Duato pide vetar a Abascal y el eco se vuelve contra él
El coreógrafo Nacho Duato sostiene, según un mensaje difundido en redes, que Santiago Abascal es un «fascista» y que no debería tener altavoz mediático. La frase abre un debate que en Economía se lee en clave de quién decide qué voces caben en televisión. La respuesta mayoritaria no discute el adjetivo: discute el mecanismo.
Quién concede y quién retira un micrófono es, para buena parte de los intervinientes, la pregunta incómoda que el propio mensaje deja sin responder.
Qué dijo Nacho Duato y por qué se discute
El detonante es un mensaje que atribuye a Duato la calificación de «fascista» a Abascal y la conclusión de que no debería tener presencia en los medios. A partir de ahí, el foco se desplaza de la persona al criterio. Hay quien responde con una pregunta simple:
¿por qué exactamente es un fascista? Y hay quien directamente pide no entrar al trapo, porque el intercambio se agota en etiquetas.
La crítica más repetida no es al diagnóstico, sino al remedio. Se argumenta que pedir el cierre del altavoz ajeno es una forma de censura preventiva, y que ese gesto dice más de quien lo pide que de quien lo sufre. En paralelo, otra corriente defiende que los medios no son un espacio neutral y que la responsabilidad editorial existe. Las dos posturas no se cruzan: hablan de cosas distintas.
El currículum de Duato entra en la ecuación
El contraataque más eficaz no fue ideológico, fue biográfico. Se recuerda que Duato lleva
15 años viviendo y trabajando en Rusia, dato que varios usan para devolverle la pregunta sobre derechos y libertades. La réplica es de manual: quien señala desde fuera debería explicar su propia casa. No es un argumento nuevo, pero funciona porque desplaza el foco del mensaje al mensajero.
A eso se suma el contexto laboral: se menciona su vinculación con la Accademia Nazionale di Danza en Roma, institución pública italiana, mientras critica el «tufo a ultraderecha» de la ciudad. La contradicción, real o aparente, se convierte en el eje de buena parte de las respuestas. La pregunta de fondo —si un artista subvencionado puede pedir el cierre mediático de un partido— queda flotando.
¿Es legítimo pedir que se retire un altavoz mediático?
Aquí el intercambio se vuelve más interesante. Un bloque sostiene que la libertad de expresión no protege el acceso a un micrófono concreto, y que los medios eligen cada día a quién invitan. Otro bloque responde que ese criterio, aplicado sin freno, convierte la parrilla en un filtro ideológico y vacía de contenido la pluralidad.
Ninguna de las dos posiciones es cómoda, y eso explica que el desacuerdo no se cierre.
Aparece también el argumento económico, que es el que da sentido a que esto se discuta en un foro de esta temática: los medios viven de audiencia y de publicidad institucional, y quien paga condiciona. Si el altavoz depende de presupuesto, la discusión sobre quién habla es también una discusión sobre quién financia. Ese hilo, menos vistoso, recorre varias respuestas.
De la etiqueta al ruido: cómo degenera el intercambio
La conversación tiene un patrón reconocible. Empieza con un argumento, sigue con una descalificación y termina en insulto personal. Varios intervinientes lo señalan sin nostalgia:
no discutáis con ellos, ya despertarán. La recomendación, más resignada que estratégica, resume el cansancio de un debate que se repite cada vez que alguien pide silenciar a otro.
El resultado neto es paradójico. Un mensaje pensado para restar altavoz a Abascal termina generando conversación sobre Abascal, sobre Duato y sobre quién tiene derecho a hablar. La etiqueta funciona como multiplicador, no como filtro. Quien quiso cerrar el micrófono abrió otro, y más grande.
El punto exacto donde el análisis se atasca: nadie ha definido todavía con criterios verificables cuándo un altavoz mediático debe retirarse. Sin esa regla, la discusión se resuelve a gritos o no se resuelve.