La herencia masiva que silencia el miedo a la inmigración
Afirmación tajante: la inmigración no va a arrebatar la vivienda al español medio; se la va a dejar en herencia. El argumento demográfico es tan simple que se pasa por alto: la baja natalidad y la muerte de la generación langosta concentran en un solo hijo (o dos) todo el patrimonio familiar. Piso propio, chalet, casa en la playa. Con ese activo, el nacional parte con una ventaja enorme frente a cualquier recién llegado.
La letra pequeña: no hay consenso. Hay quien distingue entre inmigración legal e ilegal descontrolada; la primera construyó naciones y la segunda, se sostiene, llega sin responder a las necesidades del mercado y acaba tensionando la convivencia. En medio, un dato incómodo: en un barrio periférico, los pisos de 50 metros cuadrados han pasado de 60.000 a 120.000 euros en dos años, con exceso de demanda y compradores extranjeros llevándose lo que sale en una semana. ¿Presión migratoria o escasez crónica de oferta? La cuestión no se resuelve con eslóganes.
La comparación con Estados Unidos tampoco cierra: allí el crecimiento se apoyó en oleadas migratorias; aquí se responde que el país ya estaba edificado. La predicción, con reservas: si el relevo generacional se gestiona bien, los herederos pueden consolidarse como pequeña burguesía; si se gestiona mal, el relato cambiará de inmigración beneficiosa a país sin herederos y sin rumbo.