El detector de cuñados: las frases que delatan a un necio
«En esta empresa no somos solo compañeros: somos una gran familia». Basta escuchar eso en una entrevista para saber cómo acaba la película. Con esa carta de presentación arranca una recopilación colaborativa de
frases-cliché que acumula ya más de un centenar de aportaciones. La acompañan otras dos del mismo mensaje inicial: la vida es un regalo que hay que agradecer cada día, y una generalización despectiva sobre las mujeres presentada como fruto de la experiencia. La premisa del ejercicio: al necio se le detecta por cómo habla, no por lo que defiende.
«Yo es que soy muy buena persona» y otras contraseñas
La categoría más poblada es la de quien presume de virtud. «Yo es que soy muy sincero». «Yo es que soy muy buena persona». «Tengo una intuición que calo a la gente a la primera». Se repite una observación incómoda:
quien más insiste en su bondad suele ser quien peor se comporta. Quienes lo sostienen hablan de personas hipócritas y tóxicas que se llenaban la boca proclamando lo buena persona que eran. La frase funciona como contraseña: solo la necesita quien tiene algo que demostrar.
Alrededor, un ramillete de etiquetas: «soy mamá de peludos», «me apunté al gym cuando lo dejé con Laura», «no te preocupes, fluye», «sé tú mismo», «salir de la zona de confort», «poner en valor», «papi», «mami», «bro», «ay, sí, total». Y la frase que se cuela en cualquier conversación sin venir a cuento: «lo que importa es el hecho, no la nacionalidad».
El idioma como termómetro: anglicismos y el güisqui con diéresis
«Red flag» es, según se apunta,
una red flag en sí misma. En castellano no parece haber equivalente exacto: «bandera roja» suena a aviso de obra y no a diagnóstico de personalidad. La elección misma de la fórmula anglosajona abre un frente ortográfico: quien la escribe entre paréntesis aclara que no asume el anglicismo y aprovecha para recordar que la RAE recoge
«güisqui», con diéresis, para lo que muchos escriben «whisky». El reproche de fondo es de coherencia: exigir pureza léxica y escribir «whisky» sin diéresis no se sostiene.
En la misma lista caen «bucks» traducido como «pavos» para hablar de dinero, y el «eventually» usado con el significado inglés, que en castellano es «ocasionalmente» o «de vez en cuando», nunca «finalmente».
El repertorio del relato político
Aquí la lista da un salto de calidad. «Hoy toca votar: es la fiesta de la democracia». «Patriotismo constitucional». «Régimen de libertades». «Salimos más fuertes». «Hay que hacer un esfuerzo». «No iba a votar, pero es que como salga la ultraderecha…». Esta última, según se apunta, funciona como coartada recurrente entre votantes con ingresos fijos garantizados.
Sigue «todos los políticos son iguales», que aparece justo cuando el escándalo salpica a un partido concreto; «no hay que generalizar», empleada como escudo selectivo; «no soy del PSOE, pero…», variante de la anterior; y «nos robaron el oro», que ya juega en otra liga. Hay además un bloque que la propia recopilación despacha sin paños calientes: las formulaciones que presentan la inmigración como una invasión o que anticipan una sustitución de la población.
Ninguna viene acompañada de un solo dato que la respalde.
Juancarlistas y monárquicos por defensa propia
El apartado más argumentado llega con la monarquía. Hay quien se define no monárquico, sino
juancarlista. Y hay quien construye el razonamiento que más veces reaparece: ser monárquico en 2024 no demuestra tener muchas luces, pero la alternativa en España habría sido un jefe de Estado salido de la lista de González, Aznar, Zapatero, Rajoy o, a día de hoy, Sánchez. De ahí el «monárquico en defensa propia». Una tercera vía se declara monárquica pero no borbónica, o al menos no de esta rama que, según se sostiene,
viene hundiendo el país desde 1833.
«No muerde, solo quiere jugar»
Los animales ocupan su propio cajón. «Las palomas son las ratas del cielo». «Soy mamá de peludos». «No muerde, solo quiere jugar». Y una digresión zoológica muy discutida: que los gatos eligen a sus personas y que suelen decantarse por hombres; una mujer puede cuidar a un gato durante años y ver cómo el animal se enamora del novio que acaba de aparecer. Con los perros ocurre algo parecido, aunque mantienen la lealtad al dueño.
El único consenso: casi todos hemos dicho alguna
Cierra la recopilación una conclusión que desarma cualquier superioridad moral. Si se reunieran todas las frases, «
el 99,9 % de los españoles hemos dicho alguna de ellas en algún momento», resume uno de los participantes, y la única excepción sería un filólogo fallecido, guardián del idioma. Traducido: el detector de necios también apunta contra quien lo maneja. La lista sirve para reírse del vecino y, de paso, para repasar el propio historial.
Seguirá creciendo mientras haya alguien dispuesto a decir «fluye» y alguien dispuesto a apuntarlo. Con toda probabilidad, la próxima frase que se añada ya la habremos dicho todos.