Plan Marta: la odisea de las 815 chicas que envió la España franquista para inocular vida en Australia

Grupo de mujeres españolas del Plan Marta posando antes de partir hacia Australia en 1961
RESUMEN DEL DEBATE · elaborado con IA

Plan Marta: 815 españolas enviadas a Australia y el regreso que nadie pagó Entre 1960 y 1963, al menos 17 vuelos sacaron de España a 815 mujeres jóvenes, solteras, sanas y oficialmente católicas. Reclutadas en pueblos de Euskadi, Navarra, Asturias, Cantabria, Galicia y más tarde la Meseta por instituciones católicas del franquismo, firmaron un contrato de dos años como trabajadoras domésticas en Australia.

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바르셀로나
¿Creéis que estos españoles eran considerados "blancos" en Australia?

Ya os adelanto yo que no.

Plan Marta: la odisea de las 815 chicas que envió la España franquista para inocular vida en Australia

“El verdadero engaño estuvo en la imposibilidad de pagarse el billete de vuelta”, concluye Natalia Ortiz, investigadora de estas expediciones

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Grupo de 'martas' en junio de 1961, antes de partir rumbo a Melbourne.

Silvia R. Pontevedra
Santiago - 03 ago 2025

Iban a la aventura, con un contrato de dos años como trabajadoras domésticas. Y después, pasado ese tiempo, eran libres de regresar. Pero no pudieron volver de Australia durante décadas. Primero, porque el billete de vuelta les costaba lo que ganaban en años de trabajo. Segundo, porque la soledad era tan inmensa para ellas que muchas enseguida aceptaron, con mayor o menor convicción y fortuna, la propuesta de matrimonio de hombres que habían llegado unos años antes. En Sídney, en Melbourne, en Adelaida, en Brisbane, ellas acabaron asentándose, implicándose socialmente, formando familias y fundando sus propios lugares de encuentro para combatir la nostalgia y el desarraigo. Llegaron a inaugurarse enormes clubes españoles en varias ciudades, y hasta frontones de bowling vasca y gure txokos, y más tarde centros gallegos, y hubo fiestas con paella y sangría, y torneos de fútbol y hasta romerías del Rocío en plena Oceanía. Durante seis décadas, las españolas se han seguido citando los sábados en el Centennial Park de Sídney.


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Inauguración del frontón del Gure Txoko en Sídney (1967), en una foto conservada por la familia de María Begoña Zubiaur y Francisco Javier Montero, que trabajó en la construcción de la Opera House.

Todo empezó a principios de los 60 y podría inspirar una larga serie televisiva. Eran chicas reclutadas en pueblos de Euskadi, Navarra, Asturias, Cantabria, Galicia, y más tarde la Meseta, por instituciones católicas del franquismo en el bautizado como Plan Marta. Empezaron a llegar allá después que los muchachos cosechados también, mayormente, en el País Vasco y Cantabria a través de la Operación Canguro (1958-1963). Ellos iban para alimentar de mano de obra buena y barata las plantaciones, especialmente de caña. Ellas eran las “martas” o “marthas”, y estaban llamadas a convertirse en perfectas empleadas domésticas, como la figura bíblica o como la clase descrita por Margaret Atwood en El cuento de la criada. Los unos y las otras inocularon vida y trabajaron en la construcción de un país que estaba, en buena parte, todavía por hacer y en grave alarma poblacional.

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Grupo de 'martas' en Madrid en 1962, preparadas para el quinto vuelo del plan ese año.

Después de la Segunda Guerra Mundial, por Australia empezó a extenderse el lema “repoblar o perecer”. Pero no valían todos los colores de piel. Ni el de los nativos, ni el de los vecinos de Oriente, que por otra parte eran vistos como una amenaza que presionaba desde territorios superpoblados. La élite blanca quería nutrirse de occidentales, preferiblemente ingleses, holandeses, americanos, alemanes, polacos. Los mediterráneos, no obstante, podían aportar una necesaria mano de obra. En las escalas que hacían, durante los tres días que llevaba el viaje, a los aviones de las martas se incorporaban italianas y griegas que “iban para casarse, o que ya habían sido casadas por poderes”, describe desde Sídney, en conversación telefónica, Natalia Ortiz Ceberio, coordinadora de Estudios Hispanos de la Universidad de Nueva Gales del Sur (UNSW). Para ella, “el verdadero engaño” de las autoridades a las españolas “estuvo en que nadie las informó de lo que costaba regresar... de lo imposible que iba a ser pagarse el billete de vuelta”, que rondaba las “3.000 pesetas”.


“Sin inmi gración, el futuro será incómodo y breve. No sobreviviremos como nación”, advertía en sus discursos el ministro para la Inmi gración, Arthur Calwell, tal y como reflejan Javier Castro y Ortiz Ceberio en el documental El avión de las novias. Al mismo tiempo, en los rotativos australianos de la época se publicitaba al español como “pueblo culto y orgulloso”. La catedrática de la UNSW es autora de diversos trabajos sobre el sentimiento de identidad de los emigrantes y sobre los viajes de las españolas, como El Plan Marta (1960-63), un libro publicado por Dykinson con edición de María Pilar Rodríguez. La investigadora empezó a rastrear historias de martas hace más de una década, después de leer en otro volumen, Operación Canguro, de Ignacio García, que había habido un vuelo de mujeres tras una primera experiencia migratoria con hombres, que viajaban en barco. Desde entonces, Ortiz Ceberio —emigrada a Australia de origen vasco y fundadora del Festival de Cine Español, que dirigió durante 15 años tanto en Australia como en Nueva Zelanda— acabó descubriendo en archivos de la Conferencia Episcopal que, en realidad, “habían sido al menos 17 vuelos”.

Desde el primer viaje, el 11 de marzo de 1960, “en tres años arribaron 815 martas", de las que la autora ha localizado y entrevistado a más de 100. Algunas firmaron sin entender el contrato. Muchas no eran capaces ni de situar en el mapa aquel país de la cara opuesta del globo. La maleta de Josefina González iba sin dirección: en la etiqueta solo puso su nombre y “Australia”, pero llegó con ella el 14 de julio de 1960. Lo cierto es que ni ella ni sus compañeras conocían su destino. A lo largo de los años fue variando el método, pero las del principio recuerdan que las llevaron a una iglesia, las pusieron en fila y empezaron a entrar las señoras australianas a elegir qué chica se llevaban para servir en casa, “como ovejas en el mercado”. Las que no se fueron con familias las llevaron a trabajar a congregaciones católicas.

Jóvenes sin casar, sanas y oficialmente católicas

La maquinaria arrancó tras una visita a España, en 1959, del cardenal primado de Australia, y en la leva se implicaron los consulados, el Instituto Español de Emigración, la Conferencia Episcopal de Migraciones y un tupido sistema sanguíneo que llegaba hasta las parroquias más remotas a través de Acción Católica y las Juventudes Obreras Cristianas. Las candidatas, primero, eran seleccionadas aquí. Tenían que ser jóvenes sin casar, sanas y oficialmente católicas. Pero unas cuantas no eran, en realidad, tan devotas como se deseaba y lo que anhelaban era liberarse de la rigidez familiar y los patrones femeninos que inculcaba el Franquismo. Algunas eran madres solteras que dejaron a sus descendientes en España con la idea de llevárselos después.

Pasaban un examen médico y un cursillo “de capacitación” en el convento de las Madres Reparadoras de Madrid en el que eran aleccionadas en el eficiente servicio doméstico, en las costumbres y horarios propios de Australia y en un inglés de supervivencia para una housekeeper: bastaba con saber que cuchara se decía spoon y fregona, mop. Lo importante era nombrar los más elementales enseres de cocina y limpieza, porque lo demás, si su vida iba a ser eminentemente doméstica, no r el contrario, habían recibido un Manual del buen forastero, mucho más completo, que podían aprender durante el mes de viaje en barco.

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Grupo de 'martas' en el colegio de las Madres Reparadoras de Madrid el 30 de septiembre de 1961.

Mari Paz Moreno cuenta en el documental que ella se apuntó, precisamente, porque “quería aprender inglés”. Era una joven con formación, trabajaba en Europa Press, y tenía ansia de mundo. Al llegar allá, descubrió que el ambiente urbano era “un cementerio” en el que, a las seis de la tarde, ya no había donde “tomar un café”. Pero a cambio, concluye, “en muchas cosas” Australia “era un país con futuro”, mientras que España, entonces, “era un país con pasado”. La historia de Australia se escribió así con los nombres, entre millares de españoles, de mujeres como Carmina Álvarez Patallo, Juli de la Rosa, Puri Paredes, Mari Cruz Vázquez, Maruja Vesuña, Irene González, Cruz Pereira, Ana María Godino, María José Ugarte, Teresa Santamaría, Leontina García, Genoveva Mateo, María Cruz del Álamo, Julia González o Begoña Zubiaur, y de hombres, como Francisco Javier Montero, Urano Mateo o Eulogio Altuna, que a sus 93 años, y ya de vuelta en Donostia, es el recuerdo vivo de los cortadores de caña.

Ortiz Ceberio explica que “las primeras no pagaron el billete” de ida. Mientras que las siguientes, tras el efecto llamada, “tenían que costear una parte”. El resto corría a cargo de las diferentes Administraciones interesadas en esas migraciones. Si se morían de pena y querían regresar antes de los dos años, las martas tenían que pagar su deuda, además del pasaje de vuelta. Pese a todo, para muchas la perspectiva en España no era mejor y cuando se acabó el convenio entre países “había cientos y cientos de mujeres” en espera, “pidiendo venir a Australia”, cuenta la investigadora.

Normalmente, las que ya estaban “se habían callado” lo mal que lo llegaron a pasar sirviendo en casas, en un país cuyo idioma desconocían. Para dar “apoyo espiritual” y ayudar a las martas con los problemas que surgieran en el trabajo, o bien cuando su ánimo flaqueaba, la Iglesia envió a tres “hermanas laicas”: Paquita Bretón, María Luisa Erro y Mari Carmen Cervera. Allí se conoce como “mal del forastero o mal de Australia”, señala la catedrática, la “depresión” y la “desesperación” por estar “lejos de todo”. Sin escapatoria en la isla, a una distancia “imposible de vencer”.

 

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Más sobre: Emigración · Franquismo
En la Australia de los años 60, los forasteros españoles no siempre eran considerados completamente "blancos" según las normas sociales y raciales dominantes de la época, a pesar de ser europeos. Esto se debe a varios factores históricos y culturales relacionados con la política de la Australia Blanca (White Australia Policy), que estaba en vigor desde 1901 hasta principios de los años 70.

Contexto de la Australia Blanca​

  • La política de la Australia Blanca tenía como objetivo mantener una sociedad mayoritariamente anglosajona y protestante.
  • Aunque oficialmente dirigida contra forasteros asiáticos y del Pacífico, en la práctica también establecía una jerarquía racial y cultural dentro de los forasteros europeos.
  • Los forasteros preferidos eran de origen británico o nórdico, seguidos por otros europeos del norte y oeste.

Españoles en ese contexto​

  • Los españoles eran técnicamente "blancos" desde un punto de vista racial europeo, pero eran vistos como "latinos" o "mediterráneos", lo que a menudo se asociaba con una supuesta "otredad" cultural, religiosa (católica) y lingüística.
  • Esto generaba cierto racismo cultural y discriminación social. No eran rechazados como lo serían personas no europeas, pero sí enfrentaban prejuicios y dificultades de integración, especialmente en comparación con forasteros angloparlantes.
  • Junto con los italianos, griegos y yugoslavos, los españoles eran parte de los llamados "New Australians" —una etiqueta que reconocía su presencia, pero también marcaba su diferencia cultural.

Cambios en los años 60​

  • A partir de mediados de los años 60, la política migratoria comenzó a liberalizarse gradualmente, y el concepto de "blancura" empezó a ampliarse, aunque lentamente.
  • El racismo estructural persistía, pero la creciente diversidad empezó a normalizar la presencia de europeos del sur.

En resumen: En la Australia de los años 60, los forasteros españoles eran considerados "blancos" en un sentido técnico y legal, pero no siempre eran plenamente aceptados como parte de la mayoría anglosajona, y sufrían grados de discriminación cultural y social debido a su origen mediterráneo y católico.
 
En la Australia de los años 60, los forasteros españoles no siempre eran considerados completamente "blancos" según las normas sociales y raciales dominantes de la época, a pesar de ser europeos. Esto se debe a varios factores históricos y culturales relacionados con la política de la Australia Blanca (White Australia Policy), que estaba en vigor desde 1901 hasta principios de los años 70.

Contexto de la Australia Blanca​

  • La política de la Australia Blanca tenía como objetivo mantener una sociedad mayoritariamente anglosajona y protestante.
  • Aunque oficialmente dirigida contra forasteros asiáticos y del Pacífico, en la práctica también establecía una jerarquía racial y cultural dentro de los forasteros europeos.
  • Los forasteros preferidos eran de origen británico o nórdico, seguidos por otros europeos del norte y oeste.

Españoles en ese contexto​

  • Los españoles eran técnicamente "blancos" desde un punto de vista racial europeo, pero eran vistos como "latinos" o "mediterráneos", lo que a menudo se asociaba con una supuesta "otredad" cultural, religiosa (católica) y lingüística.
  • Esto generaba cierto racismo cultural y discriminación social. No eran rechazados como lo serían personas no europeas, pero sí enfrentaban prejuicios y dificultades de integración, especialmente en comparación con forasteros angloparlantes.
  • Junto con los italianos, griegos y yugoslavos, los españoles eran parte de los llamados "New Australians" —una etiqueta que reconocía su presencia, pero también marcaba su diferencia cultural.

Cambios en los años 60​

  • A partir de mediados de los años 60, la política migratoria comenzó a liberalizarse gradualmente, y el concepto de "blancura" empezó a ampliarse, aunque lentamente.
  • El racismo estructural persistía, pero la creciente diversidad empezó a normalizar la presencia de europeos del sur.

En resumen: En la Australia de los años 60, los forasteros españoles eran considerados "blancos" en un sentido técnico y legal, pero no siempre eran plenamente aceptados como parte de la mayoría anglosajona, y sufrían grados de discriminación cultural y social debido a su origen mediterráneo y católico.
Vamos, que no eran blancos.

Si esta foto la veo yo ahora y me dicen que son forasteros iraníes y me lo creo, imagínate los australianos anglos de los años 60:

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Para ellos tenía que ser un shock similar a para nosotros ver a personas del sur de la India o del Perú profundo.
 

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¿Creéis que estos españoles eran considerados "blancos" en Australia?

Ya os adelanto yo que no.

Plan Marta: la odisea de las 815 chicas que envió la España franquista para inocular vida en Australia

“El verdadero engaño estuvo en la imposibilidad de pagarse el billete de vuelta”, concluye Natalia Ortiz, investigadora de estas expediciones

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Grupo de 'martas' en junio de 1961, antes de partir rumbo a Melbourne.

Silvia R. Pontevedra
Santiago - 03 ago 2025

Iban a la aventura, con un contrato de dos años como trabajadoras domésticas. Y después, pasado ese tiempo, eran libres de regresar. Pero no pudieron volver de Australia durante décadas. Primero, porque el billete de vuelta les costaba lo que ganaban en años de trabajo. Segundo, porque la soledad era tan inmensa para ellas que muchas enseguida aceptaron, con mayor o menor convicción y fortuna, la propuesta de matrimonio de hombres que habían llegado unos años antes. En Sídney, en Melbourne, en Adelaida, en Brisbane, ellas acabaron asentándose, implicándose socialmente, formando familias y fundando sus propios lugares de encuentro para combatir la nostalgia y el desarraigo. Llegaron a inaugurarse enormes clubes españoles en varias ciudades, y hasta frontones de bowling vasca y gure txokos, y más tarde centros gallegos, y hubo fiestas con paella y sangría, y torneos de fútbol y hasta romerías del Rocío en plena Oceanía. Durante seis décadas, las españolas se han seguido citando los sábados en el Centennial Park de Sídney.


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Inauguración del frontón del Gure Txoko en Sídney (1967), en una foto conservada por la familia de María Begoña Zubiaur y Francisco Javier Montero, que trabajó en la construcción de la Opera House.

Todo empezó a principios de los 60 y podría inspirar una larga serie televisiva. Eran chicas reclutadas en pueblos de Euskadi, Navarra, Asturias, Cantabria, Galicia, y más tarde la Meseta, por instituciones católicas del franquismo en el bautizado como Plan Marta. Empezaron a llegar allá después que los muchachos cosechados también, mayormente, en el País Vasco y Cantabria a través de la Operación Canguro (1958-1963). Ellos iban para alimentar de mano de obra buena y barata las plantaciones, especialmente de caña. Ellas eran las “martas” o “marthas”, y estaban llamadas a convertirse en perfectas empleadas domésticas, como la figura bíblica o como la clase descrita por Margaret Atwood en El cuento de la criada. Los unos y las otras inocularon vida y trabajaron en la construcción de un país que estaba, en buena parte, todavía por hacer y en grave alarma poblacional.

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Grupo de 'martas' en Madrid en 1962, preparadas para el quinto vuelo del plan ese año.

Después de la Segunda Guerra Mundial, por Australia empezó a extenderse el lema “repoblar o perecer”. Pero no valían todos los colores de piel. Ni el de los nativos, ni el de los vecinos de Oriente, que por otra parte eran vistos como una amenaza que presionaba desde territorios superpoblados. La élite blanca quería nutrirse de occidentales, preferiblemente ingleses, holandeses, americanos, alemanes, polacos. Los mediterráneos, no obstante, podían aportar una necesaria mano de obra. En las escalas que hacían, durante los tres días que llevaba el viaje, a los aviones de las martas se incorporaban italianas y griegas que “iban para casarse, o que ya habían sido casadas por poderes”, describe desde Sídney, en conversación telefónica, Natalia Ortiz Ceberio, coordinadora de Estudios Hispanos de la Universidad de Nueva Gales del Sur (UNSW). Para ella, “el verdadero engaño” de las autoridades a las españolas “estuvo en que nadie las informó de lo que costaba regresar... de lo imposible que iba a ser pagarse el billete de vuelta”, que rondaba las “3.000 pesetas”.


“Sin inmi gración, el futuro será incómodo y breve. No sobreviviremos como nación”, advertía en sus discursos el ministro para la Inmi gración, Arthur Calwell, tal y como reflejan Javier Castro y Ortiz Ceberio en el documental El avión de las novias. Al mismo tiempo, en los rotativos australianos de la época se publicitaba al español como “pueblo culto y orgulloso”. La catedrática de la UNSW es autora de diversos trabajos sobre el sentimiento de identidad de los emigrantes y sobre los viajes de las españolas, como El Plan Marta (1960-63), un libro publicado por Dykinson con edición de María Pilar Rodríguez. La investigadora empezó a rastrear historias de martas hace más de una década, después de leer en otro volumen, Operación Canguro, de Ignacio García, que había habido un vuelo de mujeres tras una primera experiencia migratoria con hombres, que viajaban en barco. Desde entonces, Ortiz Ceberio —emigrada a Australia de origen vasco y fundadora del Festival de Cine Español, que dirigió durante 15 años tanto en Australia como en Nueva Zelanda— acabó descubriendo en archivos de la Conferencia Episcopal que, en realidad, “habían sido al menos 17 vuelos”.

Desde el primer viaje, el 11 de marzo de 1960, “en tres años arribaron 815 martas", de las que la autora ha localizado y entrevistado a más de 100. Algunas firmaron sin entender el contrato. Muchas no eran capaces ni de situar en el mapa aquel país de la cara opuesta del globo. La maleta de Josefina González iba sin dirección: en la etiqueta solo puso su nombre y “Australia”, pero llegó con ella el 14 de julio de 1960. Lo cierto es que ni ella ni sus compañeras conocían su destino. A lo largo de los años fue variando el método, pero las del principio recuerdan que las llevaron a una iglesia, las pusieron en fila y empezaron a entrar las señoras australianas a elegir qué chica se llevaban para servir en casa, “como ovejas en el mercado”. Las que no se fueron con familias las llevaron a trabajar a congregaciones católicas.

Jóvenes sin casar, sanas y oficialmente católicas

La maquinaria arrancó tras una visita a España, en 1959, del cardenal primado de Australia, y en la leva se implicaron los consulados, el Instituto Español de Emigración, la Conferencia Episcopal de Migraciones y un tupido sistema sanguíneo que llegaba hasta las parroquias más remotas a través de Acción Católica y las Juventudes Obreras Cristianas. Las candidatas, primero, eran seleccionadas aquí. Tenían que ser jóvenes sin casar, sanas y oficialmente católicas. Pero unas cuantas no eran, en realidad, tan devotas como se deseaba y lo que anhelaban era liberarse de la rigidez familiar y los patrones femeninos que inculcaba el Franquismo. Algunas eran madres solteras que dejaron a sus descendientes en España con la idea de llevárselos después.

Pasaban un examen médico y un cursillo “de capacitación” en el convento de las Madres Reparadoras de Madrid en el que eran aleccionadas en el eficiente servicio doméstico, en las costumbres y horarios propios de Australia y en un inglés de supervivencia para una housekeeper: bastaba con saber que cuchara se decía spoon y fregona, mop. Lo importante era nombrar los más elementales enseres de cocina y limpieza, porque lo demás, si su vida iba a ser eminentemente doméstica, no r el contrario, habían recibido un Manual del buen forastero, mucho más completo, que podían aprender durante el mes de viaje en barco.

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Grupo de 'martas' en el colegio de las Madres Reparadoras de Madrid el 30 de septiembre de 1961.

Mari Paz Moreno cuenta en el documental que ella se apuntó, precisamente, porque “quería aprender inglés”. Era una joven con formación, trabajaba en Europa Press, y tenía ansia de mundo. Al llegar allá, descubrió que el ambiente urbano era “un cementerio” en el que, a las seis de la tarde, ya no había donde “tomar un café”. Pero a cambio, concluye, “en muchas cosas” Australia “era un país con futuro”, mientras que España, entonces, “era un país con pasado”. La historia de Australia se escribió así con los nombres, entre millares de españoles, de mujeres como Carmina Álvarez Patallo, Juli de la Rosa, Puri Paredes, Mari Cruz Vázquez, Maruja Vesuña, Irene González, Cruz Pereira, Ana María Godino, María José Ugarte, Teresa Santamaría, Leontina García, Genoveva Mateo, María Cruz del Álamo, Julia González o Begoña Zubiaur, y de hombres, como Francisco Javier Montero, Urano Mateo o Eulogio Altuna, que a sus 93 años, y ya de vuelta en Donostia, es el recuerdo vivo de los cortadores de caña.

Ortiz Ceberio explica que “las primeras no pagaron el billete” de ida. Mientras que las siguientes, tras el efecto llamada, “tenían que costear una parte”. El resto corría a cargo de las diferentes Administraciones interesadas en esas migraciones. Si se morían de pena y querían regresar antes de los dos años, las martas tenían que pagar su deuda, además del pasaje de vuelta. Pese a todo, para muchas la perspectiva en España no era mejor y cuando se acabó el convenio entre países “había cientos y cientos de mujeres” en espera, “pidiendo venir a Australia”, cuenta la investigadora.

Normalmente, las que ya estaban “se habían callado” lo mal que lo llegaron a pasar sirviendo en casas, en un país cuyo idioma desconocían. Para dar “apoyo espiritual” y ayudar a las martas con los problemas que surgieran en el trabajo, o bien cuando su ánimo flaqueaba, la Iglesia envió a tres “hermanas laicas”: Paquita Bretón, María Luisa Erro y Mari Carmen Cervera. Allí se conoce como “mal del forastero o mal de Australia”, señala la catedrática, la “depresión” y la “desesperación” por estar “lejos de todo”. Sin escapatoria en la isla, a una distancia “imposible de vencer”.

El mismo artículo te dice que sí:

Después de la Segunda Guerra Mundial, por Australia empezó a extenderse el lema “repoblar o perecer”. Pero no valían todos los colores de piel. Ni el de los nativos, ni el de los vecinos de Oriente, que por otra parte eran vistos como una amenaza que presionaba desde territorios superpoblados.

Así que si potenciaron la llegada de españoles, es que sí.
 
Que un país en vías de desarrollo organice movimientos migratorios a otro país rico no es de lo peor que he visto hacer a los estados. Sin ser lo ideal (¿y qué lo es, en la práctica?), le da mil vueltas a lo que tenemos ahora. La prueba es que pocas volvieron, pese al sesgo de la autora. 3000 pesetas era el sueldo de un mes en España, menos en Australia. Y normal que paguen el billete subvencionado si uno se arrepiente al poco tiempo, y sentir morriña si uno está lejos aunque prefiera quedarse.

Igual me ha sacado unas risas el hilo, al recordarme a la famosa conversación entre Mao y Kissinger recogida en la web Historical Documents - Office of the Historian. No me creo a los gobiernos, pero el supuesto diálogo me saca unas risas como algo como esta noticia me lo recuerda:

Mao: El comercio entre nuestros dos países es muy penoso. Está aumentando gradualmente. Usted sabe que China es un país muy pobre. No tenemos mucho. Lo que tenemos en exceso son mujeres. (Risa)

Dr. Kissinger: No hay cuotas ni aranceles para estas.

Mao: Pues si las quieren, podemos darles unas pocas de esas, algunas decenas de miles (risa)

Primer Ministro Chou: Por supuesto, de forma voluntaria.

Mao: Dejemos que vayan a vuestro lugar. Ellas crearán desastres. De esa forma aliviaríais nuestras cargas (risa).

Hoy leí a uno que el Régimen Chino es "franquismo pero con pandas", y aunque Franco fue más hábil para exportar mujeres, lo fue menos para garantizar su continuidad, y así estamos. La presa de las 3 Gargantas estaría en la Sagra, y seguiríamos exportando bigos, entre otras cosas.
 
¿Creéis que estos españoles eran considerados "blancos" en Australia?

Ya os adelanto yo que no.

Plan Marta: la odisea de las 815 chicas que envió la España franquista para inocular vida en Australia

“El verdadero engaño estuvo en la imposibilidad de pagarse el billete de vuelta”, concluye Natalia Ortiz, investigadora de estas expediciones

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Grupo de 'martas' en junio de 1961, antes de partir rumbo a Melbourne.

Silvia R. Pontevedra
Santiago - 03 ago 2025

Iban a la aventura, con un contrato de dos años como trabajadoras domésticas. Y después, pasado ese tiempo, eran libres de regresar. Pero no pudieron volver de Australia durante décadas. Primero, porque el billete de vuelta les costaba lo que ganaban en años de trabajo. Segundo, porque la soledad era tan inmensa para ellas que muchas enseguida aceptaron, con mayor o menor convicción y fortuna, la propuesta de matrimonio de hombres que habían llegado unos años antes. En Sídney, en Melbourne, en Adelaida, en Brisbane, ellas acabaron asentándose, implicándose socialmente, formando familias y fundando sus propios lugares de encuentro para combatir la nostalgia y el desarraigo. Llegaron a inaugurarse enormes clubes españoles en varias ciudades, y hasta frontones de bowling vasca y gure txokos, y más tarde centros gallegos, y hubo fiestas con paella y sangría, y torneos de fútbol y hasta romerías del Rocío en plena Oceanía. Durante seis décadas, las españolas se han seguido citando los sábados en el Centennial Park de Sídney.


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Inauguración del frontón del Gure Txoko en Sídney (1967), en una foto conservada por la familia de María Begoña Zubiaur y Francisco Javier Montero, que trabajó en la construcción de la Opera House.

Todo empezó a principios de los 60 y podría inspirar una larga serie televisiva. Eran chicas reclutadas en pueblos de Euskadi, Navarra, Asturias, Cantabria, Galicia, y más tarde la Meseta, por instituciones católicas del franquismo en el bautizado como Plan Marta. Empezaron a llegar allá después que los muchachos cosechados también, mayormente, en el País Vasco y Cantabria a través de la Operación Canguro (1958-1963). Ellos iban para alimentar de mano de obra buena y barata las plantaciones, especialmente de caña. Ellas eran las “martas” o “marthas”, y estaban llamadas a convertirse en perfectas empleadas domésticas, como la figura bíblica o como la clase descrita por Margaret Atwood en El cuento de la criada. Los unos y las otras inocularon vida y trabajaron en la construcción de un país que estaba, en buena parte, todavía por hacer y en grave alarma poblacional.

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Grupo de 'martas' en Madrid en 1962, preparadas para el quinto vuelo del plan ese año.

Después de la Segunda Guerra Mundial, por Australia empezó a extenderse el lema “repoblar o perecer”. Pero no valían todos los colores de piel. Ni el de los nativos, ni el de los vecinos de Oriente, que por otra parte eran vistos como una amenaza que presionaba desde territorios superpoblados. La élite blanca quería nutrirse de occidentales, preferiblemente ingleses, holandeses, americanos, alemanes, polacos. Los mediterráneos, no obstante, podían aportar una necesaria mano de obra. En las escalas que hacían, durante los tres días que llevaba el viaje, a los aviones de las martas se incorporaban italianas y griegas que “iban para casarse, o que ya habían sido casadas por poderes”, describe desde Sídney, en conversación telefónica, Natalia Ortiz Ceberio, coordinadora de Estudios Hispanos de la Universidad de Nueva Gales del Sur (UNSW). Para ella, “el verdadero engaño” de las autoridades a las españolas “estuvo en que nadie las informó de lo que costaba regresar... de lo imposible que iba a ser pagarse el billete de vuelta”, que rondaba las “3.000 pesetas”.


“Sin inmi gración, el futuro será incómodo y breve. No sobreviviremos como nación”, advertía en sus discursos el ministro para la Inmi gración, Arthur Calwell, tal y como reflejan Javier Castro y Ortiz Ceberio en el documental El avión de las novias. Al mismo tiempo, en los rotativos australianos de la época se publicitaba al español como “pueblo culto y orgulloso”. La catedrática de la UNSW es autora de diversos trabajos sobre el sentimiento de identidad de los emigrantes y sobre los viajes de las españolas, como El Plan Marta (1960-63), un libro publicado por Dykinson con edición de María Pilar Rodríguez. La investigadora empezó a rastrear historias de martas hace más de una década, después de leer en otro volumen, Operación Canguro, de Ignacio García, que había habido un vuelo de mujeres tras una primera experiencia migratoria con hombres, que viajaban en barco. Desde entonces, Ortiz Ceberio —emigrada a Australia de origen vasco y fundadora del Festival de Cine Español, que dirigió durante 15 años tanto en Australia como en Nueva Zelanda— acabó descubriendo en archivos de la Conferencia Episcopal que, en realidad, “habían sido al menos 17 vuelos”.

Desde el primer viaje, el 11 de marzo de 1960, “en tres años arribaron 815 martas", de las que la autora ha localizado y entrevistado a más de 100. Algunas firmaron sin entender el contrato. Muchas no eran capaces ni de situar en el mapa aquel país de la cara opuesta del globo. La maleta de Josefina González iba sin dirección: en la etiqueta solo puso su nombre y “Australia”, pero llegó con ella el 14 de julio de 1960. Lo cierto es que ni ella ni sus compañeras conocían su destino. A lo largo de los años fue variando el método, pero las del principio recuerdan que las llevaron a una iglesia, las pusieron en fila y empezaron a entrar las señoras australianas a elegir qué chica se llevaban para servir en casa, “como ovejas en el mercado”. Las que no se fueron con familias las llevaron a trabajar a congregaciones católicas.

Jóvenes sin casar, sanas y oficialmente católicas

La maquinaria arrancó tras una visita a España, en 1959, del cardenal primado de Australia, y en la leva se implicaron los consulados, el Instituto Español de Emigración, la Conferencia Episcopal de Migraciones y un tupido sistema sanguíneo que llegaba hasta las parroquias más remotas a través de Acción Católica y las Juventudes Obreras Cristianas. Las candidatas, primero, eran seleccionadas aquí. Tenían que ser jóvenes sin casar, sanas y oficialmente católicas. Pero unas cuantas no eran, en realidad, tan devotas como se deseaba y lo que anhelaban era liberarse de la rigidez familiar y los patrones femeninos que inculcaba el Franquismo. Algunas eran madres solteras que dejaron a sus descendientes en España con la idea de llevárselos después.

Pasaban un examen médico y un cursillo “de capacitación” en el convento de las Madres Reparadoras de Madrid en el que eran aleccionadas en el eficiente servicio doméstico, en las costumbres y horarios propios de Australia y en un inglés de supervivencia para una housekeeper: bastaba con saber que cuchara se decía spoon y fregona, mop. Lo importante era nombrar los más elementales enseres de cocina y limpieza, porque lo demás, si su vida iba a ser eminentemente doméstica, no r el contrario, habían recibido un Manual del buen forastero, mucho más completo, que podían aprender durante el mes de viaje en barco.

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Grupo de 'martas' en el colegio de las Madres Reparadoras de Madrid el 30 de septiembre de 1961.

Mari Paz Moreno cuenta en el documental que ella se apuntó, precisamente, porque “quería aprender inglés”. Era una joven con formación, trabajaba en Europa Press, y tenía ansia de mundo. Al llegar allá, descubrió que el ambiente urbano era “un cementerio” en el que, a las seis de la tarde, ya no había donde “tomar un café”. Pero a cambio, concluye, “en muchas cosas” Australia “era un país con futuro”, mientras que España, entonces, “era un país con pasado”. La historia de Australia se escribió así con los nombres, entre millares de españoles, de mujeres como Carmina Álvarez Patallo, Juli de la Rosa, Puri Paredes, Mari Cruz Vázquez, Maruja Vesuña, Irene González, Cruz Pereira, Ana María Godino, María José Ugarte, Teresa Santamaría, Leontina García, Genoveva Mateo, María Cruz del Álamo, Julia González o Begoña Zubiaur, y de hombres, como Francisco Javier Montero, Urano Mateo o Eulogio Altuna, que a sus 93 años, y ya de vuelta en Donostia, es el recuerdo vivo de los cortadores de caña.

Ortiz Ceberio explica que “las primeras no pagaron el billete” de ida. Mientras que las siguientes, tras el efecto llamada, “tenían que costear una parte”. El resto corría a cargo de las diferentes Administraciones interesadas en esas migraciones. Si se morían de pena y querían regresar antes de los dos años, las martas tenían que pagar su deuda, además del pasaje de vuelta. Pese a todo, para muchas la perspectiva en España no era mejor y cuando se acabó el convenio entre países “había cientos y cientos de mujeres” en espera, “pidiendo venir a Australia”, cuenta la investigadora.

Normalmente, las que ya estaban “se habían callado” lo mal que lo llegaron a pasar sirviendo en casas, en un país cuyo idioma desconocían. Para dar “apoyo espiritual” y ayudar a las martas con los problemas que surgieran en el trabajo, o bien cuando su ánimo flaqueaba, la Iglesia envió a tres “hermanas laicas”: Paquita Bretón, María Luisa Erro y Mari Carmen Cervera. Allí se conoce como “mal del forastero o mal de Australia”, señala la catedrática, la “depresión” y la “desesperación” por estar “lejos de todo”. Sin escapatoria en la isla, a una distancia “imposible de vencer”.

yo me quedo con esto, lo describen como si casi las hubieran obligado a punta de pistola cuando en realidad todos sabemos cómo son las españolas cuando emigran a un sitio con mayor nivel socio-económico

Seguro que a la segunda semana ya tenían en la mira dos o tres potenciales Joaquines australianos a los que papo-agarrar.

p.s la de falda blanca en cluquillas seguro que antes del segundo mes ya tenía un anglo proponiéndole matrimonio
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yo me quedo con esto, lo describen como si casi las hubieran obligado a punta de pistola cuando en realidad todos sabemos cómo son las españolas cuando emigran a un sitio con mayor nivel socio-económico

Seguro que a la segunda semana ya tenían en la mira dos o tres potenciales Joaquines australianos a los que papo-agarrar.

p.s la de falda blanca en cluquillas seguro que antes del segundo mes ya tenía un anglo proponiéndole matrimonio
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Sí, porque además tiene una pinta de listilla inconfundible... Seguro que se casó con un potentado local y ahora sus descendientes y nietos son chads australianos con pasta surfeando en Gold Coast con cochazos y yates.
 
¿Creéis que estos españoles eran considerados "blancos" en Australia?

Ya os adelanto yo que no.

Plan Marta: la odisea de las 815 chicas que envió la España franquista para inocular vida en Australia

“El verdadero engaño estuvo en la imposibilidad de pagarse el billete de vuelta”, concluye Natalia Ortiz, investigadora de estas expediciones

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Grupo de 'martas' en junio de 1961, antes de partir rumbo a Melbourne.

Silvia R. Pontevedra
Santiago - 03 ago 2025

Iban a la aventura, con un contrato de dos años como trabajadoras domésticas. Y después, pasado ese tiempo, eran libres de regresar. Pero no pudieron volver de Australia durante décadas. Primero, porque el billete de vuelta les costaba lo que ganaban en años de trabajo. Segundo, porque la soledad era tan inmensa para ellas que muchas enseguida aceptaron, con mayor o menor convicción y fortuna, la propuesta de matrimonio de hombres que habían llegado unos años antes. En Sídney, en Melbourne, en Adelaida, en Brisbane, ellas acabaron asentándose, implicándose socialmente, formando familias y fundando sus propios lugares de encuentro para combatir la nostalgia y el desarraigo. Llegaron a inaugurarse enormes clubes españoles en varias ciudades, y hasta frontones de bowling vasca y gure txokos, y más tarde centros gallegos, y hubo fiestas con paella y sangría, y torneos de fútbol y hasta romerías del Rocío en plena Oceanía. Durante seis décadas, las españolas se han seguido citando los sábados en el Centennial Park de Sídney.


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Inauguración del frontón del Gure Txoko en Sídney (1967), en una foto conservada por la familia de María Begoña Zubiaur y Francisco Javier Montero, que trabajó en la construcción de la Opera House.

Todo empezó a principios de los 60 y podría inspirar una larga serie televisiva. Eran chicas reclutadas en pueblos de Euskadi, Navarra, Asturias, Cantabria, Galicia, y más tarde la Meseta, por instituciones católicas del franquismo en el bautizado como Plan Marta. Empezaron a llegar allá después que los muchachos cosechados también, mayormente, en el País Vasco y Cantabria a través de la Operación Canguro (1958-1963). Ellos iban para alimentar de mano de obra buena y barata las plantaciones, especialmente de caña. Ellas eran las “martas” o “marthas”, y estaban llamadas a convertirse en perfectas empleadas domésticas, como la figura bíblica o como la clase descrita por Margaret Atwood en El cuento de la criada. Los unos y las otras inocularon vida y trabajaron en la construcción de un país que estaba, en buena parte, todavía por hacer y en grave alarma poblacional.

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Grupo de 'martas' en Madrid en 1962, preparadas para el quinto vuelo del plan ese año.

Después de la Segunda Guerra Mundial, por Australia empezó a extenderse el lema “repoblar o perecer”. Pero no valían todos los colores de piel. Ni el de los nativos, ni el de los vecinos de Oriente, que por otra parte eran vistos como una amenaza que presionaba desde territorios superpoblados. La élite blanca quería nutrirse de occidentales, preferiblemente ingleses, holandeses, americanos, alemanes, polacos. Los mediterráneos, no obstante, podían aportar una necesaria mano de obra. En las escalas que hacían, durante los tres días que llevaba el viaje, a los aviones de las martas se incorporaban italianas y griegas que “iban para casarse, o que ya habían sido casadas por poderes”, describe desde Sídney, en conversación telefónica, Natalia Ortiz Ceberio, coordinadora de Estudios Hispanos de la Universidad de Nueva Gales del Sur (UNSW). Para ella, “el verdadero engaño” de las autoridades a las españolas “estuvo en que nadie las informó de lo que costaba regresar... de lo imposible que iba a ser pagarse el billete de vuelta”, que rondaba las “3.000 pesetas”.


“Sin inmi gración, el futuro será incómodo y breve. No sobreviviremos como nación”, advertía en sus discursos el ministro para la Inmi gración, Arthur Calwell, tal y como reflejan Javier Castro y Ortiz Ceberio en el documental El avión de las novias. Al mismo tiempo, en los rotativos australianos de la época se publicitaba al español como “pueblo culto y orgulloso”. La catedrática de la UNSW es autora de diversos trabajos sobre el sentimiento de identidad de los emigrantes y sobre los viajes de las españolas, como El Plan Marta (1960-63), un libro publicado por Dykinson con edición de María Pilar Rodríguez. La investigadora empezó a rastrear historias de martas hace más de una década, después de leer en otro volumen, Operación Canguro, de Ignacio García, que había habido un vuelo de mujeres tras una primera experiencia migratoria con hombres, que viajaban en barco. Desde entonces, Ortiz Ceberio —emigrada a Australia de origen vasco y fundadora del Festival de Cine Español, que dirigió durante 15 años tanto en Australia como en Nueva Zelanda— acabó descubriendo en archivos de la Conferencia Episcopal que, en realidad, “habían sido al menos 17 vuelos”.

Desde el primer viaje, el 11 de marzo de 1960, “en tres años arribaron 815 martas", de las que la autora ha localizado y entrevistado a más de 100. Algunas firmaron sin entender el contrato. Muchas no eran capaces ni de situar en el mapa aquel país de la cara opuesta del globo. La maleta de Josefina González iba sin dirección: en la etiqueta solo puso su nombre y “Australia”, pero llegó con ella el 14 de julio de 1960. Lo cierto es que ni ella ni sus compañeras conocían su destino. A lo largo de los años fue variando el método, pero las del principio recuerdan que las llevaron a una iglesia, las pusieron en fila y empezaron a entrar las señoras australianas a elegir qué chica se llevaban para servir en casa, “como ovejas en el mercado”. Las que no se fueron con familias las llevaron a trabajar a congregaciones católicas.

Jóvenes sin casar, sanas y oficialmente católicas

La maquinaria arrancó tras una visita a España, en 1959, del cardenal primado de Australia, y en la leva se implicaron los consulados, el Instituto Español de Emigración, la Conferencia Episcopal de Migraciones y un tupido sistema sanguíneo que llegaba hasta las parroquias más remotas a través de Acción Católica y las Juventudes Obreras Cristianas. Las candidatas, primero, eran seleccionadas aquí. Tenían que ser jóvenes sin casar, sanas y oficialmente católicas. Pero unas cuantas no eran, en realidad, tan devotas como se deseaba y lo que anhelaban era liberarse de la rigidez familiar y los patrones femeninos que inculcaba el Franquismo. Algunas eran madres solteras que dejaron a sus descendientes en España con la idea de llevárselos después.

Pasaban un examen médico y un cursillo “de capacitación” en el convento de las Madres Reparadoras de Madrid en el que eran aleccionadas en el eficiente servicio doméstico, en las costumbres y horarios propios de Australia y en un inglés de supervivencia para una housekeeper: bastaba con saber que cuchara se decía spoon y fregona, mop. Lo importante era nombrar los más elementales enseres de cocina y limpieza, porque lo demás, si su vida iba a ser eminentemente doméstica, no r el contrario, habían recibido un Manual del buen forastero, mucho más completo, que podían aprender durante el mes de viaje en barco.

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Grupo de 'martas' en el colegio de las Madres Reparadoras de Madrid el 30 de septiembre de 1961.

Mari Paz Moreno cuenta en el documental que ella se apuntó, precisamente, porque “quería aprender inglés”. Era una joven con formación, trabajaba en Europa Press, y tenía ansia de mundo. Al llegar allá, descubrió que el ambiente urbano era “un cementerio” en el que, a las seis de la tarde, ya no había donde “tomar un café”. Pero a cambio, concluye, “en muchas cosas” Australia “era un país con futuro”, mientras que España, entonces, “era un país con pasado”. La historia de Australia se escribió así con los nombres, entre millares de españoles, de mujeres como Carmina Álvarez Patallo, Juli de la Rosa, Puri Paredes, Mari Cruz Vázquez, Maruja Vesuña, Irene González, Cruz Pereira, Ana María Godino, María José Ugarte, Teresa Santamaría, Leontina García, Genoveva Mateo, María Cruz del Álamo, Julia González o Begoña Zubiaur, y de hombres, como Francisco Javier Montero, Urano Mateo o Eulogio Altuna, que a sus 93 años, y ya de vuelta en Donostia, es el recuerdo vivo de los cortadores de caña.

Ortiz Ceberio explica que “las primeras no pagaron el billete” de ida. Mientras que las siguientes, tras el efecto llamada, “tenían que costear una parte”. El resto corría a cargo de las diferentes Administraciones interesadas en esas migraciones. Si se morían de pena y querían regresar antes de los dos años, las martas tenían que pagar su deuda, además del pasaje de vuelta. Pese a todo, para muchas la perspectiva en España no era mejor y cuando se acabó el convenio entre países “había cientos y cientos de mujeres” en espera, “pidiendo venir a Australia”, cuenta la investigadora.

Normalmente, las que ya estaban “se habían callado” lo mal que lo llegaron a pasar sirviendo en casas, en un país cuyo idioma desconocían. Para dar “apoyo espiritual” y ayudar a las martas con los problemas que surgieran en el trabajo, o bien cuando su ánimo flaqueaba, la Iglesia envió a tres “hermanas laicas”: Paquita Bretón, María Luisa Erro y Mari Carmen Cervera. Allí se conoce como “mal del forastero o mal de Australia”, señala la catedrática, la “depresión” y la “desesperación” por estar “lejos de todo”. Sin escapatoria en la isla, a una distancia “imposible de vencer”.


Un primo de mi progenitora emigró allí con su esposa por aquellas fechas. Y allí sigue, completamente integrado. Sus descendientes son indistinguibles de cualquier otro australiano y ni siquiera saben hablar español. Recuerdo de pequeño en la casa de mi abuela del pueblo un tapiz con motivos de aborígenes australianos que le trajeron una vez que se pasaron de visita por España.

Lo siento pero, una vez mas, la realidad no coincide con tus fantasías.
 
Última edición:
Un primo de mi progenitora emigró allí con su esposa por aquellas fechas. Y allí sigue, completamente integrado. Sus descendientes son indistinguibles de cualquier otro australiano y ni siquiera saben hablar español. Recuerdo de pequeño en la casa de mi abuela del pueblo un tapiz con motivos de aborígenes australianos que le trajeron una vez que se pasaron de visita por España.

Lo siento pero, una vez mas, la realidad no coincide con tus fantasías.

Pero si precisamente hablo de primera mano porque tengo familia en Australia emigrada en aquella época, y sé que sudaron sangre para integrarse.

Evidentemente, hoy en día los descendientes están plenamente integrados y casados con anglos, pero en los 60-70 vivían prácticamente en guetos y se casaban entre ellos (en el caso de mi familia, con italianos de Calabria).

Tú poco debes conocer a este primo de tu progenitora, porque si lo conocieras te habría explicado las mil y una discriminaciones en la Australia de aquella época.
 
Pero si precisamente hablo de primera mano porque tengo familia en Australia emigrada en aquella época, y sé que sudaron sangre para integrarse.

Evidentemente, hoy en día los descendientes están plenamente integrados y casados con anglos, pero en los 60-70 vivían prácticamente en guetos y se casaban entre ellos (en el caso de mi familia, con italianos de Calabria).

Tú poco debes conocer a este primo de tu progenitora, porque si lo conocieras te habría explicado las mil y una discriminaciones en la Australia de aquella época.

Pues no, el primo de mi progenitora siempre ha hablado maravillas de allí.

Debe ser porque existe, a diferencia de esos familiares tuyos.
 
Vamos, que no eran blancos.

Si esta foto la veo yo ahora y me dicen que son forasteros iraníes y me lo creo, imagínate los australianos anglos de los años 60:

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Para ellos tenía que ser un shock similar a para nosotros ver a personas del sur de la India o del Perú profundo.
Como siempre, mezclando conceptos. ¿Somos blancos? Sí. LO QUE NO SOMOS ES PROTESTANTES, SOMOS CATÓLICOS. Por eso los australianos preferían otros blancos.

Ya has aprendido algo hoy.
 
Pues no, el primo de mi progenitora siempre ha hablado maravillas de allí.

Debe ser porque existe, a diferencia de esos familiares tuyos.

Debe de ser porque nunca has conocido personalmente a ese primo de tu progenitora ni a sus descendientes, como demuestra tu misma frase en el post:

Un primo de mi progenitora emigró allí con su esposa por aquellas fechas. Y allí sigue, completamente integrado. Sus descendientes son indistinguibles de cualquier otro australiano y ni siquiera saben hablar español. Recuerdo de pequeño en la casa de mi abuela del pueblo un tapiz con motivos de aborígenes australianos que le trajeron una vez que se pasaron de visita por España.

Lo siento pero, una vez mas, la realidad no coincide con tus fantasías.

Vaya, recuerdas de pequeño un tapiz australiano en casa de tu abuela.

El problema es que yo no sólo recuerdo souvenirs, sino que he estado con ellos un montón de veces en las muchas ocasiones que han venido a Barcelona. La última vez no hace ni 4 años en el entierro de mi tía abuela (la abuela de ellos).

De hecho, en el foro los he mencionado alguna vez:

Tengo familia en Australia y cuando vienen de visita a Barcelona, se quedan flipando con la manía que tenemos aquí de ir a comer a restaurantes chinos... Allí están tan hartos de los amarillos que para ellos sería impensable ir a un puro restaurante chino... O sea, que ese paraíso austral lleno de arios rubios de ojos azules sólo existe en tu imaginación de ni-ni... Y si además Australia tiene que crecer de la manera que dices, será a costa de llenarla de aún más amarillos, porque la tasa de natalidad de los blancos está por los suelos en todos los países del mundo.
 
Debe de ser porque nunca has conocido personalmente a ese primo de tu progenitora ni a sus descendientes, como demuestra tu misma frase en el post:



Vaya, recuerdas de pequeño un tapiz australiano en casa de tu abuela.

El problema es que yo no sólo recuerdo souvenirs, sino que he estado con ellos un montón de veces en las muchas ocasiones que han venido a Barcelona. La última vez no hace ni 4 años en el entierro de mi tía abuela (la abuela de ellos).

De hecho, en el foro los he mencionado alguna vez:
Claro, tú conoces mi vida mejor que yo.

Debe de ser porque nunca has conocido personalmente a ese primo de tu progenitora ni a sus descendientes, como demuestra tu misma frase en el post:



Vaya, recuerdas de pequeño un tapiz australiano en casa de tu abuela.

El problema es que yo no sólo recuerdo souvenirs, sino que he estado con ellos un montón de veces en las muchas ocasiones que han venido a Barcelona. La última vez no hace ni 4 años en el entierro de mi tía abuela (la abuela de ellos).

De hecho, en el foro los he mencionado alguna vez:

Cuando te mires en el espejo y te preguntes por qué no tienes amigos y le das angustia a todo el mundo, recuerda que diseccionar las palabras de los demás y estirar parte de una frase para tergiversar su significado y meterte con quien te ha hablado, es parte de la razón por la que la gente tiende a evitar dirigirte la palabra a no ser que sea absolutamente necesario.

Debe de ser porque nunca has conocido personalmente a ese primo de tu progenitora ni a sus descendientes, como demuestra tu misma frase en el post:



Vaya, recuerdas de pequeño un tapiz australiano en casa de tu abuela.

El problema es que yo no sólo recuerdo souvenirs, sino que he estado con ellos un montón de veces en las muchas ocasiones que han venido a Barcelona. La última vez no hace ni 4 años en el entierro de mi tía abuela (la abuela de ellos).

De hecho, en el foro los he mencionado alguna vez:

Abres un hilo sobre la emigración española en Australia, y casualmente no te acuerdas de que tienes familiares emigrantes allí hasta que te los tienes que inventar porque alguien que tiene familia allí te ha dicho que no tienes ni idea de lo que hablas cuando dices que allí se discrimina a los españoles.

Teniendo en cuenta tu personalidad demostrada en este Foro, las hipótesis más probables son:

1) No tienes ninguna familia en Australia y te la estás inventando.

2) Tienes familia en Australia y te estás inventando que dicen que los discriminan allí.

3) Tienes familia en Australia y los discriminan, pero no por ser españoles sino porque son como tú.

Lo más gracioso de todo es que abras un hilo para reírte de los españoles y negar que seamos blancos, y acabes poniendo a tu supuesta familia como ejemplo de españoles que no son considerados blancos.
 
Claro, tú conoces mi vida mejor que yo.



Cuando te mires en el espejo y te preguntes por qué no tienes amigos y le das angustia a todo el mundo, recuerda que diseccionar las palabras de los demás y estirar parte de una frase para tergiversar su significado y meterte con quien te ha hablado, es parte de la razón por la que la gente tiende a evitar dirigirte la palabra a no ser que sea absolutamente necesario.



Abres un hilo sobre la emigración española en Australia, y casualmente no te acuerdas de que tienes familiares emigrantes allí hasta que te los tienes que inventar porque alguien que tiene familia allí te ha dicho que no tienes ni idea de lo que hablas cuando dices que allí se discrimina a los españoles.

Teniendo en cuenta tu personalidad demostrada en este Foro, las hipótesis más probables son:

1) No tienes ninguna familia en Australia y te la estás inventando.

2) Tienes familia en Australia y te estás inventando que dicen que los discriminan allí.

3) Tienes familia en Australia y los discriminan, pero no por ser españoles sino porque son como tú.

Lo más gracioso de todo es que abras un hilo para reírte de los españoles y negar que seamos blancos, y acabes poniendo a tu supuesta familia como ejemplo de españoles que no son considerados blancos.
Claro, me invento ayer que tengo familia en Australia y entonces hackeo Burbuja para que aparezca un post mío del 2019 diciendo que tengo familia en Australia.

Y ahora resulta que por poner un artículo de El País que habla de españoles en Australia tengo que estar hablando de mi vida y explicando por enésima vez lo de mi familia australiana.

Lo que pasa es que algunos construís vuestro personaje en el foro a partir del "yo sé más que tú porque un primo de mi progenitora del que sólo vi un souvenir cuando era pequeño en casa de mi abuela emigró a Australia".

Los que tenemos un poco más de mundo no necesitamos argumentar de esa forma tan ridícula.
 
Claro, me invento ayer que tengo familia en Australia y entonces hackeo Burbuja para que aparezca un post mío del 2019 diciendo que tengo familia en Australia.

Y ahora resulta que por poner un artículo de El País que habla de españoles en Australia tengo que estar hablando de mi vida y explicando por enésima vez lo de mi familia australiana.

Lo que pasa es que algunos construís vuestro personaje en el foro a partir del "yo sé más que tú porque un primo de mi progenitora del que sólo vi un souvenir cuando era pequeño en casa de mi abuela emigró a Australia".

Los que tenemos un poco más de mundo no necesitamos argumentar de esa forma tan ridícula.
Aceptando que tengas familiares en Australia y que no te lo inventaras en 2019 igual que ahora, quedan entonces dos de las tres opciones que di:
- Que te estás inventando lo que cuenta tu familia
- Que tus familiares eran tan catetos como tú y por eso les discriminaron al llegar allí, a diferencia de los míos a los que no discriminaron.

Claro, me invento ayer que tengo familia en Australia y entonces hackeo Burbuja para que aparezca un post mío del 2019 diciendo que tengo familia en Australia.

Y ahora resulta que por poner un artículo de El País que habla de españoles en Australia tengo que estar hablando de mi vida y explicando por enésima vez lo de mi familia australiana.

Lo que pasa es que algunos construís vuestro personaje en el foro a partir del "yo sé más que tú porque un primo de mi progenitora del que sólo vi un souvenir cuando era pequeño en casa de mi abuela emigró a Australia".

Los que tenemos un poco más de mundo no necesitamos argumentar de esa forma tan ridícula.

Entonces tu argumento es que:

- Yo soy un cateto que argumento de forma ridícula porque hablo sobre Australia en base a lo que me contaron mis familiares que emigraron allí.

- Tú tienes más mundo que yo y argumentas mejor que yo porque hablas sobre Australia en base a lo que te contaron tus familiares que emigraron allí.

Ya sabemos todos en el Foro que eres así, pero no hace falta que te esfuerces en demostrarlo en cada mensaje que escribes.
 
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