Polacos retornan a Polonia por el tirón de su PIB
Un fontanero de Cracovia que llevaba ocho años en Londres hace las maletas. Un camarero nacido en Sevilla, de padres rumanos, se volvió a Bucarest con doce años y hoy parece recién salido de Dos Hermanas. La escena se repite por todo el continente:
trabajadores del Este que hicieron las Américas europeas y ahora vuelven a casa porque el diferencial de renta se ha estrechado. El punto de partida de la conversación es un dato simple: la economía polaca lleva años entre las que más crecen del continente y eso tira del retorno.
El fenómeno no es exclusivo de Polonia. Rumanía vivió algo parecido, según el relato de quien recorrió Bucarest hace cinco años y encontró a media hostelería contando la misma historia: años en España, mejora en casa, vuelta. La pregunta que sobrevuela todo el asunto es si estamos ante un cambio estructural o ante un espejismo estadístico.
El PIB per cápita polaco supera al español
El dato que más se repite es incómodo:
el PIB per cápita polaco habría superado al español, según un cálculo que circula en el debate. Con 38 millones de habitantes frente a los 47-48 de España, el país vecino habría conseguido rentas medias más altas con una población notablemente menor. La explicación que circula tiene que ver con el uso de los fondos europeos: mientras unos los habrían destinado a gasto corriente, infraestructura sin demanda y financiación autonómica, Polonia los habría volcado en
zonas económicas casi exentas de impuestos para atraer inversión extranjera.
El patrón recuerda al español de los primeros años en la UE: mano de obra cualificada barata, empresas llegando en tromba, prosperidad fácil mientras eres el más pobre del barrio. La duda es qué pasa cuando las exenciones fiscales caducan y el país deja de ser la ganga del vecindario.
¿Por qué Polonia crece más que España?
La respuesta corta: porque es vecina de Alemania y porque lleva dos décadas vendiéndose como plataforma industrial barata. Los centros de desarrollo de banca internacional que antes se instalaban en España o la India hoy están en Polonia, con los sueldos intermedios en manos locales y los sueldos altos en Zúrich o Nueva York. El país se ha convertido en la trastienda productiva del motor alemán.
Hay quien añade un factor político: el cambio de gobierno habría coincidido con una etapa de mayor seriedad gestora. Y hay quien lo rebate de plano: Polonia ya crecía antes. La correlación no es causalidad, pero el relato se ha instalado.
El reverso: despoblación, deuda y un país partido en dos
El optimismo tiene grietas. Polonia
pierde población a un ritmo de 120.000 personas al año, según sostiene un participante, el equivalente a vaciar una ciudad mediana cada doce meses, y ni con los retornados compensa la sangría. La deuda pública se ha disparado en apenas dos años. Y el desarrollo está concentrado: el eje Varsovia-Cracovia, pegado a Alemania, va como un tiro; el este del país sigue pareciéndose más a un paisaje de lobos que a una economía emergente.
A eso se suma el problema del zloty: Polonia no ha entrado en el euro, lo que le permite devaluar cuando aprieta pero también le impide jugar con las mismas reglas que sus socios. Y el ladrillo: los polacos que vuelven no siempre vuelven a trabajar. Una parte del dinero del Este está encontrando refugio en la vivienda española, con el peso de los compradores polacos triplicado en la última década.
La herida que no cierra: ¿se puede salir de pobre?
El pesimismo tiene su propia tesis, y no es menor.
De pobre no se sale nunca, sostiene una parte de la conversación, que pone el ejemplo irlandés: un país con PIB per cápita de 75.000 dólares cuyos jóvenes siguen emigrando porque la riqueza la generan las tecnológicas estadounidenses y no llega al bolsillo de la gente. El PIB sube, la vida no.
El contraargumento es que sí se sale, pero a plazos y con trampa. Polonia lleva cuarenta años creciendo por encima del 2% y su gente vuelve. Rumanía hizo lo mismo. La pregunta no es si el modelo funciona, sino para quién.
Queda el dato que descoloca: en un país que presume de milagro económico, la mitad de la población no ha visto un euro del milagro. Y los que vuelven, muchas veces, vuelven a invertir en el ladrillo de otro país.