Krugman se despide y avisa del desgaste democrático
Paul Krugman firma su última columna en «The New York Times» con un diagnóstico incómodo: en algún momento el público descubrirá que la mayoría de los políticos que despotrican contra las élites son, en realidad, élites en todos los sentidos importantes. Cuando eso ocurra, empezará a pedirles cuentas por las promesas incumplidas y estará dispuesto a escuchar a quien no argumente desde la autoridad, no haga falsas promesas y se limite a decir la verdad lo mejor que pueda. La tesis no es nueva. Lo llamativo es quién la firma.
El economista que inspiró buena parte del consenso intervencionista de las últimas dos décadas se retira del diario neoyorquino anticipando un desgaste global de las democracias occidentales. Y lo hace en un tono que, leído desde España, suena a conversión tardía: el mismo establishment que él ayudó a construir aparece ahora como el problema.
Quién es Krugman y por qué su adiós importa
Krugman no es un columnista cualquiera. Es el economista que ganó el Nobel y que durante años marcó la línea editorial de buena parte de la prensa económica occidental. Su salida del «New York Times» coincide con un cambio de ciclo: el relato que él defendía empieza a ser cuestionado desde dentro.
La reacción en los foros económicos españoles ha sido feroz. Una parte del público le acusa de haber sido parte activa del problema que ahora denuncia. Otra, más minoritaria, reconoce que el diagnóstico es acertado aunque llegue veinte años tarde. El consenso, si existe, es que nadie le cree del todo.
La tesis: las élites que se disfrazan de pueblo
El argumento central del artículo de despedida es sencillo: los políticos que se presentan como azote de las élites suelen pertenecer a ellas. No es una denuncia de la derecha contra la izquierda ni al revés. Es una descripción del sistema. Cuando el votante medio lo entienda, dice Krugman, pedirá cuentas y buscará voces que no le mientan.
Hay quien sostiene que esa predicción ya se ha cumplido en varios países y que el resultado no ha sido una democracia más sana, sino todo lo contrario. El cálculo más optimista asume que el electorado premia la honestidad; el escenario pesimista parte de que premia al que grita más fuerte.
El desgaste democrático que ya se discute en España
El artículo de Krugman ha servido de catalizador para un debate más amplio: el de la calidad de las democracias occidentales. En los foros económicos españoles se mezclan argumentos de todo tipo. Unos apuntan a la separación de poderes como esencia del sistema; otros directamente cuestionan el sufragio universal tal y como está planteado.
La discusión derivó pronto hacia propuestas de ponderación del voto, sistemas electorales alternativos y desconfianza en los procesos electorales. No es un debate nuevo, pero sí uno que cada vez más gente se toma en serio fuera del ámbito académico.
Lo que nadie discute: la desafección
Más allá de las etiquetas ideológicas, hay un punto en el que coinciden casi todas las posturas: la desafección hacia las instituciones representativas crece. Da igual el país, el color político o el nivel de renta. La percepción de que votar no cambia nada se ha instalado.
Krugman, que durante años fue uno de los defensores más visibles del orden económico y político vigente, termina su carrera periodística reconociendo que ese orden tiene grietas. No dice cómo repararlas. Solo avisa de que el público, tarde o temprano, se dará cuenta.
La pregunta que queda flotando no es si tenía razón. Es por qué hizo falta que se jubilara para decirlo.