Trump aprieta a sus aliados y sonríe a sus rivales
¿Por qué el presidente de Estados Unidos trata con guante de seda a Moscú, Pekín y Pionyang mientras amenaza a Ottawa, Copenhague y Berlín? El patrón es tan descarado que ya no parece un error de cálculo. Según los mensajes del debate, a Canadá le llama «Estado 51» y a su primer ministro «gobernador»; a Dinamarca le advierte de que se queda con Groenlandia «por sus cojones naranjas» y no descarta la fuerza; a Panamá le anuncia que le quita el canal; a México le promete marines contra el narco; al Reino Unido le pide la dimisión de su primer ministro y Elon Musk lanza una encuesta sobre una intervención militar; a Alemania le quiere tutelar las elecciones; a España la llama BRICS y la amenaza con aranceles si no sube el diezmo atlantista.
Mientras, con el llamado eje del mal todo es
buenrollismo: elogios privados a Maduro por «fuerte», ganas de reencontrarse con Kim Jong-un, disposición a reunirse «inmediatamente» con Putin y un ruego público a Xi Jinping para que ayude a cerrar la guerra de Ucrania. La conclusión que se impone en cualquier análisis frío es incómoda: al enemigo se le respeta; al vasallo, se le pisa.
El patrón que nadie discute
La primera corriente de análisis sostiene que Trump detesta a los débiles y admira a los fuertes en los que se ve reflejado. Es el clásico abusón de patio: desprecia al que se arrastra y contemporiza con el que le planta cara, porque con ese al final se reparte el recreo. Bajo esa lógica, la OTAN no es un club de aliados, sino una cuadrilla de
pagafantas a los que se puede exprimir sin coste.
Hay quien va más allá y lee el patrón como una liquidación del orden heredado. Los aliados tradicionales estarían controlados por élites que Trump considera sus enemigos internos; los rivales, en cambio, son adversarios con los que se puede negociar de tú a tú. De ahí que la beligerancia se dirija contra los socios y la diplomacia contra los rivales.
Una tercera lectura apunta a la transacción pura. El complejo militar-industrial estadounidense se habría forrado con la guerra de Ucrania y ahora necesitaría otra fuente de ingresos: forzar a los miembros de la OTAN a elevar el gasto militar en equipamiento estadounidense. El
modus operandi es viejo: si no pagas, te arancelo; si pagas, te vendo.
¿Qué gana Estados Unidos tratando así a sus socios?
Gana dinero y gana libertad de movimiento. Si los aliados son clientes y no iguales, Washington puede dedicarse a lo suyo —intervenir donde le convenga, sin ataduras de la OTAN ni de la ONU— y dejar que Europa cargue con el coste de su propia defensa. El cálculo es simple: un mundo multipolar no premia al que hace de policía global, premia al que cobra por proteger.
El problema es que ese trato erosiona la confianza que sostiene la alianza. Cada amenaza a Canadá, cada desplante a Dinamarca, cada encuesta sobre intervenir en el Reino Unido es una grieta más. Y las grietas, en una estructura militar, no se arreglan con una cumbre.
La respuesta europea: rearme y menos pleitesía
En el otro lado del Atlántico la conclusión se abre paso a golpes: Europa necesita defenderse sola. La idea de un ejército europeo con armamento propio —que nadie pueda dejar en tierra apretando un botón— vuelve al primer plano. Ya no es una utopía de despacho: es una factura que alguien tendrá que pagar.
La crítica interna no se queda corta. Hay quien sostiene que la UE es un chiringuito diseñado desde Washington tras la Segunda Guerra Mundial y que a Alemania y a los nórdicos les da igual el sur de Europa. Otros apuntan al desmantelamiento silencioso: sin flota pesquera, con la agricultura y la pesca destruidas y una desindustrialización salvaje, España aparece como ejemplo de lo que pasa cuando se confunde ser aliado con ser cliente.
La pregunta que flota en el aire es si este trato diferencial es una estrategia o un síntoma. Si es estrategia, alguien debería explicar el beneficio. Si es síntoma, el diagnóstico es peor: Estados Unidos ya no distingue entre el aliado que le sostiene y el rival al que teme.
¿Se puede reconstruir la confianza atlántica?
Con estos mimbres, poco. La confianza no se reconstruye con declaraciones conjuntas ni con fotos de cumbre; se reconstruye con hechos. Y los hechos, hasta la fecha, van en dirección contraria: más presión sobre los socios, más guiños a los rivales.
Queda la opción de que todo sea una pose negociadora, un pulso para arrancar concesiones. Es posible. Pero incluso en ese caso, el mensaje que queda grabado es el mismo: al que se arrodilla se le cobra; al que se planta, se le respeta. Y con ese manual, la próxima cumbre de la OTAN promete ser un ejercicio de realismo o de humillación, según cómo amanezca el naranja.