Nando el Hispano es el autor de «El Niño Lunar: la imposición de nacer», un manifiesto que sostiene que la vida no compensa, que el amor no existe y que la crueldad es consustancial a la existencia. Su texto presenta estas ideas como verdades axiomáticas y se autodenomina «el niño más inteligente existente en este planeta azul».
Hay textos que se leen como una provocación y otros que se leen como una confesión. El que firma Nando el Hispano bajo el título «El Niño Lunar: la imposición de nacer» pertenece a la segunda categoría, aunque su autor lo presente como la primera. No es un ensayo académico ni un tratado filosófico al uso. Es un alegato escrito en primera persona, con frases cortas, imágenes brutales y una convicción absoluta: la existencia no merece la pena y quien la defiende lo hace por hipocresía.
Un gato aplastado como punto de partida
El autor arranca con una escena concreta: un gato atropellado en la carretera. Dice que, al contemplarlo, ve «la Verdad». Para él, ese animal es la prueba de que existe un código determinista que trae a los seres vivos al mundo a sufrir, a hacer sufrir y a repetir el ciclo sin posibilidad de escape. La cría que observa el cuerpo del adulto muerto completa la imagen: el circo sigue pasando y nadie detiene la función.
De ahí salta a los humanos. Sostiene que la reacción habitual ante el sufrimiento ajeno —un vecino con cáncer, un mendigo en la calle— no es la compasión, sino la indiferencia o el cálculo. «No es demagogia barata: es la vida», escribe. Su conclusión es que, si la existencia quiere continuar en este plano, debe ser inherentemente cruel. No lo plantea como una posibilidad, sino como una ley.
La procreación como hipocresía
Uno de los pasajes más duros del texto está dedicado a los padres. El autor les reconoce conciencia, a diferencia del gato atropellado, y precisamente por eso los considera responsables. Sostiene que pudieron negarse a tener hijos y no lo hicieron. ¿Por qué? Según su lectura, porque los hijos tapan las taras de los progenitores, calman su ego y su vanidad. La frase que resume esa idea es una cita que él mismo pone en boca de una pareja genérica: «Ellos tuvieron dos hijos, nosotros tendremos tres». Y añade: «Y entonces nació Nando para exponerlos».
El autor no se excluye de esa crítica. Se presenta como el producto de ese mismo mecanismo, pero con una diferencia: él lo ha visto. Su posición es la del que señala la trampa desde dentro. No ofrece una alternativa, ni un camino de salida, ni una propuesta de cambio. Su papel, tal como lo describe, es el de testigo incómodo.
El amor, la belleza y el velo romántico
La segunda mitad del manifiesto arremete contra dos ideas que el autor considera ficciones: el amor y la belleza. Del primero dice que no existe; solo hay «máquinas biológicas usándose las unas a las otras para sobrevivir» y buscando el mejor mantenimiento futuro. Lo que llamamos amor sería un velo romántico que cubre esa mecánica. La belleza corre la misma suerte: una playa, unos cúmulos de estrellas o una mujer llamada Matilde son, según él, constructos del código, no realidades. «No existe la belleza. Solo existe la fealdad, porque la materia y la energía son la pura fealdad del cosmos», escribe.
El tono sube de intensidad en el cierre. El autor desea lo peor a la humanidad y afirma que ese deseo ya se cumplió con el nacimiento de cada persona. Acusa al ser humano de haber podido parar «la jaula» y renunciar al laberinto, y de no haberlo hecho. Lo compara con Procusto, el personaje mitológico que ajustaba a sus huéspedes a la medida de su cama. La firma final es una declaración de intenciones: se presenta como «el niño más inteligente existente en este planeta azul» y como autor de la «única obra axiomática existente en este erial de barro».
Un manifiesto que no busca consuelo
El texto no contiene datos, ni fechas, ni referencias verificables más allá de la mención a Procusto y a la obra que el propio autor dice haber escrito. Es un ejercicio de retórica pesimista, construido sobre imágenes viscerales y afirmaciones categóricas. No pretende convencer con pruebas, sino con la fuerza de una mirada que se presenta como lúcida y despiadada. Quien lo lea encontrará una voz que no pide compasión ni la ofrece. Solo expone su diagnóstico: la vida como imposición, el amor como máscara y la crueldad como estructura. Si algo se puede decir a su favor es que no engaña sobre sus intenciones.