Augusto: 2.012 años de la muerte del primer emperador de Roma
¿Cómo pudo un hombre bajo, rubio, friolero y enfermizo convertirse en el fundador del imperio más estable de Occidente? Hoy se cumplen 2.012 años de la muerte de Augusto, fallecido el 19 de agosto del año 14 d. C. tras gobernar entre el 27 a. C. y el 14 d. C. Aparentemente era el candidato menos indicado, y aun así enterró medio siglo de guerras civiles.
El personaje no encaja con su leyenda. Se identificaba con Capricornio y lo acuñó en monedas como talismán; en privado se abrigaba con varias capas de lana. Pero ese sobrino nieto e hijo adoptivo de Julio César ganó cada pulso por el poder y diseñó un régimen que sobrevivió siglos. Las lecturas del resultado no se ponen de acuerdo: unos destacan el fin de las guerras civiles, otros recuerdan que la república democrática murió en el proceso.
El capítulo hispano sigue siendo el más espinoso. La campaña contra cántabros y astures fue larga, sucia, cara y de escaso botín. Los defensores sostienen que proteger el sur de Hispania exigía cerrar esa vía, igual que el Rin servía de freno a los germanos; los críticos habrían preferido la conquista de Britania, más rentable en gloria y propaganda. Dos mil años después, la historia parece dar la razón a los primeros: el imperio duró.
Augusto murió, como cualquier mortal, sin llevarse el cargo. Lo peculiar es que dos milenios después el sistema que edificó siga siendo referente de estabilidad; por mucho que sus fundadores, los republicanos, pasaran a peor parte. Ahí queda la paradoja.