La FP no es el burbujón: el problema es quién da clase
Un aula de un ciclo superior de telecomunicaciones. El docente que acaba de tomar posesión ha aprobado una oposición en la que le preguntaron la Constitución y el Estatuto de autonomía, con un temario que no se actualizaba desde que se creó la titulación, hace más de veinte años. Los alumnos levantan la mano: cómo se empalma una fibra, cómo se ponen los terminales de un cable de datos, cómo se tiende una línea. El recién llegado tampoco lo ha hecho nunca. Su plan era sacarse la plaza y seguir firmando proyectos por las tardes. Así lo relata uno de los participantes del hilo a propósito de las oposiciones de FP de telecomunicaciones en Aragón. Con esa escena arranca una discusión que empieza con un titular incendiario —las
FPs no sirven de nada y esconden un burbujón de profesores que no han trabajado— y termina en un sitio muy distinto.
Qué sostiene la tesis del burbujón
El punto de partida es un
artículo de prensa local que califica la formación profesional de burbujón y duda de la utilidad de sus títulos. La respuesta mayoritaria no es que la FP sea perfecta, sino que el diagnóstico apunta al sitio equivocado. Se argumenta que la formación profesional funciona razonablemente bien y que el riesgo real es desmontarla: primero acabando con los
profesores técnicos, los que llegan del oficio, y después convirtiendo todos los ciclos en duales.
Ese segundo movimiento, sostienen, vaciaría los centros de poblaciones pequeñas y medianas e impediría que miles de jóvenes puedan formarse. El resultado sería el mismo que ya se discute del modelo alemán: menos formación general y más encasillamiento temprano.
¿Sirve la FP para encontrar trabajo?
Las cifras que circulan son de dos épocas. Las de antes: un ciclo medio pagaba
1.200 euros netos en doce pagas, un ciclo superior 1.500 y una ingeniería 3.000, según el recuerdo de un participante. Ese escalón se ha difuminado, y con él la expectativa del que se matricula calculando lo que va a cobrar. El relevo lo toman los testimonios de sectores concretos: un participante del sector sostiene que en ASIR, DAI y DAW los buenos egresados superan los
30.000 euros anuales en cinco años, y que en programación quien destaca puede ponerse en 40.000 con relativa facilidad.
El reverso existe. Hay quien relata haber cursado dos ciclos con la promesa de que había trabajo y comprobar que era mentira. La titulación, en esos casos, no abre ninguna puerta.
Hay un tercer grupo que rompe la estadística: profesionales con carrera universitaria que encontraron empleo después de hacer un ciclo. Y otro que sostiene lo contrario, que hizo un ciclo superior y nunca trabajó de lo suyo hasta que sumó una licenciatura.
La FP dual y las empresas que no quieren pagar
El modelo dual —parte de la formación en la empresa— es el eje de la disputa. Un participante cita al responsable de una multinacional que explicó que su compañía prefería el ciclo clásico por dos motivos que conviene no separar: el alumno dual sale con una base teórica más limitada y al alumno del ciclo ordinario no hay que pagarle. En su empresa, añade, no ha visto entrar un solo dual en un año.
La crítica va más allá de la pedagogía. Se dice que la especialización excesiva limita al alumno de por vida, porque lo encasilla en una tarea concreta, y que la empresa acaba diseñando el currículo a su medida y a su conveniencia.
El profesorado: oposición de memoria y máster obligatorio
Aquí el reproche coincide en la dirección, no en la solución. El
máster de formación del profesorado excluye de hecho a profesionales que querrían dar clase después de años en primera línea, gente que ha estado a pie de obra y que enseñaría lo que sabe. Una de las demandas que aparece en el hilo es simple: no debería poder ser profesor de FP quien no acredite cinco años de experiencia en el sector. En el SEPE ya se exige un mínimo de cinco años demostrados con contrato y categoría.
La oposición premia otra cosa: memorizar la Constitución, el Estatuto y la ley de función pública, con temarios que en algunos ciclos llevan dos décadas sin tocarse. Y de vez en cuando produce resultados difíciles de explicar, como un módulo de programación cubierto por una titulada en Bellas Artes, según el relato de un docente de ese ciclo.
Los números: 172 días lectivos y el 27% del empleo público
La administración educativa es el mayor empleador público del país. Docencia no universitaria y universidad suman el
27,27% del personal al servicio de las administraciones; sanidad, el 19%; los ayuntamientos, otro 19%; justicia, seguridad y defensa, el 14%, y el resto de administrativos, el 20%. En la universidad, uno de cada tres efectivos es personal de administración y servicios: hay un PAS por cada dos profesores.
En el calendario, el curso suma 172 días lectivos al año, con meses como julio y agosto en cero. Son datos que se cruzan en la discusión cuando alguien pregunta de qué se queja exactamente el profesorado, y cuando se recuerda que hay más docentes no universitarios que todo el personal sanitario junto.
El examen de oposición a Primaria lo suspendió el
86% de los aspirantes e incluía preguntas que resolvería un alumno de doce años. En ese mismo sistema se debate si sobran titulados o faltan profesores con oficio. Y la cuenta que descoloca no es ninguna de esas: hay ofertas que piden lo mismo a un ciclo superior, a un ingeniero y a un doctor, o egresados de ciclos de informática que, según un participante, superan los 30.000 euros. El título ya no ordena el mercado laboral. La formación, a veces, tampoco.