Pescaderos en extinción: el relevo que no llega
¿Por qué ningún joven quiere meterse a pescadero? La respuesta es un cóctel de horarios inhumanos, sueldos de risa y un mercado que se ha vuelto de élite. Mientras el precio del pescado se dispara –subidas del 30% al 50% interanual en algunas especies, y hasta un 45% más si lo compras en bandeja–, los mostradores se vacían de profesionales.
Horarios que ahuyentan
Trabajar en una pescadería es casi una condena: jornadas partidas que se alargan hasta las 9 de la noche, fines de semanas enteros perdidos y un sueldo que rara vez llega a los 2.000 euros. Con ese panorama, no sorprende que los jóvenes prefieran cualquier otra cosa. Como se dice en el gremio, «nadie quiere trabajar en horario comercial con fines de semana incluidos por un sueldo bajo». Y si hay opciones, se van.
El pescado se vuelve gourmet
La consecuencia es previsible: el pescado entero y de calidad se refugia en cuatro barrios premium a precio de oro, mientras el resto se conforma con bandejitas de supermercado –lubina fileteada, salmón «radiactivo», merluza con anisakis congelada–. Las familias son pequeñas, de tres miembros como mucho, y con menos presupuesto. La pieza grande ya no tiene cabida en la cesta media.
Un relevo que no llega
Algunos apuntan a una solución: pescaderías que abren solo tres horas o fines de semana, vendiendo a restauradores con márgenes mucho más altos. Pero eso no resuelve el relevo generacional. El oficio de pescadero, como otros muchos en la España vaciada de vocaciones manuales, está en peligro de extinción. Y por ahora, nadie parece dispuesto a heredarlo. Ironías del mercado: cuando el pescado nunca fue tan caro, cada vez hay menos manos para venderlo.
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