Australia, el país continente que renuncia a crecer
Decir que Australia está infra poblada es quedarse corto. Con una extensión similar a la de Europa, apenas supera los 26 millones de habitantes, la mitad que España. Sin embargo, su política migratoria es una de las más restrictivas del mundo desarrollado. No es un accidente geográfico ni una herencia colonial maldita: es una decisión de su élite.
El 90% de la población en el 3% del territorio
El mito del interior inhabitable tiene algo de cierto. El 70% de Australia es árido o semiárido, con suelos pobres y salinización endémica. Pero Canadá tiene un desafío territorial similar y nadie lo considera inviable. La diferencia está en la gestión: Australia concentra a su población en la costa este y suroeste, dejando el vasto interior como reserva minera y pastizal extensivo. No es falta de espacio, es un modelo de desarrollo que prioriza el valor del suelo escaso.
Miopía programada: la escasez como negocio
Detrás de las cuotas migratorias draconianas no hay un argumento ecológico, sino económico. La élite australiana ha construido un país caro: salarios altos, vivienda prohibitiva y una demanda de mano de obra selectiva. En lugar de poblar el continente, prefieren importar profesionales asiáticos que paguen impuestos desde el día uno y no compitan por las ayudas sociales. Es un modelo de clase, no de nación. Mientras tanto, la clase trabajadora anglo-australiana, la de los mineros y ganaderos, se queda fuera de juego.
Futuro de ciencia ficción o realidad factible
En la discusión sobre el potencial australiano surgen visiones como «Coralia», una región costera tropical que podría convertirse en un nuevo California. Se mencionan ciudades como Cairns y Townsville como polos de crecimiento. También se especula con capitales interiores alimentadas por energía solar y agua desalada, al estilo de Riad. Pero montar una ciudad de cero requiere una inversión colosal y una voluntad política que hoy brilla por su ausencia. China lo intentó con ciudades fantasma; Australia ni lo ha intentado.
La paradoja australiana sigue abierta: tiene todos los recursos para ser una superpotencia del siglo XXI, pero sus élites prefieren mantener el país como un club exclusivo y caro. ¿Hasta cuándo podrán sostener ese equilibrio sin que la presión demográfica o la competencia global los fuerce a cambiar?