Pladur: no arde, pero los pisos de Valencia se quedaron sin tabiques
Uno de los materiales con los que se levantan hoy buena parte de los tabiques nuevos no es un combustible. El pladur —placas de yeso prensado con finas capas de celulosa y cartón— no prende y no alimenta una llama. Y aun así, en las viviendas del edificio siniestrado de Valencia no quedó ni una sola pared interior. A través de los ventanales se ve el esqueleto. Esa es la paradoja que ha puesto en el punto de mira a un producto que casi todo el mundo tiene en casa desde la última reforma.
El fuego, cuyo origen sigue bajo
secreto de sumario, pasó de un balcón a un edificio entero —dos bloques de diez y catorce alturas— en menos de hora y media. La fachada ventilada está en el centro de las sospechas. Pero el interior ha añadido un segundo frente: la ausencia de tabiques.
¿Por qué desaparecieron los tabiques de pladur?
Un tabique convencional de ladrillo se agrieta, se cae, deja escombros. El pladur no. Según han explicado algunos bomberos, en el interior de las viviendas se alcanzaron temperaturas que rondaron los
800 grados. A esa temperatura el acero se deforma. El yeso laminado, sencillamente, se desintegra: se calcina, pierde consistencia y desaparece sin dejar apenas rastro sólido.
De ahí la estampa casi cinematográfica de las plantas calcinadas: estructura intacta, suelos arrasados y una ausencia total de compartimentación. Conviene subrayar un extremo que parece claro:
la estructura no se ha visto afectada y no hay riesgo de derrumbe. El esqueleto aguantó. Lo que no aguantó fue todo lo demás.
¿Es combustible el pladur?
No, y esta es la parte incómoda de la polémica. Las placas de yeso laminado básicas se clasifican en la categoría
A2: no aportan material combustible al incendio. Se deshacen, pero no arden. Cualquiera que haya golpeado un tabique hueco lo sabe: dentro hay cartón, yeso y, si está bien hecho, lana mineral.
El matiz importa porque desvía el foco hacia el problema de verdad, que no es que el tabique prenda, sino que
desaparece. Y un tabique que se deshace a esas temperaturas deja de hacer su trabajo mucho antes de quemarse.
Sin tabiques no hay sectorización: la corriente de aire
Un edificio se defiende de un incendio sectorizándolo: cada vivienda, cada hueco de escalera, cada pasillo es un compartimento estanco que retrasa la propagación. Si los tabiques se evaporan, ese diseño se cae. El fuego encuentra un espacio continuo, el aire circula y cada planta se convierte en un atizador gigante. No es que el material avive la llama; es que elimina las barreras que deberían frenarla.
Aquí aparece otro dato de contexto: en las separaciones entre viviendas bien ejecutadas, como recuerda un participante en el debate, no hay solo dos placas. Hay yeso laminado, aislante,
rasilla de ladrillo y otra capa de aislante y yeso. Es decir, un muro de fábrica escondido tras el acabado moderno. Cuando ese muro existe, el comportamiento del conjunto cambia por completo.
La fachada, la lana de roca y el poliuretano
El otro frente es exterior. La lana de roca, sostienen algunos participantes, es un material mineral que se mantiene estable hasta los
1.000 grados. Si la fachada la hubiera incorporado de verdad, sostienen algunas voces técnicas, entre los restos seguiría a la vista. No lo está. Ahí hay algo más, y la sospecha apunta a espumas proyectadas y aplacados de comportamiento muy distinto.
Una prueba difundida por un diario, en la que un fragmento de placa recuperado del edificio prende con relativa facilidad, alimentó esa línea. También la perplejidad de la administradora, que recuerda que en el inmueble
toda la energía provenía de la electricidad: no había gas.
¿Quién responde ahora?
La administradora del edificio, Loradmi, ha anunciado que estudia demandar a la constructora y a cuantos tuvieran responsabilidad en la
construcción o en la inspección. Los libros técnicos del inmueble declaraban materiales «totalmente ignífugos». La promotora, sin embargo, quebró hace años, lo que complica cualquier reclamación patrimonial.
El detalle tiene miga en un parque de viviendas levantado, señalan algunas voces, en buena parte entre 2005 y 2008 —los años previos al código técnico, con medio país en obras y precios de venta presentados como
alto standing—. Un piso vendido como lujo y tabicado con placas rápidas no es ninguna rareza estadística.
Al margen de la vía judicial, la pregunta que recorre a los propietarios es otra: qué cubre el seguro de la comunidad, qué cubre el de contenido y quién sigue pagando la hipoteca de un piso inhabitable.
¿Cuántos edificios en pie, con su hipoteca intacta y su certificado de calidades impecable, comparten exactamente esa combinación?