Del empate a 269 electores en las encuestas a la victoria de Trump
El 5 de noviembre de 2024, Estados Unidos acudió a las urnas con un titular repetido hasta la saciedad: empate a 269 electores. Kamala Harris cerraba campaña en Pensilvania y Donald Trump en Michigan, dos de los estados bisagra que reparten los
270 representantes que dan la Casa Blanca. Pocas horas después, el escrutinio tumbó el guion: victoria del republicano,
control de las dos cámaras y los índices en verde. La pregunta interesante no es quién ganó. Es por qué una parte enorme de la conversación pública daba por hecho exactamente lo contrario.
¿Por qué todos los medios hablaban de un empate a 269 electores?
El escenario del empate no era una invención de madrugada. Con
269 compromisarios para cada candidato, ninguno alcanza los 270 exigidos, y esa cifra estuvo en los titulares de medio mundo durante la semana previa. La coincidencia de sondeos ajustados, sumada a la desconfianza hacia los propios sondeos, dejó un hueco perfecto para la interpretación libre.
Una corriente de análisis sostuvo que un empate previsto en las encuestas era en realidad una señal alcista para el Partido Republicano: si en 2016 y en 2020 el candidato aparecía por detrás en los sondeos y acabó imponiéndose en una de las dos citas, un empate se leía como victoria. Nadie lo demostró. Tampoco hizo falta: el marco del «todo está cocinado» ya venía de serie.
El voto por correo en Pensilvania: 400.000 papeletas frente a 2,7 millones
El dato que más circuló la noche electoral no salió de un sondeo, sino del recuento de papeletas por correo. En Pensilvania se contabilizaban unas
400.000 papeletas emitidas por correo frente a los
2,7 millones de 2020. La caída, de orden muy superior a la mitad, alimentó dos lecturas opuestas.
Para unos, la explicación era logística y política: el electorado había dejado de fiarse del voto postal tras las disputas legales de 2020 y prefería votar en persona. Para otros, la cifra era la prueba de un mecanismo desactivado a propósito. No consta verificación alguna de la segunda tesis. Lo que sí quedó es un patrón: cualquier variación en el recuento se leía en clave de fraude antes de que hubiera resultados.
Qué hicieron los mercados durante la noche electoral
Mientras los estados cerraban colegios electorales, las cotizaciones hablaron antes que los portavoces. El
S&P 500 terminó en verde, los mercados en general acompañaron y dos activos concretos destacaron: las criptomonedas y Tesla, ambos con subidas reseñables. Hay una explicación bastante extendida entre gestores: los fondos se mantienen líquidos antes de una cita electoral y despliegan ese dinero una vez conocido el ganador, lo que suele traducirse en subidas generalizadas.
El detalle sectorial, en cambio, se miró con lupa. Las compañías aeroespaciales y de defensa aparecían alineadas con el bando republicano, mientras el grueso de las tecnológicas se asociaba al demócrata. La conexión apuntaba a un nombre propio:
Elon Musk como el verdadero eje republicano del sector. La lectura económica era más prosaica: la industria armamentística vive de la continuidad del conflicto y de la demanda sostenida de material.
Los Amish, la movilización que no salía en los sondeos
La anécdota más repetida de la jornada no la dio ninguna encuesta. Circuló una comparación que equiparaba la
presunta participación de la comunidad Amish en 2024 con la marcha de los árboles a la batalla en
El Señor de los Anillos. Exageración aparte, la idea de fondo era seria: había bloques de votantes organizados fuera del radar de cualquier proyección estadística, y eso descoloca los modelos que se publican a diario.
Es el tipo de factor que los sondeos telefónicos no capturan bien, y que en una noche ajustada pesa más de lo que reconocen los que firman las proyecciones. La sorpresa de la madrugada no fue tanto el ganador como el margen.
¿Pesó la inflación y la inmigración en el voto hispano y afroamericano?
El diagnóstico más repetido sobre el desplazamiento del voto apuntaba al bolsillo. Se argumentó que votantes hispanos y afroamericanos, tradicionalmente demócratas, se inclinaron hacia el Partido Republicano por el coste de vida y por el descontento con la gestión de la inmigración. La tesis se formuló como tendencia social, no como encuesta, y venía con un aviso: no hacía falta vivir en un entorno rural para pensar así; bastaba con notar la
inflación en la cesta de la compra.
El contraargumento era el de siempre: la movilización del voto urbano y joven compensa cualquier fuga en los márgenes. Los resultados de la noche no zanjaron el debate, porque la composición final del voto por bloques tarda semanas en publicarse.
Las acusaciones de fraude y el relato de los medios
La sospecha de pucherazo precedió al recuento y lo sobrevivió sin dificultad. Se sostuvo que aparecerían votos de madrugada en furgonetas y actas de personas fallecidas, y se recordó que en 2020 la ventaja se estrechó en las últimas horas. Nada de eso se presentó con pruebas. Aun así, la idea se instaló con una lógica circular difícil de romper: si el resultado no cuadraba con lo esperado, el resultado estaba manipulado.
El reverso era la crítica al tratamiento informativo. Se señaló que RTVE mantenía un tono consternado mientras el escrutinio se decantaba, y que los mismos comentaristas de siempre reaparecían en pantalla para explicar un país que no veían. La coincidencia en el diagnóstico fue amplia: hubo un relato previo y lo desmintieron los votos.
El punto exacto donde todo se atasca es este: mercados, sondeos y escrutinio apuntaban en direcciones distintas, y cada cual eligió la que le encajaba. Que el resultado final fuera arrollador no cerró la discusión. La reabrió. Con margen suficiente no hubo espacio para la sospecha; con la sospecha instalada de antemano, tampoco hacía falta.