Se van de España y el padrón no los ve: 855.000, quizá el doble
¿Cuántos jóvenes españoles se han ido y cuántos están a punto de hacerlo? Nadie tiene la cifra exacta. La prensa habla de una salida masiva; los registros oficiales se quedan cortos. Entre las dos versiones se cuela un agujero viejo: quien emigra no siempre se inscribe en el consulado, así que desaparece de las estadísticas sin haber desaparecido del mapa. La emigración juvenil española se mide a ciegas.
Qué recoge el padrón y qué no
Se maneja la cifra de
855.000 españoles en el exterior. Hay quien sostiene que la real la duplica, y que la Agencia Tributaria —que sí los localiza para cobrar— no cruza su información con el resto de administraciones. El resultado es una foto coja: se sabe quién paga, no cuántos se fueron. El desfase no es un detalle burocrático: decide cuánta mano de obra cualificada se da por perdida y cuánta se da por disponible. De ahí que las estadísticas y la sensación de las terminales de autobús nunca coincidan.
El diferencial salarial que sí se puede medir
Hace más de una década, una sentencia en Pamplona hizo público el convenio de los conductores municipales de autobús. El que menos cobraba se iba a
33.000 euros brutos. En el sector privado de Navarra, el mismo oficio rondaba los
22.000. Once mil euros de diferencia por llevar el mismo volante, y eso sin cruzar ninguna frontera. Ese es el diferencial que se puede consultar en papel; el que se intuye fuera de España no tiene nóminas, solo comparaciones. Fuera, el cálculo que circula es más ambicioso: un conductor de autobús del norte de Europa vive mejor que un catedrático español. Ninguna nómina lo demuestra en frío, pero resume el ánimo con precisión.
El oficio que gana a la carrera
B2 en un año y un mes. Eso tardó un ingeniero en certificar el idioma antes de irse, con un argumento que aparece una y otra vez: los impuestos que pagó aquí ya cubrieron de sobra lo que costó su formación pública. La tesis que se impone sostiene que
cada hora invertida en un idioma del norte vale más que cualquier carrera universitaria española. Mecánico o electricista, se añade, es hoy una apuesta más segura que muchas titulaciones: trabajo para hartarse y clientes que aceptan las condiciones que ponga el profesional. Para quien prefiera quedarse cerca de casa, la vía que se señala es la oposición.
Huir no es llegar: vivienda, frío y cola
Holanda, uno de los destinos señalados, arrastra una burbuja inmobiliaria descomunal, además de frío y humedad. La advertencia se repite: los que empiezan a irse ahora se llevarán una doble dosis de realidad. Mejores sueldos, sí. Pero el mismo problema de vivienda, sin familia, con otro idioma y con la etiqueta de emigrante. El paraíso laboral europeo que se vendía hace unos años ya no está donde estaba: el encarecimiento ha sido simultáneo en toda Europa y estrecha el margen de quien esperaba encontrar una brecha. Quien mire más lejos se topa con el imperio: según un cálculo que circula en el debate, China admite poco más de un millón de personas al año, y con cola.
Los que se fueron antes y los que vuelven
No es la primera vez. En Canarias, en los años setenta, se emigraba a Argentina, a Venezuela, a África para trabajar en el petróleo y las minas, a Inglaterra y Alemania aprovechando los vuelos turísticos. Hoy la población del archipiélago es el doble que hace medio siglo y la natalidad ha caído de las más altas del país a las más bajas. Nunca hubo tantos canarios, ni tantas razones para irse, ni tan pocos dispuestos a hacer la maleta. La contra también existe: se sostiene que muchos regresan a los dos meses, con la cuenta fundida, después de haber encadenado los peores empleos posibles. Y hay quien añade una afirmación que descoloca: en proporción a su población, alemanes y holandeses emigrarían más que los españoles. Aquí la salida es noticia; allí es rutina.
El desencanto con la administración
Un punto donde coinciden análisis opuestos es la desconfianza hacia la maquinaria pública: un fisco que localiza al contribuyente para cobrar y unos registros que no se hablan entre sí. A principios de los 2000, se recuerda, España figuraba entre los países más seguros de Europa en varios indicadores. Sobre por qué se ha perdido ese umbral hay versiones que apuntan a la política migratoria, aunque los datos que se manejan no permiten establecer esa relación. El reproche se queda en la percepción y en la falta de respuestas.
Con once mil euros de diferencia por el mismo volante y un idioma que se aprende en trece meses, la salida no necesita propaganda. Se produce sola. Lo único que no se reproduce es el registro.