Una papeleta con la nariz tapada para desalojar a Sánchez
Votar al PP duele y, aun así, una parte del electorado de derechas está dispuesta a hacerlo una sola vez. El razonamiento es que en noviembre no se elige un programa de gobierno: se elige si Pedro Sánchez sigue en La Moncloa. La aritmética que sostiene ese voto útil es que
PP y Vox no suman con el tablero actual, de modo que cada papeleta cuenta para que Sánchez no vuelva a
pasar por el aro de Puigdemont. Y ahí se acaba el consenso.
El cierre de ese argumento suele ser el mismo: si Sánchez sobrevive, volverá a pactar con quienes se presentan como adversarios de España, incluso, se dice, con quien hizo la vida imposible al abuelo de cualquiera. Son sospechas y juicios de parte, sin expediente detrás, pero funcionan como pegamento de un voto de castigo. Hay quien va más lejos y atribuye al presidente en funciones mentiras y un supuesto abandono del pueblo español; afirmaciones lanzadas en bloque, sin sustento acreditable, que no resistirían un contraste serio.
¿Por qué algunos piden votar a Vox en vez de al PP?
Porque, en un sistema de circunscripción provincial, los restos de un partido que se hunde no se reparten entre sus aliados: engordan al adversario. El cálculo que circula es concreto:
si Vox baja mucho, el segundo y tercer escaño por provincia se lo queda el PSOE. De ahí la petición de una papeleta tapándose la nariz, incluso entre quienes consideran que Vox se ha vuelto demasiado blando.
La paradoja es que el mismo razonamiento aritmético sirve para pedir el voto al PP en unas provincias y a Vox en otras. Nadie ha publicado todavía una suma que cierre en ambos escenarios a la vez, y ese hueco es el que deja a muchos votantes con la papeleta en el aire.
Alianza Catalana no se presenta: el voto huérfano
Ni Silvia Orriols ni Alvise aparecerán en la papeleta de las generales, a juicio de quienes habían depositado su ilusión en el tirón de ambos y ahora se quedan sin opción. Alianza Catalana solo concurre en Cataluña y, según se repite, entiende las generales como elecciones de
otro país; sus simpatizantes pueden votarla en las autonómicas, no en las generales.
Fuera de allí quedan dos salidas: abstenerse o resignarse. Una parte ha decidido no votar a nadie; otra sostiene que quedarse en casa es precisamente lo que garantiza que los escaños del bloque se pierdan por un puñado de papeletas.
El miedo al PP con mayoría absoluta
El rechazo al PP no llega solo desde la izquierda: hay votantes que temen más una mayoría absoluta del PP que la continuidad del gobierno actual. El argumento mira atrás y recuerda que
una mayoría absoluta anterior no quitó ni una medida ni una ley del gobierno socialista que la había precedido, y que ese partido acabó afrontando una moción de censura que entregó el poder a Sánchez en lugar de dimitir y convocar elecciones.
De ahí salen dos conclusiones opuestas. Unos prefieren a Vox
con la nariz tapada para atar en corto al PP si le sale
la vena roja. Otros concluyen, con retranca, que votar al PP es el mismo
plan sin fisuras que llevan medio siglo sin dar el resultado prometido.
Con estos mimbres, la previsión razonable es una derecha dividida y un reparto de escaños decidido en provincias donde unas decenas de votos cambian el último asiento. Si la aritmética del voto útil se cumple, Sánchez lo tendrá cuesta arriba. Si falla, la paradoja será completa: quienes se tapaban la nariz habrán ayudado a lo que querían evitar. Ninguna consigna resuelve eso.