Cabinas para abandonar bebés: el torno vuelve a las calles
Una mujer entra en una habitación, deposita a su recién nacido en una cuna y se marcha sin dar explicaciones. Al otro lado, una alarma avisa a los servicios sociales. No es una escena de una novela decimonónica: es el mecanismo que describe el debate sobre las llamadas «cabinas para abandonar bebés», una versión contemporánea del torno que los conventos españoles usaban desde el siglo XVII para que las madres pudieran dejar a sus hijos de forma anónima. La discusión, abierta en un foro de economía, arranca con un mensaje que no encuentra calificativos: «Horroroso. Terrible. Trivializador». Y a partir de ahí, 149 respuestas que van del rechazo frontal a la defensa más pragmática.
Qué son las cabinas para abandonar bebés y de dónde vienen
El paralelismo histórico es el argumento más repetido. Los tornos de los hospicios permitían dejar al neonato sin ser visto, y de ahí viene el apellido Expósito que aún hoy llevan miles de españoles. «Es la inclusa de toda la vida», resume un participante. La diferencia, apunta otro, es que entonces se hacía «en mitad de la noche, embozado en un capote, para que no te viese nadie», mientras que ahora el gesto puede ser público. El mecanismo actual, según la descripción que circula, consiste en una cuna conectada a una alarma que avisa a los bomberos o a los servicios sociales para que recojan al bebé en minutos.
La comparación con el pasado no es inocente. Hay quien sostiene que estas cabinas son «la versión moderna del torno de hospicio» y que quienes las promueven son, paradójicamente, los mismos que se oponen al aborto. La discusión deriva entonces hacia el terreno de la salud pública: si el objetivo es evitar que un recién nacido acabe en un contenedor de basura, ¿justifica eso la existencia de un dispositivo que facilita el abandono?
El dilema entre malo y peor
La postura más repetida en el hilo no es la condena, sino la resignación. «¿Cuál es la opción que le dais a alguien que no quiere a su hijo pero tampoco quiere matarle?», pregunta un participante. «A veces hay que elegir entre malo y peor». Esa lógica atraviesa buena parte de la discusión: mejor una cabina que un contenedor, mejor un abandono regulado que un infanticidio. Un veterano del foro recuerda el caso de un conocido, hijo de soltera en una época en que eso era una losa social, que le dijo: «Para mi madre hubiera sido mejor haberme abortado». El testimonio, duro, sirve para ilustrar que la alternativa al abandono no siempre es una vida mejor.
Frente a esa corriente, otra parte del debate señala que la existencia de estas cabinas normaliza lo que debería ser excepcional. «Debería ser delictivo el ponerse a fomentar eso», dice el mensaje que abre el hilo. Y añade una duda que sobrevuela toda la conversación: «Ni siquiera sabemos a ciencia cierta si darán los bebés a las autoridades».
El aborto como término de comparación
Buena parte del intercambio deriva hacia el aborto. Un participante sostiene que «al final es más honesta la mujer que aborta que la que abandona y el Estado que lo recoge», y otro responde con dureza: «No, es una asesina a sangre fría». La discusión se encona cuando se introduce el argumento de la responsabilidad: «Se deshace de un feto, el resto tortura niños», replica el primero. La conversación no llega a ningún consenso, pero deja una idea clara: para una parte del debate, la cabina es una forma de eludir la responsabilidad; para otra, es la última red de seguridad antes del infanticidio.
El trasfondo económico también aparece. Hay quien sostiene que «tener hijos y dejar que otros los mantengan no es muy ético», y quien responde que las madres no suelen querer desprenderse de sus hijos «ni siquiera las que viven en la miseria en países subdesarrollados». La discusión se cruza con el debate sobre la adopción: se menciona que los adoptados tienen «como 10 veces más de probabilidades de padecer problemas emocionales y/o psicológicos» en la adolescencia, una afirmación que no se acompaña de fuente pero que ilustra el tono de la conversación.
La evolución histórica: de la vergüenza al selfi
Uno de los mensajes más valorados introduce un matiz temporal: «La DIFERENCIA es que en el siglo XVII era un motivo de vergüenza... Ahora ya con las cajas esas, esperate que las empoderadas del putigram no se hagan selfies mientras depositan al bebe». La frase, con su carga irónica, resume una preocupación recurrente: que la facilidad del gesto banalice el abandono. Otro participante lo enmarca en un ciclo histórico más amplio: «Se quería prevenir el infanticidio, que era una práctica habitual. Lo que ha cambiado es que esa práctica empezó a desaparecer a medida que las sociedades se hacían prósperas e ilustradas». La conclusión que extrae es pesimista: «Si vuelven es porque hemos dejado de ser prósperos e ilustrados».
La discusión también roza la actualidad política, con menciones a casos de menores tutelados y a la gestión de los servicios sociales en distintas comunidades. No hay datos concretos, pero sí una desconfianza generalizada hacia el funcionamiento del sistema de protección.
Qué pasa con los bebés abandonados en España
Más allá del debate moral, el hilo deja caer algunos datos prácticos. Se menciona que estas cabinas se instalan en parques de bomberos y similares, y que existe un registro de niños abandonados. También se apunta que hasta el año 2000 había hospitales en España que atendían a embarazadas que de otro modo habrían abortado, dándoles cobertura sanitaria sin hacer preguntas y entregando después al niño a los organismos de adopción. El dato, aportado por una enfermera según el testimonio recogido, no se puede verificar con la información disponible, pero añade contexto a la discusión.
El cierre del hilo lo pone una reflexión sobre la responsabilidad: «No he abortado nunca, pero si lo hubiera necesitado lo habría hecho, se llama responsabilidad. Dejar un recién nacido al arbitrio social es demencial». La frase, que no contenta a nadie, deja el debate exactamente donde empezó: entre el horror y la resignación.