Donar dinero sí, comida y agua no: la polémica de la ayuda a la DANA
Donar dinero funciona. Donar comida y agua, en cambio, no sirve para nada. La tesis, expuesta sin matices en un artículo de
Directo al Paladar sobre la ayuda a los damnificados de la DANA, bastó para reabrir una pelea vieja: qué conviene enviar a una zona arrasada, quién lo gestiona y cuánto se queda por el camino. El resumen más repetido fue aún más tajante:
dinero sí, agua y comida NO.
Hay dos argumentos de fondo. Uno es logístico: lo perecedero se estropea antes de llegar. Otro es de control: quien maneja el dinero decide después en qué se gasta. Y entre ambos se cuela un tercero, menos confesable, sobre qué ocurre con lo donado cuando nadie audita el trayecto. Si el efectivo es la respuesta, el problema nunca fue la comida: es la trazabilidad.
Qué dice el artículo que encendió la mecha
El texto sostiene que las donaciones en especie plantean un problema práctico: no permiten adaptar el menú a las costumbres culturales de la población atendida. Ese detalle, leído en frío, es el que ha hecho saltar más chispas, porque admite dos lecturas opuestas: una técnica, sobre la logística de repartir comida cocinada, y otra política, sobre a quién se atiende y en qué orden.
El texto no pedía cerrar la mano a quien dona productos: pedía, en teoría, eficiencia. La forma de plantearlo dejó la puerta abierta a que cada lector completara la frase como quisiera. Y el artículo desactivó los comentarios poco después de publicarse, un gesto que en internet se interpreta siempre como confesión.
Casualidad, casualidad, se dijo.
Por qué se defiende que el dinero rinde más que la comida
El argumento central es de eficiencia: el efectivo permite comprar cerca, reactiva el comercio local y evita el coste de mover, almacenar y distribuir productos que caducan. En este punto se citan cargamentos que habrían llegado en mal estado, incluida una afirmación del empresario
Ángel Gaitán sobre toneladas de hamburguesas pudriéndose en el trayecto.
El problema es la segunda mitad del razonamiento. Que el dinero sea más eficiente solo se cumple si llega íntegro y a tiempo. Y ahí aparece el cálculo que más ha circulado: de cada
10 euros donados, ocho se irían en salarios de directivos y apenas uno o dos llegarían al destino. Es una estimación sin auditoría detrás, pero funciona como eslogan.
El contraataque: con los comercios cerrados no se compra nada
Aquí la polémica se vuelve tangible. Si la ayuda consiste en una tarjeta de
50 euros, ¿de qué sirve a alguien de Paiporta que no puede salir del municipio y cuyos comercios llevan días cerrados o sin recibir mercancía? La pregunta, repetida con distintas palabras, resume la posición de quienes defienden el envío físico.
El inventario de lo que sí se puede mandar se detalla sin ambages: comida no perecedera, productos de limpieza e higiene, ropa y calzado, papel higiénico, pilas, linternas, generadores, bombas de succión, mascarillas, lejía o combustible. Tiene su lógica económica: son bienes que no cotizan, no se revenden con facilidad y no dependen de que funcione un terminal punto de venta.
¿Por qué se cuestiona a las ONG que canalizan las donaciones?
La desconfianza hacia las organizaciones que gestionan la ayuda recorre toda la conversación, y va de la opacidad contable a la sospecha de que el reparto se politiza. Una parte de los mensajes sostiene que el dinero acaba financiando estructuras y sueldos antes que alimentos, y que sin trazabilidad pública la caridad es una apuesta a ciegas.
La réplica también existe: hay quien defiende que, con implantación sobre el terreno,
Cruz Roja,
Cáritas o el
Banco de Alimentos siguen siendo el canal más rápido y verificable. El reparto de argumentos no es limpio: quien exige transparencia a las oenegés suele pedirla con menos insistencia a los canales oficiales.
De la logística a la descalificación
En el tramo final, una parte de los mensajes abandonó el terreno del cálculo y derivó hacia descalificaciones dirigidas a colectivos concretos, sin aportar ningún dato que las respalde. Son afirmaciones que reaparecen en cada emergencia y que ningún informe sostiene. Conviene separarlas del terreno técnico, que es donde están las cifras.
Ningún balance oficial ha zanjado todavía la pregunta de partida: cuánto de lo donado llegó, en qué forma y con qué coste de intermediación.
Qué se puede esperar de aquí
Lo previsible es que la fórmula mixta se imponga por pura inercia: dinero para lo que hay que comprar sobre el terreno y producto físico para lo que no aparece en las estanterías. Pero mientras no exista un desglose público de qué llegó y qué se perdió, cada emergencia volverá a repetir la misma pelea. Y probablemente con los mismos eslóganes.