España no tuvo un campeón del motor y no fue solo por Franco
En 1935, Francia fabricó 140.000 coches, Italia 40.000 y España menos de 200. Esa es la brecha de partida. La pregunta que recorre el análisis no es si el
franquismo pudo crear una marca nacional, sino por qué un país que en 1914 era el décimo productor mundial de acero y en 1923 el duodécimo por PIB acabó siendo el único grande de Europa occidental sin un fabricante de automóviles propio. La respuesta corta: cuando hubo capital y tecnología para intentarlo, el Estado ya había decidido que era más barato fabricar bajo licencia extranjera que arriesgar dinero público en diseñar coches.
Hispano-Suiza: el cadáver que nadie quiso resucitar
Hispano-Suiza tenía holding español y filial francesa, pero la división gala adelantó a la española por dos golpes consecutivos: la Segunda República y la Guerra Civil. La fábrica principal fue destruida y sus gestores asesinados o forzados al exilio, según el relato más repetido. La marca española acabó absorbida por el INI, que nunca la empleó: su capital se desvió a crear ENASA, la empresa de camiones Pegaso. La francesa, al estallar la guerra, se reconvirtió a motores de aviación y ya no volvió.
Hay quien sostiene que Hispano-Suiza funcionaba mientras fue privada y el Estado solo facilitaba el negocio; en contra pesa que el colapso coincidió con la etapa más intervencionista, primero republicana y luego franquista. El resultado es el mismo: el único fabricante español de coches de lujo murió sin sucesor.
Barreiros: el empresario al que el INI puteó hasta el exilio
El caso de Eduardo Barreiros es el más citado. Fue el único que intentó competir por cuenta propia y el INI se dedicó a ponerle trabas para que no hiciera sombra a Seat o Pegaso. Se cansó y se fue del país. Su historia se repite en el análisis como ejemplo de que el problema no fue la falta de emprendedores, sino un ecosistema institucional que premiaba la licencia extranjera y castigaba la iniciativa local.
El modelo Fiat: por qué aquí se pagaron royalties y allí no
SEAT, FASA-Renault, Citroën de Vigo, Ebro, Pegaso: todas eran compañías públicas o participadas, con el Gobierno como propietario último. Pero un mismo dueño no equivale a un conglomerado unificado. No hubo fusión de directivas, plantas ni investigaciones. Cada una operaba por su cuenta, muchas bajo patente ajena. Mientras Fiat, PSA o Volkswagen se consolidaban como campeones nacionales, aquí se fabricaba con licencia y se pagaban royalties. La consecuencia: ni tecnología propia acumulada ni marca exportable.
La autarquía y el bloqueo: el argumento que no cuadra
La defensa habitual es que la autarquía de los años 40 y primera mitad de los 50 fue obligada por el bloqueo internacional tras la Segunda Guerra Mundial. Solo Argentina y algunos países árabes comerciaron con España. Pero los datos de comercio exterior muestran que Estados Unidos era el principal origen de las importaciones españolas y uno de los principales destinos de las exportaciones en esa época. Un bloqueo con el enemigo como primer proveedor es, cuando menos, peculiar.
Lo que quedó: un país sin campeón nacional
En 1957 se decidió que Pegaso solo fabricara vehículos comerciales y que los turismos quedaran para las marcas con patente extranjera. Ese fue el punto de no retorno. En 1974, a la muerte de Franco, España era el 13º productor mundial de acero y el 11º por PIB, pero no tenía una marca de coches propia. La conclusión que se impone: no fue solo la guerra ni el bloqueo. Fue una elección política sostenida durante décadas. ¿Habría cambiado algo con un Hispano-Suiza vivo o un Barreiros sin trabas?