Planeta oceánico a 120 años luz: la factura real de colonizarlo
Un exoplaneta con posibles signos de vida y cubierto casi por completo de océano ha reabierto la vieja fantasía: enviar una nave y no volver. El problema arranca en la distancia.
120 años luz bastan para que la propuesta más repetida sea una nave generacional en la que los que suben no llegan y los que llegan no han conocido otra cosa. Suena romántico hasta que alguien pone la calculadora encima de la mesa.
¿Cuánto tarda una nave en llegar a 120 años luz?
A una décima parte de la velocidad de la luz —
30.000 kilómetros por segundo, o 108 millones de kilómetros por hora— el trayecto se va a 1.200 años. Y eso sin contar las fases de aceleración y deceleración. Dicho de otro modo: se saldría antes del nacimiento de Alejandro Magno y se llegaría en la actualidad.
Frente a esa cifra, la ocurrencia de que «en cuatro generaciones se llega perfectamente» se deshilacha sola: cuatro generaciones son, con suerte, un siglo. Hay quien apela a viajar al doble de la velocidad de la luz para ahorrarse faros y antiniebla, pero a velocidades subluz
—y ahí seguimos— el viaje sigue siendo de siglos.
El matiz más fino llega con la dilatación. Dilatación espacial y temporal son dos caras de la misma moneda, ecuaciones de Lorentz mediante. No se suman: el efecto real es que se llega unos seis años antes de lo previsto, y ni eso altera el orden de magnitud.
La gravedad del planeta: de 8 veces la terrestre a 1,2
El primer dato que circula habla de una gravedad
ocho veces superior a la de la Tierra. Con ese escenario, ningún ser humano actual aguantaría en pie. La corrección posterior rebaja el cálculo a 1,2 veces, y ahí la cosa cambia de raíz: el planeta pasaría de inhabitable a bastante parecido a casa.
La discrepancia no es menor, porque de ella depende toda la discusión sobre si el destino sirve para vivir. Nadie ha cerrado el número.
El coste que nadie presupuesta: radiación y suministros
La lista de recursos que aparece en la propuesta incluye comida para
120 años, mejor 200, un reactor nuclear interno, ordenadores con bibliotecas enteras para reconstruir una civilización y una inteligencia artificial que funcione en local, sin conexión.
A la radiación ionizante, en cambio, no la contesta nadie. Antes de salir del sistema solar, la tripulación acumularía dosis que la medicina actual ni contempla. Dos siglos racionando agua, gestionando residuos y programando partos es una logística que ninguna agencia ha resuelto ni en simulación.
¿Es más fácil vivir 1.000 años que viajar entre estrellas?
Aparece un argumento incómodo para los entusiastas: si el viaje interestelar llegara a ser posible, probablemente antes se habría logrado
extender la vida humana por encima de los 1.000 años. Y ampliar la vida es mucho más sencillo que fabricar un vehículo capaz de cruzar esa distancia. La carrera la ganaría la biología, no la propulsión.
Titán, el gas y el regreso que nadie calcula
Se plantea usar
Titán como refinería por sus reservas de gas. El escollo es de primero de logística: refinar gas en órbita no sirve de nada si después hay que traerlo a la superficie terrestre. El reingreso de grandes volúmenes de carga en la atmósfera sigue sin solución.
Subnautica, gambas y el filtro de la tripulación
El tono cambia cuando el asunto se vuelve fantasía. Hay quien se apunta si le dan un vehículo submarino y un escáner, en homenaje al videojuego
Subnautica. Otros preguntan si hay gamba roja, o comparan el destino con el planeta de la ola de
Interestellar: una ola de tres kilómetros convertida en paisaje laboral.
Menos graciosa es la derivada de quién debería subir. Una parte plantea filtrar a la tripulación por origen o antecedentes, un criterio excluyente que no se sostiene ni técnica ni legalmente. Otra recuerda que el planeta podría estar ya habitado y que los recién llegados serían los invasores del relato.
El plan tiene un atractivo irrefutable y un problema aritmético igual de sólido. Con la tecnología disponible, la colonización del planeta oceánico no es un proyecto con fecha: es una hipótesis que se sostiene en la pizarra y se cae en cuanto alguien pregunta quién paga, quién viaja y quién decide quién viaja. Y sobre la gravedad real del destino, las dos versiones siguen sin reconciliarse.