Trump, los chemtrails y el clima: cuando el relato se cae
Hay una tesis circulando que sostiene que desde que Trump volvió al poder han regresado las nieves, la lluvia y el frío a España, Europa y Estados Unidos. La explicación que se da no es meteorológica: sería que el nuevo inquilino de la Casa Blanca ha cortado la financiación a los supuestos métodos de manipulación climática —chemtrails, fumigaciones, HAARP o lo que sea— y el clima habría vuelto a ser el de siempre. Una victoria para los amantes de la libertad, se dice, con Kennedy Jr. prometiendo acabar con las estelas químicas.
El problema es que la evidencia no acompaña. La geoingeniería existe, sí, y está regulada: el artículo 3 del Texto Refundido de la Ley de Aguas establece que la fase atmosférica del ciclo hidrológico solo podrá ser modificada artificialmente por la Administración del Estado o por aquellos a quienes esta autorice, y toda actuación pública o privada tendente a modificar el régimen de lluvias debe ser aprobada previamente por el Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo a propuesta del Organismo de cuenca. Es decir, la siembra de nubes es una actividad reconocida y reglada desde hace décadas, no un secreto que Trump haya desactivado.
¿Por qué se dice que han vuelto las nieves y la lluvia con Trump?
La afirmación parte de una premisa difícil de sostener: que antes de Trump no llovía ni nevaba. Los registros históricos de riadas en la zona mediterránea se remontan siglos, y las lluvias torrenciales en la Comunidad Valenciana están documentadas desde hace mucho antes de que existiera la expresión «cambio climático». Atribuir a un cambio de inquilino en la Casa Blanca la vuelta de las precipitaciones es, como mínimo, osado.
Hay quien sostiene que lo que ha cambiado no es el clima, sino la percepción y la financiación. Se argumenta que desde que no hay subvenciones para ciertos programas, se presta más atención a lo que antes se ignoraba. Otros apuntan que el invierno está siendo raro, con episodios de frío y nieve que no encajan con el relato del calentamiento global. La discusión, en cualquier caso, mezcla datos meteorológicos con sospechas sobre intenciones políticas.
La geoingeniería existe y está regulada: qué dice la ley
El marco legal español es claro. La modificación artificial de la fase atmosférica del ciclo hidrológico requiere autorización expresa del Estado. No es una práctica clandestina: está en el BOE. Quien quiera modificar el régimen de lluvias debe presentar un proyecto y obtener el visto bueno del Ministerio correspondiente. Esto no significa que exista un programa secreto de control climático global, pero sí desmonta la idea de que todo es un invento sin base normativa.
La confusión entre geoingeniería autorizada y chemtrails conspirativos es el núcleo del malentendido. Una cosa es que se siembren nubes para provocar lluvia en una comarca concreta, y otra muy distinta que se fumigue a la población con estelas químicas desde aviones comerciales. La primera está regulada; la segunda no tiene ninguna evidencia científica que la respalde.
El clima siempre ha cambiado: el debate sobre la causa humana
Que el clima cambia es un hecho. Lleva cambiando millones de años. La discusión empieza cuando se atribuye ese cambio a la actividad humana. Hay quien sostiene que la evidencia científica es abrumadora y que el 99% de los estudios lo corroboran. Otros responden que ese porcentaje se refiere a estudios subvencionados, que los contrarios no se financian y que los científicos que osan discrepar son silenciados o apartados.
El argumento de la censura científica es recurrente. Se dice que la cultura de la cancelación ha llegado a los laboratorios y que quien cuestiona el consenso oficial acaba en el paro. Frente a esto, se responde que la ciencia no funciona por consenso, sino por evidencia, y que la evidencia disponible apunta en una dirección clara. El debate, en cualquier caso, está lejos de cerrarse.
¿Qué pasa con los impuestos y las medidas climáticas?
Una de las críticas más repetidas es que el objetivo real de las políticas climáticas no es salvar el planeta, sino recaudar y controlar. Se argumenta que las medidas verdes encarecen la vida de los ciudadanos mientras los ricos siguen volando, comiendo carne y calentando sus casas sin problemas. La huella de carbono, se dice, tiene en cuenta el consumo de carne, los viajes y hasta las ventosidades, pero solo para justificar nuevos impuestos.
La idea de que el ecologismo es una excusa para implementar sistemas de control social dictatoriales es una corriente de opinión extendida en ciertos círculos. Se cita el ejemplo de las «ciudades de 15 minutos» como modelo de restricción de la movilidad. Frente a esto, se responde que la transición energética es necesaria y que los impuestos verdes buscan corregir externalidades, no controlar a la población.
La sequía, la DANA y el uso político de la tragedia
El debate se tensa cuando se menciona la DANA de Valencia. Hay quien acusa de usar la tragedia para justificar mentiras, recordando que las riadas brutales en esa zona se conocen desde hace siglos y están documentadas en archivos históricos. La polémica sobre las ranitas protegidas que fueron arrastradas por la riada y convertidas en compost es un ejemplo de cómo se mezclan cuestiones ambientales con críticas a la gestión política.
La discusión sobre si el cambio climático provocó la DANA o si fue un episodio meteorológico extremo más de los que han ocurrido siempre sigue abierta. Lo que está claro es que la politización del clima ha convertido cualquier fenómeno atmosférico en un campo de batalla ideológico.
El terraplanismo y el descrédito de la duda
Uno de los efectos secundarios de este debate es la aparición de posturas que cuestionan incluso la esfericidad de la Tierra. Hay quien dice que lo de la esfera no le convence y que el teodolito es un efecto óptico. Frente a esto, se responde que si la Tierra fuera plana, los topógrafos no podrían construir puentes colgantes, los pilotos no podrían calcular el combustible y el GPS no funcionaría.
La asociación entre dudar del cambio climático y dudar de la forma de la Tierra es un arma de doble filo. Por un lado, ridiculiza cualquier escepticismo. Por otro, quienes defienden la duda legítima se quejan de que se les mete en el mismo saco que a los terraplanistas para desacreditarles. La pregunta es si esa asociación es justa o es una estrategia para cerrar el debate.
Con estos mimbres, el clima se ha convertido en el campo de batalla donde se dirimen todas las demás guerras: la fiscal, la energética, la cultural. Si Trump ha parado la financiación de algo, no ha sido de la lluvia. ¿O alguien cree de verdad que el clima obedece a un decreto presidencial?