Pagar a plazos hasta el café: la moda que llega a España
En un supermercado de Medellín, la cajera pregunta en cuántas cuotas se quiere pagar la compra. Diez euros. Lo cuenta alguien que vivió allí seis meses y añade que, cuando respondes que vas a pagar todo de golpe, las cajeras se quedan sorprendidas. Esa escena, impensable hace no tanto en España, es la que sobrevuela una idea que gana terreno: el pago a plazos ha dejado de ser el recurso para un electrodoméstico o un coche y se ha colado en el café, la hamburguesa y la cesta del súper. La llamada
moda americana del «compre ahora, pague después» aterriza en un país donde, según un dato que circula en el foro, seis de cada diez ciudadanos ya financian sus compras y luego tienen problemas económicos.
Qué es una tarjeta revolving y por qué se dispara la deuda
La tarjeta
revolving es el instrumento que está detrás de buena parte de este fenómeno. Todas las compras o disposiciones de efectivo quedan aplazadas de forma automática y el usuario las paga en cómodos plazos. El problema no es el aplazamiento en sí, sino lo que se acumula encima: intereses sobre la deuda viva que convierten una compra pequeña en una bola de nieve que crece mes a mes. Cuando el titular se da cuenta, debe miles de euros.
El negocio no es nuevo. Durante años, cada pausa publicitaria televisiva incluía varios anuncios de créditos rápidos de financieras de consumo. Aquel modelo dejó una generación de deudores que hoy ronda los cuarenta y cincuenta años, según la observación de un participante del debate. La novedad es la escala y la naturalización: lo que antes era una decisión consciente ahora viene activado por defecto.
Klarna y el pago fraccionado sin intereses: dónde está el negocio
Conviene separar dos cosas que se mezclan en la conversación. Una es la revolving, con intereses. Otra es el
Buy Now Pay Later de plataformas tipo Klarna, que no es más que la vieja opción de pagar a plazos sin intereses que ofrecía la tarjeta de unos grandes almacenes. ¿Dónde está el negocio si no hay intereses? Según un participante del debate, en que el vendedor cede parte de su margen a cambio de cerrar la venta: prefiere perder un cinco por ciento que quedarse sin el cincuenta por ciento de beneficio que le deja la operación.
Ese detalle explica por qué el sistema se expande con tanta facilidad. No hace falta que el comprador se endeude con intereses para que la maquinaria gane dinero. Basta con que compre. Y el comprador, mientras tanto, interioriza que aplazar es lo normal.
¿Por qué se financia el café y no solo el coche?
La respuesta corta es que el crédito al consumo se ha vuelto invisible. La respuesta larga tiene que ver con el coste de la vida y con una cultura del consumo que empuja a no renunciar a nada. Hay quien sostiene que financiar un gasto puntual a un cero por ciento puede incluso ayudar a estabilizar las cuentas del mes; el problema, admiten, es no saber lo que se lleva gastado y acabar pagando un tipo elevado sin enterarse.
En el extremo opuesto, la sentencia es tajante: si alguien tiene que pagar las hamburguesas o el café a plazos, hay algo en su vida que está haciendo rematadamente mal. Entre ambos polos, una observación incómoda: hay quien sostiene que el español medio es un ser acomplejado en lo social que necesita generar envidia o, como mínimo, estar a la altura del grupo, y muchos círculos de amistad implican esquiar, cruceros y cenas caras. El crédito es la forma de no quedarse fuera.
La argentinización del consumo: cuotas para una tostadora
El fenómeno tiene precedentes claros al otro lado del Atlántico. En países con inflación crónica, financiar una tostadora o un taladro de gama baja es rutina. La causa de fondo, apuntan algunos análisis, es el precio de la vivienda: con los precios disparados, quien no tiene casa pagada o una hipoteca razonable queda expuesto a financiar hasta lo básico. España, se argumenta, camina hacia ese escenario.
La consecuencia tiene un nombre feo:
latinoamericanización del poder adquisitivo. No es solo que la gente compre a plazos; es que el salario deja de cubrir el nivel de vida que la publicidad y el entorno siguen dando por normal. Y ahí entra en juego el efecto redistributivo silencioso: según un participante del debate, cuando muchos se endeudan, la inflación acaba socializando el coste y quienes no tienen deudas financian, sin querer, el consumo de los demás.
El turismo de crédito y la letra pequeña de la vivienda
El verano deja la estampa recurrente: préstamos de financieras o de la propia agencia de viajes para pagar las vacaciones. Con hijos, además, llega septiembre con libros y material a cientos de euros por cabeza, y la tentación de otro crédito. La crítica es dura: se vive por encima de las posibilidades y luego se culpa al banco por reclamar su dinero. Los casos de condonación de deuda al amparo de la segunda oportunidad generan rechazo en una parte del público, que ve en ellos un premio a la imprudencia.
En el horizonte, otro factor: la herencia. Muchos cuentan con recibir un piso, pero entre impuestos y precios puede que lo heredado no baste para conservarlo. La deuda, mientras, sigue siendo buena para quien la vende.
El dato que descoloca
Según un dato que circula en el foro, seis de cada diez españoles financian sus compras y luego tienen problemas económicos. La cifra no mide la pobreza: mide la normalización. Y mientras el pago a plazos se vuelve invisible, la pregunta que queda flotando no es si se puede pagar, sino cuánto de lo que hoy parece normal se está comprando en realidad con dinero que aún no existe.