Carnets de conducir caen un 53% desde 1986, según un tuit
Un tuit difundido en redes afirma que en 1986 se expidieron 765.000 carnets de conducir en España y que en 2024 fueron 357.000. El autor del mensaje, que se declara harto de buscar aparcamiento, sostiene que la gente se está dando cuenta de que el coche no compensa. En los comentarios, muchos celebran lo que consideran una victoria de la movilidad sostenible, pero también se abre paso la idea de que
no es que los jóvenes no quieran conducir, es que no pueden pagarlo.
El coste real de tener coche: 200 a 300 euros al mes
Un cálculo repetido en la discusión parte de descomponer el gasto en cuotas mensuales iguales: amortización del vehículo, intereses si hay financiación, seguro, ITV, impuesto de circulación, combustible, reparaciones y garaje. La conclusión que se extrae es que
difícilmente baja de 200 euros al mes y en muchos casos supera los 300. Para un joven que comparte piso y al que le faltan 200 euros para llegar a fin de mes, la propuesta es difícil de vender.
Según un cálculo que circula en el debate, el salario medio de la cohorte de 18 a 29 años, sumando ocupados, parados, estudiantes sin ingresos y trabajadores precarios, se sitúa técnicamente en cero euros. Los que sí cotizan rara vez superan los 1.200 euros netos. Con esa base, el coche deja de ser un símbolo de libertad y se convierte en una fuente de obligaciones.
Un coñazo y un sacacuartos, resume una intervención.
¿Por qué los jóvenes prefieren la moto de 125cc al coche?
La alternativa que emerge con más fuerza en la conversación es la moto de 125cc para desplazamientos urbanos. Un usuario que vivió en Barcelona cuenta que empezó con coche, lo aparcó y abrazó la moto: el coche se quedó cogiendo polvo salvo para salir fuera de la ciudad. La moto llega a 90 km/h, suficiente para rondas y nacionales, y no exige buscar aparcamiento durante media hora.
La bici tiene un límite: no alcanza los 90 km/h ni puede circular por autovía, y cubrir 20 kilómetros por el extrarradio en un tiempo razonable es complicado. La moto, en cambio, resuelve el interurbano corto. Para trayectos más largos o con carga, el coche sigue siendo la única opción realista.
El problema no es el vehículo, es la ecuación económica que lo rodea.
El coche usado barato: 700 euros y 390.000 kilómetros
Frente al relato de la nueva movilidad, algunos recuerdan que el coche de entrada siempre fue barato y viejo. Un participante relata que su primer coche fue un Opel Astra con 390.000 kilómetros que le costó 700 euros. Una mierda, dice, pero le llevaba. Hoy por ese dinero no se compra ni un patinete, lo que sugiere que parte del cambio de hábitos es puramente económico.
El cálculo del coche sencillo se repite: un motor 1.0 atmosférico de 60 a 80 caballos paga unos 40 euros de impuesto de circulación, el seguro más barato ronda los 300 o 400 euros anuales y la ITV no debería dar problemas si se cuida. Aprender mecánica básica es gratis y esos motores son fáciles de mantener.
Conducir a 100 por hora tranquilito no es un drama, zanja un comentario.
El mundo rural no ha cambiado: el carnet sigue siendo obligatorio
La caída de carnets no es homogénea. En los pueblos, las chavalas se siguen sacando el carnet con 18 años recién cumplidos. En el mundo rural nada ha cambiado. La diferencia es urbana: en las ciudades grandes, con metro, bus, carriles bici y patinetes, el coche propio pierde sentido para el día a día.
Hay quien sostiene que el transporte público es un negocio como cualquier otro y que los políticos van a hacer negocio hasta con los cadáveres de los mendigos. La crítica no es solo al coche: es al modelo de movilidad que se impone desde arriba.
La libertad de desplazarse cuando, como, donde y con quien quieras no la da el metro, argumenta una intervención que resume la postura de los defensores del vehículo privado.
La brecha generacional: videojuegos y tarjetas gráficas antes que coche
El contraste generacional aparece en varios mensajes: los mismos jóvenes que no se gastan 1.500 euros en un coche viejo no escatiman en juegos y tarjetas gráficas. La acusación de vagos se cruza con la de que el ocio ha cambiado de soporte. El coche ya no es la puerta de entrada a la vida adulta; lo es el alquiler compartido, el móvil o la consola.
La fábula de la zorra y las uvas planea sobre todo el asunto. Una intervención la cita para describir la racionalización: despreciar lo que no se puede obtener para aliviar la frustración. Si el coche es inalcanzable, se convierte en innecesario.
Confunden no poder con no querer, sentencia un comentario que da la vuelta al argumento oficial.
El coche como símbolo de estatus: de libertad a obligación
Durante décadas el coche fue el símbolo de la libertad individual. Hoy, para una parte de la población joven, es una fuente de problemas, gastos y obligaciones. Los radares, las multas, el límite de alcohol, el aparcamiento imposible y los seguros que cuestan un riñón hasta los 26 años han convertido la conducción en una experiencia hostil.
La paradoja es que quienes más defienden el coche son también quienes más lo usan en entornos donde es imprescindible. En las ciudades, el coche se queda aparcado mientras la moto, la bici o el patinete cubren el día a día.
El carnet de conducir ha dejado de ser un rito de paso para convertirse en una decisión económica. Y mientras el precio de la vivienda y el salario joven no se muevan, la caída de matriculaciones y carnets tiene menos de revolución sostenible y más de ajuste de cuentas con la realidad.