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Será en Octubre
Pablo Fernández durante una rueda…
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Pablo Fernández, secretario de Organización de Podemos y aspirante a la Alcaldía de Madrid, vive desde hace aproximadamente un año en un complejo residencial de lujo en Madrid Río. La vivienda, con tres habitaciones y terraza techada, no es suya: pertenece a su pareja y su valor actual supera el millón de euros.
Pablo Fernández tiene 50 años, el pelo largo —sin coleta, eso sí— y un cargo que suena a mucho: secretario de Organización de Podemos. También es el hombre que quiere ser candidato de su partido a la Alcaldía de Madrid. En su discurso, la vivienda es un problema central. La dificultad de acceso, los pisos turísticos, los precios. Todo eso que en Madrid, dice él, convierte la ciudad en "prácticamente invivible si no eres rico".
Vive en Madrid Río. No en un piso modesto. En un complejo residencial de lujo, con piscina, gimnasio, otra piscina en la azotea y una gastroteca. Tres habitaciones, terraza techada. El valor actual de la vivienda supera el millón de euros. Si se compró sobre plano, pudo costar entre 750.000 y 800.000 euros. No es suya. La propietaria es su novia. Él llegó a esa casa por amor, según su entorno. Lleva allí aproximadamente un año.
La biografía de Fernández tiene un capítulo que sus adversarios no dejan pasar: regentó un quiosco en León durante más de cinco años. Antes había estudiado Derecho en la Universidad Complutense de Madrid, trabajado en un despacho de abogados y preparado durante un tiempo las oposiciones a inspector de Trabajo. Las abandonó. Volvió a León, se hizo autónomo y vendió periódicos. "¿Pablo Fernández? Ah, sí, el del quiosco, el que se metió en Podemos", decían por su barrio.
Entró en el partido en 2014, con 37 años. Cuatro meses después de la fundación de Podemos ya figuraba en la candidatura para las europeas y repetía eso de la casta política. En 2015 fue elegido secretario general de Podemos en Castilla y León y candidato a la Junta. Cinco años en el quiosco, una década en política. La vida le cambió, reconocía: "He pasado de vivir tranquilo, sin mucho sobresalto, a estar 24 horas al día dedicado a Podemos".
Ahora su vida pasa por platós de televisión. Aparece cada semana en "En boca de todos", con Nacho Abad, y es fácil verle en "Todo es mentira", con Risto Mejide. Va, dice, "para que se escuche la voz de la izquierda" y "desmentir bulos". Tiene una línea roja: nunca iría a Horizonte. Lo llamó "la tertulia facha por excelencia". También tiene una línea roja en lo personal. Cuida su privacidad. No hay rastro de su familia en redes sociales. Sólo sube vídeos de sus intervenciones como tertuliano.
En 2018, cuando el chalet de Pablo Iglesias e Irene Montero en Galapagar se convirtió en el centro de todas las críticas, Fernández salió en su defensa. Trazó entonces una distinción que ahora resuena con más fuerza: "No es lo mismo una contradicción que una incoherencia". La incoherencia, decía, exige "una constante, algo permanente y reiterado en el comportamiento". La contradicción es puntual, casi accidental. La incoherencia es un patrón.
La discusión sobre el patrimonio de los cargos públicos no es nueva en España. Tampoco lo es la incomodidad que genera cuando quien denuncia los precios de la vivienda vive en una casa que muchos no podrían pagar. El debate tiene capas. Una cosa es ser propietario y otra residir en una vivienda cuya titularidad corresponde a la pareja. Una cosa es el patrimonio personal y otra el uso que se hace de él. La política, decía un viejo tópico, es el arte de gestionar esas contradicciones sin que te exploten en la cara.
En el entorno de Fernández, según trasciende, hay miedo a que se repita lo de Galapagar. Prefieren que no se sepa dónde descansa. Saben que en Madrid Río las urbanizaciones se parecen entre ellas, que pueden confundirse. En las promociones de obra nueva del entorno, el metro cuadrado ronda o supera los 8.000 euros. El barrio es nuevo. Parques verdes, líneas rectas, una urbanización por estrenar. "Lleva moño. Baja a la piscina, va al gimnasio", comenta una vecina. "Por las mañanas suele recogerle un taxi en la puerta". Una persona normal, dice. El problema es que lo normal en Madrid Río cuesta un millón.
Fernández quiere ser alcalde de Madrid. Se ha presentado a las primarias de Podemos. Quiere combatir la dificultad de acceso a la vivienda, los pisos turísticos y la suciedad. Es su bandera. Y es también su espejo. Porque cada vez que habla de Madrid como una ciudad "prácticamente invivible si no eres rico", alguien puede mirar hacia su urbanización y preguntarse qué significa exactamente eso.
No hay una respuesta sencilla. La vivienda no es sólo un activo financiero. Es un lugar donde se vive, donde se cría un hijo, donde se envejece. Fernández lo dijo con cierta retórica romántica: "Mi pareja es de Madrid y esta es la ciudad en la que quiero envejecer". La frase es bonita. También es cara. Envejecer en Madrid Río no está al alcance de cualquier quiosquero. Ni de cualquier abogado. Ni de cualquier inspector de Trabajo que hubiera aprobado la oposición.
Lo interesante del caso no es si Fernández es rico o pobre. Es si la distancia entre su discurso y su dirección postal invalida el discurso. La respuesta corta es no. La respuesta larga es que la política representativa siempre ha tenido este problema: quien habla de los problemas de la gente suele vivir en condiciones que la gente no tiene. La pregunta pertinente es si eso le convierte en hipócrita o simplemente en un político con una hipoteca ajena. En España, la conversación sobre el patrimonio de los representantes públicos tiene una tradición larga y ruidosa. Desde los tiempos de la Transición, cada generación ha encontrado su propio Galapagar.
Fernández tiene 50 años, pelo largo, un cargo en Podemos y una casa en Madrid Río que no es suya. Su pareja es la propietaria. El valor supera el millón. Él llegó por amor. Podemos llamarlo contradicción. O incoherencia. Depende de cuántas veces se repita. Y de si alguien, desde la barra de un bar, se lo recuerda cada mañana.
Pablo Fernández durante una rueda…