El PSOE no desaparece aunque Sánchez aguante dos años más
¿Puede un partido con casos de corrupción abiertos desaparecer por agotamiento? La pregunta recorre el análisis político español desde que el caso Koldo puso encima de la mesa audios que, a diferencia de las filtraciones anteriores, no han sido desmentidos. La tesis que gana peso entre los analistas más escépticos es la contraria a la intuición: forzar la caída de Pedro Sánchez no garantiza la desaparición del PSOE, y puede incluso blindarlo. El precedente del PP de Mariano Rajoy —directiva condenada, partido condenado y, aun así, 89 escaños en 2019— funciona como espejo incómodo para quien espera una hecatombe electoral.
El caso Koldo y por qué estos audios son distintos
La diferencia entre el caso Koldo y el resto de escándalos que han salpicado al PSOE no está en la gravedad, sino en la prueba. Las grabaciones aportan algo que las filtraciones anteriores no tenían: reconocimiento implícito. Nadie ha desmentido su autenticidad. Eso convierte el material en algo tangible, sin margen para la interpretación interesada, y explica por qué el debate ha dejado de girar en torno al «y tú más» para centrarse en la supervivencia del partido.
Hay quien sostiene que la dimisión de Sánchez sería el peor escenario posible para sus intereses: el partido se recompone, cambia caras y conserva intacta su red clientelar en ayuntamientos y taifas autonómicas. La otra lectura, la que domina entre quienes piden que aguante, es que solo un hundimiento prolongado arrastra consigo al aparato entero. La apuesta es arriesgada y lo saben.
El precedente Rajoy: condena al partido y 89 escaños
El argumento más repetido es el histórico. El PP fue condenado como partido, su cúpula se sentó en el banquillo y, pese a todo, no desapareció. En 2019 tocó suelo con 89 escaños; en 2016 el PSOE bajó a 85 y tampoco se extinguió. La conclusión que extraen los más veteranos es que el sistema de partidos español tiene una capacidad de absorción de escándalos que ninguna crisis parece romper.
El contrapunto llega desde otro flanco: la ley electoral. Con listas cerradas y bloqueadas, el líder controla a sus diputados y estos no tienen incentivos para romper con un jefe imputado. Un sistema como el británico, con circunscripciones uninominales, obligaría a cada diputado a responder ante sus votantes. Sin esa reforma, la impunidad interna está garantizada y la corrupción deja de tener coste electoral.
El cambio generacional y el voto dependiente
Dos factores alteran el cálculo. El primero es demográfico: el núcleo duro socialista envejece y no se reproduce al mismo ritmo. El segundo es material. Una parte del electorado depende de transferencias públicas para llegar a fin de mes, y ese vínculo pesa más que cualquier escándalo. La consecuencia lógica, según este análisis, es que el partido aguanta mientras aguante la nómina.
La contraposición es la del voto por pertenencia: hay quien vota al PSOE con la nariz tapada, sin necesidad de compartir un solo logro de gestión. Ese votante no se va por corrupción, se va por agotamiento identitario, y eso tarda años en cocerse.
El régimen del 78 y la tesis de que el mal ya está hecho
La lectura más pesimista sostiene que la desaparición del PSOE es irrelevante porque el problema es estructural. El régimen nacido en 1978, argumentan, ya no existe tal cual: lo que queda es una carcasa que mantiene la apariencia. En ese marco, sustituir al PSOE por otra marca no cambiaría nada, como demostró el ciclo de Podemos, que acabó fagocitado y podemizando al propio PSOE.
La moraleja de todo esto es incómoda para quien espera una refundación limpia. El partido no se muere de un escándalo. Se muere, si acaso, de una crisis económica que obligue a recortar o de una condena que alcance a la familia del presidente. Mientras tanto, la estrategia de dejar que se hunda solo tiene un problema: el barco no es suyo.