Spray, bastón y móvil en mano: el manual contra perros sueltos
El protocolo es tajante: spray en el bolsillo, la mano entrenada para sacarlo y el móvil listo para grabar. El resto es discutir si eso sirve para algo o si solo complica la vida de quien pasea. Porque el fondo del asunto no es el perro, es el dueño que lo lleva suelto. Y ahí, en la frontera entre la autodefensa y la temeridad, se rompe cualquier consenso.
Qué incluye el protocolo antiperros que circula por el monte
La receta que más se repite empieza por el bolsillo: un
spray Red Saber nivel 3, el más potente autorizado, con un alcance de hasta cinco metros, y la mano entrenada para sacarlo con la cara correcta. Si un perro invade esa zona de seguridad, se rocía y se ahuyenta. Después, según este manual, toca grabar, avisar de que se llama a la policía y reclamar la multa por llevarlo suelto: unos
300 euros, en la cifra que maneja quien defiende el método.
El segundo pilar es un perro propio de tamaño mediano o grande que avise cuando algo se acerca. El tercero, la constancia documental: el vídeo subido a la nube antes de que nadie lo estampe. Suena ordenado sobre el papel. En la práctica, explica el manual, es cuestión de segundos y de no perder la calma. Justo las dos cosas que escasean cuando un animal te viene de frente.
¿Funcionan los sprays de defensa contra un perro suelto?
Aquí el consenso se agrieta. Hay quien sostiene que los aerosoles de pimienta
no son tan eficaces con los perros como con las personas, y que a un animal grande solo lo cabrean. La objeción contraria es que el olfato canino es mucho más sensible que el humano, de modo que el mismo gas le afecta más, no menos. Ninguna de las dos partes aporta medición alguna. Lo que sí aparece es la letanía de que un perro decidido aguanta el escozor y sigue agarrando.
De ahí que la discusión derive hacia otros cacharros: la bocina de gas para los tramos con muchos perros, el bastón con punta y los ahuyentadores de ultrasonidos. Sobre estos últimos, el relato es desigual. Un paseante asegura que a dos metros no se acerca ningún animal que no esté sordo y que los perros le reconocen y huyen al siguiente encuentro. Otro probó uno de esos aparatos en la ciudad, al paso de un perro suelto, y no notó efecto ninguno.
El mordisco de mastín que cambió el método de un paseante
El argumento que desarma cualquier broma es un tobillo. Un paseante relata que un mastín grande le mordió y que solo se libró de perder tendones porque el animal no giró la cabeza: la herida fue limpia. A partir de ahí empezó a salir al campo con un ahuyentador de ultrasonidos, del que él mismo duda. La secuencia es la habitual: primero el miedo, luego el cacharro, y al final la pregunta de si el cacharro vale para algo.
En el otro extremo está quien responde con las manos. Un relato describe cómo un perro de cara achatada y gran tamaño amagó con saltarle encima al abrirse el ascensor, y cómo el vecino, un hombre de
120 kilos y aficionado a los deportes de contacto, le propinó un directo en el hocico. El perro se fue llorando, el dueño pidió perdón tres veces y nunca más lo vio suelto. Es una anécdota, no un método. Y funciona solo para quien mide lo que mide.
¿Es legal llevar spray, bastón o cuchillo en el monte?
La pregunta no tiene respuesta tranquilizadora. Una parte advierte de que cargar con ciertos instrumentos es ilegal y denunciable, y que resulta mucho más probable acabar multado por lo que llevas encima que por el perro que se te acercó. El matiz de
invadir la zona de seguridad es lo que más se le discute al protocolo: si eso incluye que el animal solo pase cerca o te huela, el listón está puesto donde a nadie le apetece estar.
En el lado opuesto, hay quien sale al campo con cuchillo de monte, bastón, navaja y hasta escopeta, y defiende que el arma de fuego disuade de todo, incluidos jabalíes y ladrones. Otros se quedan en el cayado o la makila: pega, mantiene distancia y sirve igual contra la fiera y contra su dueño si se tercia. Todo esto, conviene recordarlo, son intenciones declaradas en una conversación. Ninguna viene acompañada de una hoja de servicios en forma de denuncia real.
Ladridos, seguros y dueños: el frente que no se resuelve con spray
El ruido es el otro campo de batalla. Quien convive con perros ajenos sueltos habla de ansiedad, de medicación y de una frase que se repite:
es lo que hay. A eso se suma el enfado con los seguros de responsabilidad civil de los dueños, que cubrirían el daño económico mientras la responsabilidad penal del propietario queda, según esta queja, en casi nada.
Frente a ese malestar, el vínculo emocional con los animales aparece formulado sin ambigüedad: hay quien describe a su perro como el único apoyo en los malos momentos, el que viene cuando se llora y el que decide cuándo se sale a la calle. Es la razón de fondo por la que el conflicto no se desactiva con una correa. Nadie discute el cariño. Se discute el espacio compartido.
Con la norma en la mano y los tribunales a años luz del sendero, lo previsible es que el spray siga vendiéndose, el bastón siga colgando del cinturón y las multas sigan sin llegar. Previsible, que no seguro. Porque basta un animal de sesenta kilos y medio segundo de descuido para que todo el protocolo se quede en un vídeo que ya nadie necesita subir a la nube.