Psicología a 50 euros la sesión y las críticas al oficio
En el debate se maneja un precio de entre 50 y 100 euros por sesión, según uno de los participantes. El dato reaparece en una polémica sin cerrar. La sospecha no llega desde fuera del oficio: hay quien vive de ejercerlo y admite sin rodeos que no puede rebatir las críticas. La disciplina que se ocupa de la salud mental arrastra una pregunta incómoda: ¿y si el problema no está solo en el paciente?
¿Es la psicología una ciencia o una interpretación con buena prensa?
La duda empieza en el plano teórico. Una de las tesis más repetidas sostiene que la psicología no es una ciencia, sino una
pseudointerpretación al alcance de cualquiera, y que sus años de facultad no garantizan nada. La acusación es gruesa y se apoya en lo que todos creemos reconocer
de oídas.
Otra línea admite que la disciplina funciona, pero no para curar: se argumenta que su verdadero rendimiento está en la manipulación, la ingeniería social y el diseño publicitario, y que buena parte de las convenciones contemporáneas se apoyan en ella. Es una tesis llamativa y difícil de demostrar, pero explica por qué el recelo no distingue entre el sillón de consulta y el departamento de
márketing.
Hay incluso quien rastrea el origen de la terapia cognitivo-conductual en el budismo: lo único constante es el cambio, el dolor es inevitable y el sufrimiento opcional, no son los hechos sino su interpretación. La conexión es más literaria que clínica, pero coincide con una idea que la propia corriente repite: cómo se traduce el problema importa tanto como el problema.
Entre 50 y 100 euros por sesión: ¿negocio redondo o supervivencia?
El precio es el dato que más circula:
entre 50 y 100 euros por consulta, con la sospecha de fondo de que el profesional se enriquece a costa del desconsuelo ajeno. La crítica tiene réplica. Mantener una consulta abierta exige inversión en publicidad y captación de clientes que casi nadie contabiliza al plantear la queja, y se apunta que algunas profesionales jóvenes ejercen por unos
2.000 euros netos al mes.
El mercado, además, selecciona. Quien no sirve para esto acaba fuera del sector, aceptando empleos sin relación con su título, mientras el buen profesional mantiene la agenda llena. El resultado es un oficio partido en dos: una minoría que cobra precios de especialista y una mayoría que malvive o cambia de ramo.
El diagnóstico que admiten los propios profesionales
La crítica más eficaz no la firma un paciente desencantado. La firma alguien que se gana la vida con esto y reconoce, con franqueza incómoda, que no puede contradecir a quien desprecia su gremio.
Sobre la mesa hay una tesis sobre la vocación: muchos estudiantes eligen la carrera para resolver asuntos propios, y el autoconocimiento no se aprende en ningún temario universitario. De ahí a sostener que salen peor de lo que entraron hay un trecho, pero la secuencia se repite en distintos relatos. Otras cifras que se lanzan, como que el
95% de los psicólogos arrastra problemas sin resolver, no tienen ningún respaldo: son una forma de hablar y conviene tratarlas como tal.
Otra idea recurrente: los años pesan. Se defiende que el profesional joven tiene poca experiencia y que el valor real está en quien ha visto cientos o miles de casos, aunque esa sabiduría llegue, según el mismo argumento, pasados los
60.
De la consulta a la pastilla: el punto donde todo se rompe
Aquí el tono sube. Un relato personal lo resume: acudir por primera vez a los
32 años, con un dilema moral encima, y salir de la consulta con la sensación de haber sido tratado como el desorientado. El testimonio apunta a un profesional con dificultades para gestionar su propio estado. Un caso no permite generalizar, pero pesa más que cualquier estadística en la conversación.
Junto a la terapia aparece la psiquiatría, tratada con más dureza. Se describen sobremedicación, trato frío y dependencia de benzodiacepinas, y se afirma que algunos predican vida exitosa mientras arrastran sus propios problemas. Son afirmaciones de parte y sin verificación posible. En salud mental, cada caso exige la valoración individual de un profesional sanitario; ninguna conclusión general sale de un puñado de testimonios.
La alternativa: un amigo, filosofía clásica y algo de experiencia
Frente a la consulta se propone lo obvio: alguien de confianza que escuche y aconseje, que muchas veces basta. También se recomienda leer filosofía clásica, rodearse de amigos inteligentes y buscar referentes a los que imitar. El contrapunto es razonable: cada cual arrastra sus propios asuntos y no todo se resuelve con una charla, porque hay problemas con muy mal arreglo.
Y una idea sobrevuela ambos lados: el terapeuta, al fin y al cabo, es alguien que
ya recorrió el camino.
Queda el dato que descoloca. La desconfianza hacia la psicología crece justo cuando más se habla de salud mental. Si hasta quien cobra por ejercerla duda en voz alta, ¿qué tendría que pasar para que la duda dejara de parecer un simple prejuicio?