El reemplazo demográfico que se cuece en las pensiones
La tesis es incómoda y no admite paños calientes: el sistema de pensiones tal y como lo conocemos solo se sostiene si la población crece. Y la población española no crece por sí sola. En España viven alrededor de
49 millones de personas, de las cuales se estima que unos
2,4 millones son musulmanas. El resto es una pirámide que se estrecha por abajo, con una natalidad que se ha ido a la mierda y una esperanza de vida que no deja de estirarse. El resultado es un esquema que funcionó mientras entraba gente nueva al sistema y que ahora exige rellenar el agujero con lo que sea. Literalmente: con lo que sea.
Un esquema ponzi que ya no da de sí
El diagnóstico no es original, pero conviene repetirlo porque se sigue esquivando en los balances oficiales. Las cotizaciones de una generación pagan las pensiones de la anterior, y ese pacto intergeneracional solo cuadra si cada año se incorporan más trabajadores que jubilados. Cuando la tasa de natalidad se hunde, el equilibrio se rompe. No es un problema de gestión ni de ideología: es aritmética.
Sobre ese fondo, el debate se bifurca. Una parte del análisis sostiene que los sueldos bajos hacen inevitable que las pensiones caigan, y que ningún ajuste político va a evitar ese descenso. Otra corriente pone el foco en el gasto público y en la estructura del empleo: se argumenta que sobran administraciones y que el dinero se pierde antes de llegar a la nómina. Y una tercera vía, la más repetida, apunta a que la única forma de sostener el sistema es seguir atrayendo población activa de fuera.
¿Cuántos migrantes harían falta para pagar las pensiones?
La pregunta no tiene una respuesta sencilla, y quien la da por cerrada suele estar vendiendo algo. Los cálculos que circulan en el debate van desde el optimismo hasta el desastre. Hay quien sostiene que los migrantes que llegan no van a pagar las pensiones porque, cuando la vaca deje de dar leche, se marcharán; y que los que sí trabajan y ahorran acabarán volviendo a su país, porque nada les ata aquí. El escenario más pesimista dibuja un horizonte en el que ni diez millones de trabajadores extranjeros bastarían para sostener el aparato del Estado, no ya las pensiones.
Frente a eso, el argumento demográfico puro: si los recién llegados tienen dos o tres hijos por familia mientras la media nativa se queda en uno, el diferencial se multiplica generación a generación. Primera generación, uno contra tres. Segunda, uno contra nueve. Tercera, uno contra veintisiete. En dos o tres décadas, la mayoría se invierte. Es el cálculo que sobrevuela toda la discusión y que nadie se atreve a discutir en voz alta.
La cultura no se impone, se mezcla (o se diluye)
Aquí el debate se vuelve resbaladizo, porque «cultura» significa cosas distintas según quién lo dice. Una parte de los participantes sostiene que los migrantes que llegan a Occidente abandonan mayoritariamente sus costumbres y se adaptan al país de acogida: dejan de practicar su religión con la intensidad de origen, adoptan horarios y dietas locales y, sobre todo, reducen su fecundidad. El dato que se cita para respaldarlo es que la natalidad también cae en los países emisores, lo que sugiere que tener muchos hijos responde más a condiciones económicas que a convicciones culturales.
Otra corriente responde que la cultura dominante ya fue sustituida hace décadas, y no precisamente por la migración. Vaqueros, hamburguesas, Halloween, cine de Hollywood y música anglosajona llevan generaciones colonizando la vida cotidiana. Desde esa óptica, la discusión sobre la cultura migrante llega tarde: el terreno ya estaba abonado.
Y una tercera posición, la más agria, sostiene que la integración es una ilusión y que lo que viene es una transformación profunda de las instituciones. El ejemplo que se cita es la presencia de candidatos de origen migrante en listas electorales autonómicas, con símbolos identitarios propios. Para unos, eso es democracia funcionando; para otros, la prueba de que el cambio ya está en marcha.
El coste real de sostener el sistema
Aquí es donde el debate se vuelve económico de verdad. La objeción más repetida a la tesis inicial es que los migrantes no son una solución mágica: si llegan sin cualificación, sin empleo estable y sin capacidad de consumo, el coste de mantenerlos puede superar el retorno que generan. Se pide, literalmente, un cálculo matemático con valores indexados que compare el gasto de sostener a quien no puede pagarse un bocata con la rentabilidad de invertir ese mismo dinero en fondos conservadores para pagar las pensiones futuras.
Ese cálculo no existe en el debate, y probablemente no exista en ningún sitio con el detalle que se exige. Lo que sí aparece es una crítica al «efecto llamada»: se argumenta que un sistema que da piso, paga y tolera la delincuencia menor atrae a quien no quiere trabajar, y que eso destruye la sociedad tanto entre los recién llegados como entre los locales. La conclusión que se extrae es que el problema no es la migración en sí, sino el diseño del Estado del bienestar.
La natalidad como decisión económica, no cultural
El punto más sólido del debate, y el que menos se subraya, es que la caída de la natalidad no es un fenómeno español ni musulmán: es global. Los países emisores de migrantes también están reduciendo su fecundidad a medida que mejoran sus condiciones de vida. Nadie quiere morirse de asco en la vejez, y tener hijos compite directamente con el coche nuevo, las vacaciones y la estabilidad laboral.
Sobre esa base, la discusión sobre si una cultura impondrá a otra se queda sin suelo. Si la fecundidad depende del nivel de renta y de la vivienda, y no de la religión, entonces el verdadero problema es que en España no se puede tener hijos sin arruinarse. La precariedad laboral, los alquileres y la falta de expectativas pesan más que cualquier credo.
El análisis se atasca justo aquí. Si la natalidad es económica, la solución no es cultural. Si es cultural, la economía no basta. Y si es ambas, nadie ha explicado todavía cómo se sostiene un sistema de pensiones mientras se discute cuál de las dos pesa más.