El nadapasismo se impone: la crisis que nunca llega
El mundo se desangra en titulares, pero la vida sigue igual. Ese es el resumen de una discusión que lleva 477 días coleando y que, contra todo pronóstico, ha terminado con una conclusión incómoda: los agoreros se equivocaron otra vez. El detonante fue un mensaje que enumeraba los frentes abiertos —India y Pakistán, Ucrania y Rusia, China y Taiwán, las dos Coreas, Israel e Irán— y vaticinaba que todo iba a escalar en cuestión de meses. La respuesta mayoritaria no se hizo esperar:
no va a pasar nada.
Del miedo al circo: así empezó todo
El punto de partida era una lista de conflictos que, sobre el papel, dibujaban un escenario de Tercera Guerra Mundial. A eso se sumaba la amenaza de una nueva gripe aviar y la esperanza, expresada sin disimulo, de que esta vez la población capitulase ante las restricciones. El pronóstico era apocalíptico. La reacción, sin embargo, fue de un escepticismo casi deportivo.
Frente a los agoreros, los nadapasistas. Un término que se ha ganado el diccionario. Su tesis es simple: las crisis internacionales son
cortinas de humo para que nada cambie dentro. Los misiles caen lejos, las bolsas tiemblan un rato y luego todo vuelve a su sitio. Mientras tanto, los problemas reales —el precio del alquiler, la corrupción política, la pérdida de poder adquisitivo— siguen ahí, sin resolver.
La discusión derivó pronto hacia un inventario de agravios domésticos. Una parte de los intervinientes sostenía que lo verdaderamente grave no venía de fuera, sino de dentro: feminismo, ideología de género, comunismo, inmigración. Argumentos que, en su formulación más extrema, rozaban la teoría conspirativa de la sustitución étnica. El artículo no los respalda; se limita a constatar que forman parte del ruido de fondo de un debate que, en realidad, hablaba de otra cosa.
¿Qué es el nadapasismo y por qué gana?
El nadapasismo no es una doctrina, es una reacción. Nació, según varios de los mensajes, después de la pandemia. Entonces se profetizaron mil apocalipsis que nunca llegaron. Desde ese momento, cada nuevo anuncio de catástrofe se recibe con una mezcla de hastío y burla.
La temperatura del agua sube lentamente, decía una intervención, y la rana sigue chapoteando alegremente. Hasta que un día el agua hierve. Pero ese día, por lo visto, nunca es hoy.
Los datos que se manejan en la discusión son elocuentes. India y Pakistán no han desatado una guerra total. Rusia avanza en Ucrania a velocidad de tortuga, sin destruir la infraestructura básica, lo que sugiere un conflicto de desgaste que puede durar años. China y Taiwán siguen en un pulso que no termina de romperse. Corea del Norte lanza amenazas nucleares que nunca se materializan. Israel ha golpeado Irán con contundencia, pero la respuesta iraní se ha limitado a impactar en un puñado de edificios. La gripe aviar, de momento, es una amenaza sin caso confirmado.
El argumento más repetido es que
las armas nucleares no existen o, al menos, que su amenaza es puro teatro. Una intervención llegaba a afirmar que Hiroshima y Nagasaki fueron destruidas con bombas incendiarias, no atómicas. Es una afirmación falsa y sin respaldo, pero ilustra el nivel de desconfianza hacia el relato oficial. Otra corriente sostiene que el petróleo a 200 dólares es el plan, y que la volatilidad energética será el verdadero detonante económico.
La gripe aviar y el petróleo: las dos amenazas que no llegan
Entre los frentes abiertos, dos destacan por su capacidad de generar titulares sin consecuencias tangibles. El primero es la gripe aviar. Se menciona como la próxima pandemia, pero nadie aporta un solo caso confirmado. El segundo es el petróleo. La predicción de un barril a 200 dólares planea sobre la conversación como una amenaza recurrente. El peak oil, ironizaba un interviniente, es inminente desde hace 40 años. Dentro de otros 40, volverá a ser inminente.
El escepticismo no es gratuito. La crisis de 2008, la pandemia de 2020 y la invasión de Ucrania en 2022 debían cambiarlo todo. Y, en cierto modo, lo cambiaron: somos más pobres, todo está más caro, las restricciones dejaron secuelas. Pero la vida cotidiana —el aparcamiento de la piscina municipal hasta arriba de coches, los 4x4 en la explanada, las terrazas llenas— sigue su curso. Esa es la paradoja que alimenta el nadapasismo:
la economía real no se comporta como una economía en guerra.
El fin de un mundo que ya ha venido
Hay una tercera vía, menos ruidosa, que merece atención. Ni apocalípticos ni nadapasistas. Su tesis: el fin de un mundo ya ha ocurrido y nadie se ha dado cuenta. Occidente está en su fase tardía de civilización decadente. El último partido de fútbol del Tercer Reich se disputó el 29 de abril de 1945, la víspera del suicidio de Hitler. La cultura sigue funcionando mientras el edificio se desmorona. Es una idea incómoda, pero encaja con la sensación de que las cosas importantes ya han pasado sin que hayamos sabido verlas.
El cierre de la discusión, 477 días después, es agridulce. Los nadapasistas cantan victoria. Los agoreros no se rinden:
esto no ha terminado ni de coña, replican, y señalan los dos portaaviones desplegados y un tercero en camino. Las armas apuntan a algún sitio. Las palabras dicen otra cosa. La predicción con reservas es que, si algo pasa, no será donde todos miran. Y si no pasa nada, también habrá quien lo celebre. Como decía una intervención:
os vais a morir y no va a pasar nada.