida en buena parte por autores que no pisaron un frente. Existe una tradición previa —menor, incómoda— que mostraba la guerra como un oficio sin odio especial entre combatientes. Esa versión perdió. La que triunfó fue la traumática.
En el apartado técnico, el pulso es más terrenal. Hay quien defiende que la película contiene al menos dos escenas cuya factura es de manual. Quien replica que su versión del Director añade una hora de relleno innecesario, y que el montaje original de 1981 probablemente se sostiene mejor.
Lo que se echa de menos es una guerra contada sin moralina
La nostalgia no es por la violencia, sino por el tono. Se reclama una mirada más aventurera y romántica, la del cine clásico —
Un puente lejano (1977) como último gran ejemplo— donde los protagonistas mueren a mansalva sin que nadie les explique al oído lo absurdo de todo. Se apunta incluso que aquella película retrata un plan fallido y una derrota anunciada, y aun así se sostiene.
El diagnóstico final apunta a un cine hecho por quienes nunca tuvieron que demostrar nada en un frente, y a un rechazo instintivo a la épica. La discusión, sin embargo, sigue sin cerrarse.
Con 62 submarinos cruzando Gibraltar y el U-96 pudriéndose en puerto cuatro años después del final de la película, la ficción eligió el desenlace que la historia había descartado. Nadie ha explicado del todo por qué molesta tanto recordarlo.