Inmobiliaria: Mujeres que comparten piso (y VI)

Mujeres que comparten piso (y VI)
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

La conversación entre dos hombres en un restaurante, que plantea abandonar la conquista y pagar por sexo para evitar compromisos, deja a tres amigas que los escuchan sin capacidad de réplica. El texto explora el desgaste de las relaciones y la asimetría de expectativas.

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La conversación entre dos hombres en un restaurante, que plantea abandonar la conquista y pagar por sexo para evitar compromisos, deja a tres amigas que los escuchan sin capacidad de réplica. El texto explora el desgaste de las relaciones y la asimetría de expectativas.

La escena ocurre en un restaurante abarrotado, con mesas separadas por metro y medio escaso. Tres mujeres que comparten piso desde hace dos años —Gisela, Nuria y Beatriz— celebran su cena mensual. En la mesa de al lado, dos hombres, Arturo y Diego, mantienen una conversación que ellas escuchan sin querer. La frase que lo arranca todo: «Yo siempre he querido ser gay, pero no me nace». A partir de ahí, el relato se convierte en una disección de la guerra de sexos desde la barra de un bar.

La retirada de la conquista

Arturo anuncia que ha decidido retirarse de la competición. Se acabó conquistar mujeres, invitarlas a cenar, fingir interés por sus problemas y pasar media vida intentando adivinar qué esperan de él. Su alternativa es pagar por sexo. Diego confiesa que siempre se había sentido un poco fracasado por eso, como si tuviera que pagar porque ninguna mujer quisiera acostarse con él por gusto. Arturo le da la vuelta al argumento: el problema es haber aceptado que sean ellas quienes decidan si eres un triunfador o un desgraciado.

La lógica que despliega Arturo tiene una frialdad que incomoda. Si consigues novia, has tenido éxito. Si no la consigues, eres un pobre diablo. Y si pagas por sexo, un degenerado. Frente a ese juicio ajeno, él propone una salida individual: pagas, disfrutas y te marchas a casa. Sin discusiones, sin celos, sin aniversarios, sin conocer a los padres de nadie y sin que nadie te pregunte por qué has llegado tarde. La lista de ventajas que enumera tiene más de ajuste de cuentas que de filosofía de vida.

El punto más ácido llega cuando Diego compara la situación con la de un perro: siempre pendiente de su dueña, intentando adivinar qué quiere. Si acierta, le acaricia; si no, le castiga. Arturo añade el ejemplo de Marta, su expareja, que tenía un procedimiento infalible para ganar cualquier discusión: dejaba de tener relaciones con él hasta que le pidiera perdón. Y él siempre se lo pedía, incluso cuando tenía razón. La conclusión que extrae es que tardó años en descubrir que era un gilipollas.

La asimetría sexual y el orgasmo fingido

La conversación deriva hacia lo que Arturo llama asimetría sexual. Sostiene que las mujeres están mejor equipadas: pueden correrse cinco veces seguidas, diez si les apetece, mientras que los hombres echan un polvo, se corren y a descansar. Añade que ellos tienen que estar pendientes de que funcione el aparato. Y remata con una pregunta que descoloca a Diego: si conocía algún hombre capaz de fingir un orgasmo. Diego intenta la broma —«¡Ay, cariño, que me viene! ¡Que me viene otra vez!»— y las tres mujeres de la mesa contigua se echan a reír procurando no hacer ruido.

Gisela se atraganta con un sorbo de agua. Nuria se tapa la boca. Beatriz, en cambio, observa a Arturo con una curiosidad que empieza a resultar sospechosa. La escena funciona como un espejo incómodo: ellas escuchan una versión de la masculinidad que no habían considerado, y lo que oyen no es una queja sino una rendición calculada.

La hiena y el hombre que no ligan

Cuando los dos hombres piden la cuenta y se levantan, Nuria les dedica una sonrisa descarada. Diego la ve, le devuelve la sonrisa y se dispone a decirle algo. Arturo lo agarra del brazo: «No les des carnaza a las hienas». Y salen del restaurante. Las tres permanecen unos segundos en silencio. Gisela estalla: «¡Serán hijos de puta!». Nuria reconoce que el grandullón estaba bastante bueno. Beatriz sigue mirando hacia la puerta.

Lo que más le molesta a Beatriz no es la conversación sobre pagar por sexo ni la teoría sobre la asimetría sexual. Es que ni siquiera han intentado ligar con ellas. Ahí está el giro del relato: dos hombres que teorizan sobre retirarse de la conquista y que, puestos a prueba, no hacen ademán de conquistar a nadie. La indiferencia les resulta más ofensiva que el desprecio. Gisela sentencia «que les den por culo», y Nuria responde que eso es precisamente lo que quería el delgado, pero no le nace.

Aquella noche las tres amigas no se divierten. Van de copas como tenían previsto, pero ninguna consigue quitarse de la cabeza a los dos hombres del restaurante. Regresan a casa solas, bastante antes de lo habitual y de un humor de perros. Mientras se desmaquillan, cada una en su habitación, las tres piensan exactamente lo mismo: que aquellos dos estarían ya durmiendo a pierna suelta, después de haber tenido relaciones a sus anchas. Y sin haber tenido que halagar a ninguna.

El precio de la libertad

El relato deja una pregunta flotando: ¿es la retirada de Arturo una liberación o una rendición disfrazada de estrategia? Él la presenta como una decisión racional, pero su discurso está lleno de heridas sin cerrar. La mención a Marta, la esposa que se ha casado con otro, funciona como el motor silencioso de toda su argumentación. No ha recuperado la libertad: ha abandonado el terreno donde fue derrotado.

Diego, en cambio, es el contrapunto. Reconoce su fracaso, se ríe de sí mismo y no termina de comprar el discurso de su amigo. La escena termina sin vencedores. Las tres mujeres vuelven a casa con la sensación de haber perdido algo que ni siquiera sabían que estaba en juego. Y los dos hombres se marchan sin haber intentado nada, convencidos de haber ganado una batalla que nadie había planteado.

La historia retrata un fenómeno reconocible: el desgaste de las expectativas en las relaciones contemporáneas. Arturo ha convertido su experiencia personal en una teoría general, y Diego lo escucha entre la complicidad y la duda. Las mujeres, por su parte, descubren que la indiferencia puede ser más hiriente que el rechazo. El relato no ofrece soluciones, solo un espejo. Y en ese espejo, nadie queda bien parado.

Datos clave
  • Tres mujeres comparten piso desde hace dos años y celebran una cena mensual.
  • Dos hombres en la mesa contigua conversan sobre retirarse de la conquista y pagar por sexo.
  • Arturo sostiene que las mujeres pueden correrse cinco o diez veces seguidas, mientras que los hombres necesitan descansar.
  • La frase que abre el debate es «Yo siempre he querido ser gay, pero no me nace».
  • Al final, ninguno de los dos hombres intenta ligar con ellas, lo que descoloca a las tres amigas.
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

Fudivarri

EL ESTADO ES TU PEOR ENEMIGO.
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Los hombres que iban por libre

Gisela, Nuria y Beatriz compartían piso desde hacía dos años y habían establecido una costumbre que respetaban más que cualquier otra obligación doméstica: una vez al mes salían juntas a cenar y después se iban de copas. La cena servía para ponerse al día, criticar a los ausentes y decidir dónde continuar la noche. Lo demás dependía de la suerte.

Aquella noche el restaurante estaba abarrotado. Las mesas apenas distaban metro y medio unas de otras y el ruido obligaba a hablar a voces.

Acababan de pedir la cena cuando oyeron una frase procedente de la mesa contigua.

—Yo siempre he querido ser lgtb, pero no me nace.

Las tres volvieron discretamente la cabeza.

El que había hablado era un hombre delgado, de unos treinta y cinco años, que tenía delante una copa de vino. Su compañero, más corpulento, lo miraba divertido.

—A mí tampoco me nace —contestó—. Pero es que yo nunca he querido ser lgtb.

Gisela, la más seria, alzó las cejas. Nuria, la más joven, se tapó la boca para disimular una sonrisa.

—Es que no lo entiendes, Diego. Imagínate mujeres que se comportaran como hombres.

—Eso ya me gusta más.

—Tener relaciones por gusto, sin obligación, sin maquinaciones, sin amor. Puro sesso. Y después despedirse cordialmente. Si te he visto, no me acuerdo. Sin reproches, sin compromisos y sin planes de futuro.

—¿Y cuando volvieras a tener ganas?

—Pues otra vez. O con otra.

Diego levantó su copa.

—¡Por las mujeres que viven su sensual como ellos!

Brindaron.

Las tres mujeres se miraron. Nuria sonrió abiertamente. Gisela frunció el ceño y negó con la cabeza. Beatriz se limitó a encogerse de hombros: hasta entonces, nada de lo escuchado le parecía especialmente escandaloso.

—Lo malo —continuó Arturo— es que nosotros siempre acabamos metiéndonos en líos sentimentales. Y en ese terreno la asimetría sensual las favorece.

—Porque son más listas.

—No. Porque están mejor equipadas. En el sesso pueden tener varios orgasmos seguidos, diez si les apetece. Nosotros, en cambio, necesitamos un descanso. Y encima tenemos que estar pendientes de que funcione el aparato.

Gisela abrió mucho los ojos. Nuria le dio una patadita por debajo de la mesa y señaló disimuladamente a los dos hombres con la barbilla.

—Y ellas pueden fingir —prosiguió Arturo—. ¿Tú conoces algún hombre capaz de fingir un clímax?

—Yo podría intentarlo —respondió Diego, poniendo los ojos en blanco—. ¡Ay, cariño, que me viene! ¡Que me viene otra vez!

Las tres se echaron a reír, procurando no hacer ruido. Gisela se atragantó con un sorbo de agua.

—Pues yo he decidido retirarme de la competición —anunció Arturo—. Se acabó conquistar mujeres, invitarlas a cenar, fingir interés por sus problemas y pasarme media vida intentando adivinar qué esperan de mí.

—¿Y qué haces ahora?

—Lo mismo que tú llevas haciendo desde hace años, pero sin avergonzarme.

—¿Ir a locales de alterne?

—Exactamente.

La sonrisa desapareció de la cara de Nuria. Gisela dejó el tenedor sobre el plato. Beatriz miró a Arturo con renovado interés.

—Pues mira —confesó Diego—, yo siempre me había sentido un poco fracasado por eso. Como si tuviera que pagar porque ninguna mujer quisiera estar conmigo por gusto.

—Ahí tienes el problema. Has aceptado que sean ellas quienes decidan si eres un triunfador o no. Si consigues novia, has tenido éxito. Si no la consigues, parece que no. Y si pagas, se te juzga.

—Hombre, dicho así...

—Pero tú pagas, disfrutas y te marchas a tu casa. Sin discusiones, sin celos, sin aniversarios, sin conocer a sus padres y sin que nadie te pregunte por qué has llegado tarde.

Diego meditó unos segundos.

—Sin suegra...

—Sobre todo sin suegra. Y sin tener que dar explicaciones por nada.

Las tres mujeres se miraron otra vez. Gisela tenía la expresión de quien acaba de escuchar una declaración de guerra. Nuria parecía contener una carcajada. Beatriz seguía observando a Arturo, ahora con una curiosidad que empezaba a resultar sospechosa.

—¿Y el amor? —preguntó Diego.

—El amor es otra cosa. Yo estuve enamorado de Marta, ya lo sabes. Y mira cómo acabé. Ahora ella se ha casado con otro y yo he recuperado la libertad. No pienso volver a entregar las llaves de mi vida.

—Arturo, a tu lado esto parece un congreso cultural.

Arturo soltó una carcajada.

—Lo que ocurre es que nos comportamos como perros —continuó Diego—. Siempre pendientes de nuestra dueña, intentando adivinar qué quiere. Si acertamos, nos acaricia. Si no, nos castiga. A mí sólo me falta ladrar.

Gisela apretó los labios. Nuria se llevó dos dedos a la sien y los hizo girar discretamente. Beatriz se arregló el pelo.

—Por ejemplo —dijo Arturo—, Marta tenía un procedimiento infalible para ganar cualquier discusión. Dejaba de tener relaciones conmigo hasta que yo le pidiera perdón.

—¿Y se lo pedías?

—Siempre. Incluso cuando tenía razón.

—Pues no actuabas bien.

—Indudablemente. Pero he tardado años en descubrirlo.

Llegaron los cafés. Los dos amigos pidieron la cuenta.

Nuria miró a sus compañeras con expresión interrogante. Después volvió a mirar a Diego, que era bastante guapo. Se arregló también el pelo.

Cuando los hombres se levantaron, ella les dedicó una sonrisa descarada.

Diego la vio, le devolvió la sonrisa y se disponía a decirle algo cuando Arturo lo agarró del brazo.

—No les des pie, Diego.

Y salieron del restaurante.

Las tres permanecieron unos segundos en silencio.

—¡Qué maleducados! —exclamó finalmente Gisela.

—Pues el grandullón estaba bastante bueno —dijo Nuria.

Beatriz seguía mirando hacia la puerta.

—¿Sabéis qué es lo que más me molesta? —preguntó.

Las otras dos la miraron.

—Que ni siquiera han intentado ligar con nosotras.

—¡Pues que les den morcilla! —sentenció Gisela.

—Eso es precisamente lo que quería el delgado —replicó Nuria—. Pero no le nace.

Aquella noche las tres amigas no se divirtieron. Fueron de copas, como tenían previsto, pero ninguna consiguió quitarse de la cabeza a los dos hombres del restaurante.

Regresaron a casa solas, bastante antes de lo habitual y de mal humor.

Y mientras se desmaquillaban, cada una en su habitación, las tres pensaron exactamente lo mismo: que aquellos dos estarían ya durmiendo a pierna suelta, después de haber hecho lo que les apeteciera.

Y sin haber tenido que dar explicaciones a nadie.
 

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