Jubilarse en 2045: casa pagada, ahorros y alguien que te cuide
El pico de natalidad español, que un forero sitúa alrededor de 1975, tiene una consecuencia aritmética incómoda: quienes nacieron ese año empiezan a asomarse a la edad de retiro a mediados de la próxima década y, con ellos, la proporción entre cotizantes y pensionistas se da la vuelta. Sobre esa fecha se ha construido un pronóstico sombrío:
el que llegue a la vejez sin casa pagada, sin ahorro, sin familia que responda y con la salud descuidada lo va a pasar mal. No es un eslogan electoral. Es una lista de deberes con cuatro apartados.
El diagnóstico mezcla lo macroeconómico con lo doméstico. Pirámide de población por un lado; pensión estimada, residencias, soledad y sanidad pública por otro. Y una pregunta de fondo que recorre todo el asunto:
¿va el Estado a seguir cubriendo lo que cubría, o el ajuste se hará a costa de los mayores con menos red de apoyo?Los cuatro pilares del colchón: vivienda, ahorro, familia y salud
El primer pilar es el ladrillo. Vivienda sin hipoteca, sin deudas de comunidad, razonablemente nueva, sin reformas severas pendientes y con ascensor. No es una manía estética: es un gasto que, una vez cerrado, deja de subir cada año. El segundo es
un colchón de varios miles de euros para imprevistos, ayuda doméstica y gastos sanitarios que, según este planteamiento, el sistema no podrá asumir.
El tercero no se compra. Es un entorno que mire por ti: hijos, sobrinos, amigos de verdad o pareja que detecte a tiempo una estafa en la sucursal, te lleve al médico o mueva un trámite cuando ya no sepas manejarte con internet. Quien lo escribe lo vivió con sus abuelos: con amor familiar «han tenido todo lo que necesitaban»; sin él, sostiene, el anciano está perdido. El cuarto pilar es la salud: no fumar, no beber, comer con cabeza y no llevar una vida sedentaria.
¿Se puede vivir de la pensión en 2045? 1.200 y 700 euros al mes
Dependerá de si la vivienda está pagada y de si hay un alquiler que afrontar. La previsión que lanza uno de los intervinientes es de dos pensiones planas:
1.200 euros para la contributiva y 700 para la no contributiva, ambas con la inflación acumulada por delante, es decir, iguales para todo el mundo y sin que la carrera de cotización cambie gran cosa el resultado. Con esos importes, el resumen que se extrae es sencillo: a mucha gente no le dará ni para comer y alquilar una habitación.
Ahí aparece el primer desacuerdo serio. Frente a quien sostiene que hay que ahorrar todo lo posible, otra parte responde que la previsión es inútil: llevan dos décadas oyendo la misma advertencia y el paro ha bajado, hay más gente trabajando y la catástrofe no ha llegado. El problema, se contraargumenta, es que la demografía no es una opinión.
El 1,74 del Banco de España: lo que se cobra frente a lo que se cotizó
Aquí el material se apoya en cifras de autoridad. Los datos que se citan atribuyen al
Banco de España el cálculo de que cada pensionista recibe 1,74 euros por cada euro aportado —un 74% más de lo cotizado— y que, de media, a los doce años de jubilación ya se ha cobrado todo lo ingresado. Se añade otro titular: el jubilado medio recibiría 4.500 euros al año sin haber cotizado. La conclusión que se extrae es que el sistema no es una hucha individual, sino una transferencia intergeneracional que necesita contribuyentes nuevos.
Y ahí se enciende la luz roja. El pico de natalidad de 1975 coincide con el momento en que la generación más numerosa empieza a cobrar sin que detrás haya una cohorte equivalente pagando.
La pirámide de población y el año en que el sistema se rompe
Un cálculo lanzado en el hilo señala que
quedan quince años, a ojo, para el colapso del sistema tal y como está diseñado. Otro lo traduce a una cifra doméstica: si hay que esperar veinte años más de vida laboral, quien hoy tiene 55 años se jubilaría a los 75. La edad de retiro se convierte así en el ajuste invisible que nadie quiere anunciar en un mitin.
Quien tiene la jubilación a cinco o siete años vista lo ve de otra manera: se le supone una pensión asegurada y un futuro más o menos predecible, mientras el problema se sitúa en los que vengan después, hacia 2060 o 2070. Es la fractura generacional del asunto, y atraviesa de arriba abajo el contenido: los que ya están cerca del final del camino y los que tienen por delante veinticinco años de vejez.
Residencias, soledad y familia: el apoyo que se deshace
El capítulo que más crudeza concentra es el de los cuidados. Quien ha tenido trato con residencias describe sobremedicación, abusos, fracturas y personal desbordado y mal pagado: el Estado, se argumenta, ha cargado sobre esos trabajadores una responsabilidad que nadie quiere asumir.
Sobre la alfombra.
A eso se suma la soledad. La comparación que se hace es demoledora: antes había tres hermanos y tres hijos disponibles a lo largo de la vida; hoy lo habitual es un hijo y un divorcio de por medio, y muchos llegan a la vejez sin nadie. Otra derivada, atribuida a unos pocos y sin ningún dato que la sostenga, se adentra en retórica hostil hacia la inmigración y hacia los propios mayores.
De fondo, una mezcla de eutanasia, humor negro y resignación. Un interviniente cuenta que conoce a alguien que aspira a morirse viendo la tele y que no se acuerden de él hasta diez años después; otro recuerda que al final todos acabamos siendo alimento de gatos, perros o gusanos.
Dónde se atasca el cálculo
El punto ciego sigue siendo el mismo. Si el sistema aguanta, el ahorro privado es un complemento razonable; si el ajuste se hace vía impuestos y requisitos,
los ahorros pueden convertirse en el objetivo en lugar del escudo, según advierte un interviniente. Hay quien sostiene que el dinero guardado en moneda corriente no salvará de nada porque la inflación hará el trabajo, y quien añade que la última palabra no la tiene ninguna previsión: la muerte, se dice, viene señalada de arriba. Nadie ha resuelto todavía a quién protege de verdad un colchón cuando el suelo se mueve.