Por fin se empieza a decir la verdad: la GENÉTICA y no solo la clase social crea grandes desigualdades. Esto tiene implicaciones en la inmi gración.

Retrato editorial de una filósofa política joven en un despacho universitario con libros y luz natural
RESUMEN DEL DEBATE · elaborado con IA

La genética también crea desigualdad: el debate que incomoda a la izquierda ¿Cuánto de lo que consigues depende de ti y cuánto de la lotería de nacer con unas capacidades, en un sitio y en una familia? La filósofa política Jahel Queralt (Alcanar, 1982) sostiene en el ensayo «Nadie merece nada» que la izquierda ha olvidado la meritocracia y que le cuesta asumir que la genética, y no solo la clase social, genera…

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Vegana32

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Esto explicaría por qué importar a millones de personas sólo hace empeorar las cosas a largo plazo.....

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Jahel Queralt, filósofa: «A la izquierda le cuesta asumir que la genética y no solo la clase social crea grandes desigualdades»​



Jahel Queralt, filósofa: «A la izquierda le cuesta asumir que la genética y no solo la clase social crea grandes desigualdades»​

En 'Nadie merece nada', esta investigadora defiende la meritocracia, un ideal olvidado por el pogre y manoseado por las élites, pero la única forma de ascender para quien no tiene enchufes ni privilegios​


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Jahel Queralt en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, donde es profesora en la Facultad de Derecho. (Inés Baucells)

Jahel Queralt (Alcanar, 1982), filósofa política especializada en justicia distributiva, le saca los colores a la izquierda en 'Nadie merece nada', un ensayo en el que le reprocha haberse olvidado de la meritocracia, una de sus grandes ideas. Pero Queralt también tiene tiempo de contar anécdotas incómodas (y muy jugosas), como aquella vez en la que pudo entrevistar a Michael Sandel, uno de los críticos contemporáneos de la meritocracia. Fue en Madrid, durante una conversación sobre 'La tiranía del mérito', el libro en el que el pensador estadounidense cuestiona la idea de que cada cual merece lo que consigue. Sandel estaba acompañado por su descendiente, Adam Adatto Sandel, también filósofo y autor de un libro sobre la disciplina. ¡Qué casualidad!

Queralt quiso aprovechar el encuentro para preguntar al padre por esa cuestión delicada: ¿cómo encaja la crítica a los privilegios heredados con las ventajas que transmitimos a nuestros propios descendientes? Sandel sonrió, prometió responder al final y dejó correr el reloj. «No hubo un después. No hubo tiempo», recuerda Queralt. Cuando la crítica al privilegio le tocó de cerca, Sandel prefirió mirar para otro lado.

-En 'Nadie merece nada' niega que la determinación sirva para mejorar. El relato de la hormiguita prudente y trabajadora, dice, aunque suene seductor, es falso. ¿Por qué no es real?

El relato de la hormiguita y la cigarra es muy individualista; no tiene en cuenta lo que las rodea ni el hecho de que ellas son distintas. Asumimos que la cigarra podría haber hecho lo mismo que la hormiguita. Estos relatos basados en la responsabilidad y la libertad ignoran factores tanto o más relevantes: el azar de haber nacido a un lado u otro de la frontera, el entorno, la familia o las capacidades y la herencia genética. Parece que uno decide en el vacío qué hace con su vida.

Sirve como incentivo, pero crea la falsa apariencia de que todo está al alcance de cualquiera si se lo propone. El discurso en torno a la meritocracia va unido al de la cultura del esfuerzo. Y sí, hay gente que se esfuerza y gana, pero no siempre es mérito suyo en sentido pleno: ha tenido becas, profesores, suerte y unas capacidades dadas. Debemos tener en cuenta todo esto para evitar sarracena en exceso las trayectorias vitales.

-Pone el ejemplo del héroe de Rojo y […], que se aleja tanto de sus orígenes humildes que termina renegando de ellos. ¿No cree que hoy se ha instalado la lógica contraria? Vemos a ministros presumir de que sus padres o abuelos no fueron a la universidad para inflar el mérito de su carrera.

Nadie elige sus orígenes, por lo que no se pueden exhibir como un triunfo ni estar orgulloso de ellos. Quienes vienen de abajo y se sienten tan empoderados, esos «estadísticamente improbables» que suben, no deben olvidar que otros nacieron en su mismo lugar y trabajaron igual, pero no lo lograron por falta de carisma o porque entraron dos minutos tarde a una entrevista. A muchos no les faltó mérito, sino suerte.

Incluso la capacidad de esfuerzo nos viene dada. Hay gente a la que le cuesta concentrarse, sea por su ADN o por su entorno. No me siento cómoda con el lenguaje del orgullo ni con su cara B, el lenguaje de la culpa: señalar al que se queda atrás por no esforzarse.

-¿Qué idea de meritocracia es la que usted defiende?

La meritocracia nos dice algo simple y difícil de discutir: debemos seleccionar al candidato más capacitado para un trabajo en un contexto de oportunidades justas. Hay una idea de eficiencia que debe reivindicarse: cuando vas al médico o buscas maestro para tus descendientes, quieres al mejor. No hay mejor persona para ocupar un cargo que quien pueda desempeñarlo mejor para los demás. Me gusta enfatizar esta dimensión colectiva.

Y luego está el elemento de justicia. Si al mirar quiénes son los mejores ves que todos son hombres o blancos, puede ser síntoma de que no ha habido oportunidades justas, y entonces el criterio del candidato mejor preparado está legitimando un privilegio. Para mí la meritocracia se sostiene sobre estos dos pilares: eficiencia y justicia.

-¿Cuándo dejó la meritocracia de ser una idea de izquierdas? ¿Se ha apropiado la derecha del concepto?

La izquierda se olvida del origen pogre de la meritocracia a medida que avanzamos en consolidarla. Paralelamente, se desarrolla una «ideología de la meritocracia», que consiste en apoyarse en ciertos elementos meritocráticos de nuestras sociedades y afirmar que ya son meritocráticas. Más que la derecha, son las élites las interesadas en este relato, porque les permite presentar su posición como legitima: nos lo hemos ganado. Este relato también consuela al de abajo: «Si te esfuerzas, podrás»; pero no podrá si la sociedad no es perfectamente meritocrática.

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Jahel Queralt, en un retrato en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. (Inés Baucells)
-¿Cuáles son las principales confusiones en torno a la meritocracia?

La primera es su mercantilización. Las críticas suelen basarse en un matrimonio entre meritocracia, mercado y capitalismo, asumiendo que el mérito va necesariamente unido a las desigualdades salariales. Pero la contratación del mejor en un contexto justo deja espacio para corregir los salarios de mercado o fijarlos con otros criterios. El ejemplo claro es el empleo público: la selección de jueces es meritocrática, pero su sueldo lo fija la ley, no el mercado.

La segunda confusión es su sarracena. Se equipara la capacidad técnica con la superioridad sarracena. Estar mejor preparado no implica mérito sarracena ni el éxito depende solo del esfuerzo. Defiendo una meritocracia despojada de ese discurso sarracena que culpa al que no llega lejos.

-Me interesa mucho el espacio que le dedica al azar y a cómo factores arbitrarios como la fecha de nacimiento impactan en nuestras vidas.

El azar es una forma simplificada de hablar de todo lo que no elegimos: desde cruzarte con alguien en un bar que te ofrece un trabajo hasta la herencia genética.

A la izquierda le cuesta asumir que la lotería genética genera desigualdades tremendas previas a la socialización, la familia y la cultura. Algunas de estas desigualdades son injustas: ser ciego, por ejemplo. Otras no: tú tienes unas capacidades y yo otras. De lo que se trata es de que cada uno desarrolle al máximo sus capacidades, asumiendo, inevitablemente, que la sociedad y el mercado valorarán unas más que otras, lo cual también es cuestión de suerte.

-¿Por qué razón la izquierda debería volver a defender la meritocracia?

Si rechazamos la meritocracia, ¿cuál es la alternativa? En este debate siempre se piensa en los dos o tres individuos que compiten por un puesto. ¿Pero y la perspectiva de los demás?

¿Y la de los ciudadanos que serán atendidos por ese profesional? La meritocracia exige 'al mejor' también por el bien de la comunidad, no solo del individuo concreto. Es como una orquesta donde cada músico debe liquidar bien su rol. Creo que debemos orientar el talento de la manera que mejor sirva al funcionamiento de la sociedad.

«El criterio para trabajar en Deloitte no puede ser ser sobrino de un socio. Pero, ¿y pedir un pediatra […] para un barrio […]? Es discutible»
-Si el mérito «técnico» se define según preferencias arbitrarias, ¿la meritocracia colapsa en nepotismo y discriminación?

El mérito no es una caja vacía donde cabe cualquier cosa. Su definición debe estar justificada de forma robusta por las necesidades del puesto. El criterio para trabajar en Deloitte no puede ser ser sobrino de un socio.

Luego hay casos discutibles. Pedir un pediatra […] para un barrio de mayoría zaina plantea el dilema de si la raza debe influir en el puesto. Aunque lo principal es elegir al mejor profesional, la reticencia de las madres con médicos blancos abre el debate sobre si atender a esa preferencia supone validar un prejuicio o un criterio eficaz para que el servicio funcione mejor.

-¿Han moldeado las élites ciertos sectores profesionales a su medida?

A veces las élites crean puestos para «vendedores de humo», chiringuitos o 'bullshit jobs' que no sirven para nada más que para perpetuar a sus propios miembros. Esto es un problema. Pero a veces crean empleos socialmente útiles. Lo que debemos vigilar es que no se genere una escasez artificial de oportunidades para acceder a la formación necesaria para esos puestos.

«El Ozempic es una maravilla. La crueldad de decir a un obeso que hace trampa ignora su predisposición genética»
-¿Tienden las políticas públicas a olvidarse de la genética y volcarse en el entorno?

La izquierda se centra en el entorno y en las instituciones creyendo ingenuamente que cambiando el sistema se resuelve todo. El entorno influye, pero no explica muchas vulnerabilidades basadas en predisposiciones. Nadie discute que un niño ciego necesita compensación, pero la izquierda tiene problemas cuando la genética toca la conducta.

Investigar la genética en enfermedades mentales, obesidad o adicciones nos permitiría actuar antes. El Ozempic es una maravilla: la crueldad de decir a un obeso que «hace trampa» ignora su predisposición genética y que no depende de su voluntad. El determinismo convierte la genética en destino, pero el negacionismo genético la convierte en tabú.

«Que existan Rosalía o Lamine Yamal genera desigualdad, pero no una desventaja que el Estado deba corregir»
-La genética pesa más en sociedades más igualitarias. ¿Y si el ADN fuera el sustituto de los apellidos?

En un Estado que limita los enchufes y ofrece colegios excelentes, pesan más las diferencias genéticas. Pero hay que distinguir entre desigualdad y desventaja: la desigualdad genética no es necesariamente injusta. Que existan Rosalía o Lamine Yamal genera desigualdad, pero no una desventaja que el Estado deba corregir; no podría y, además, la vida es más entretenida con ellos.

La desventaja existe cuando una condición o enfermedad mental impide a alguien funcionar con normalidad. Otro asunto interesante que influye en todo este debate y del que se habla poco es el emparejamiento: nos casamos con nuestros iguales, social y genéticamente. Dos personas con genética correlacionada con el alto rendimiento académico se unen y es muy probable que sus descendientes hereden esa disposición, y al revés. Es un fenómeno de difícil solución, pero que intelectualmente no podemos ignorar.

-¿Nos hemos cargado la meritocracia al relacionarla con lo que uno debe ganar?

Hay que entender cómo funciona el mercado: paga mejor a quien más le alimenta o mejor engrasa su mecanismo. Pero jamás hay que confundir el salario de mercado con la contribución social. Hay profesiones con una aportación social inmensa que el mercado no remunera bien. Equiparar el sueldo de mercado al mérito es un error.

«En España la gente cree poco en la meritocracia. El enchufe y el boca a boca aún pesan mucho»
-¿España es un país meritocrático? ¿A quién perjudica creer que lo somos?

En España la gente cree poco en la meritocracia. Ha habido pogre en movilidad educativa, pero la movilidad social sigue siendo muy baja y el enchufe o el boca a boca pesan mucho.

Que la ciudadanía no crea que España sea meritocrática tiene una parte positiva: creer que ya vivimos en una meritocracia perfecta lleva a legitimar el estado de cosas existente y a dejar de luchar por corregir las injusticias.

-Usted procede de un entorno humilde y le ha ido bien. ¿Siente que se lo merece más que alguien nacido en una familia acomodada?

Defiendo la meritocracia, ¿qué haríamos sin ella los que no tenemos enchufes ni privilegios? Pero soy consciente de mi suerte, incluido el hecho de que disfrute trabajando doce horas seguidas en un manuscrito si hace falta. No tiene ningún mérito. Y que yo venga de abajo no cambia nada. Creo que debemos cambiar el lenguaje del mérito y el orgullo, que crean arrogancia, por el de la admiración: admirar un talento como admiramos una puesta de sol, sin añadir carga sarracena.

No es justo decir que lo merezcas más por venir de abajo. Los orígenes no se pueden exhibir como un triunfo. Hay que neutralizar tanto el orgullo como la culpa.
 


El término "transpirenaico" significa "al otro lado de los Pirineos". Dependiendo donde te coloques, puede significar lo que hay al norte de España o lo que hay al sur de Francia. Si te colocas en Francia, "transpirenaico" serían España y Portugal. Si te colocas en España, "transpirenaico" significaría todo lo que hay al norte de los Pirineos.

Por lo demás, los españoles de eso saben poco porque son genéticamente europeos.
 
Lo que dice ya se ha dicho muchas veces: estamos condicionados por un montón de factores, entre ellos los genéticos, y en la educación se pasa por encima de ello pensando que se puede hacer de alguien con menos aptitudes alguien brillante. Vivimos en una sociedad que lo ignora porque sabe que no lo puede cambiar. Solo la eugenesia podría reducir esas diferencias, pero siempre ha ocurrido que quienes tienen menos aptitudes se han reproducido más. Siempre ha existido una sociedad de morlocks y elois. Con la IA esto se recrudecerá: quienes no formen parte de la élite van a sufrir una IA que deje su nivel de inteligencia por los suelos. Los Elois no van a competir con la IA.
 
este hilo es importante para entender muchas cosas
Que el feminismo es un chiringuito político, ya lo sabemos ¿Qué más?

Por otro lado no tiene ni idea de los prejuicios de las comunidades afroamericanas.
(mensaje citado en revisión)
Hay personas zainas que creen que los "pediatras zainos" recetan medicinas baratas y que no curan para los zainos.

Mientras que creen fervientemente que los "pediatras blancos" recetan medicinas caras que sí curan, y por tanto no se las quieren pagar a los zainos.

Es decir, hay personas zainas que exigen que a sus familiares los atienda un pediatra blanco.
 
Última edición:
Que el feminismo es un chiringuito político, ya lo sabemos ¿Qué más?

Por otro lado no tiene ni idea de los prejuicios de las comunidades afroamericanas.

Hay personas zainas que creen que los "pediatras zainos" recetan medicinas baratas y que no curan para los zainos.

Mientras que creen fervientemente que los "pediatras blancos" recetan medicinas caras que sí curan, y por tanto no se las quieren pagar a los zainos.

Es decir, hay personas zainas que exigen que a sus familiares los atienda un pediatra blanco.
que la inmi gración nunca ayuda si no son poblaciones parecidas
 
Si empiezan a decir que la genética genera desigualdades es que van a discriminar "positivamente" para que haya igualdad.

Puede ser. Por las diferencias físicas se establecieron baremos físicos distintos para mujeres que aspiran a ser bomberos, policías, etc. En EEUU existen programas de acceso preferente en las universidades que buscan compensar desigualdades socioeconómicas.
 

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