. El hombre utilitario
Las tres eran jóvenes, independientes, modernas y estaban convencidas de que no necesitaban a ningún hombre para organizar sus vidas.
Compartían un piso antiguo de Madrid, de esos que tienen techos altos, ventanas que no cierran bien, tuberías que hacen ruido y una instalación eléctrica que parece diseñada por un enemigo de la humanidad.
Se llamaban Marisa, Cristina y Patricia. Tenían treinta y pocos años, buenos empleos, opiniones firmes sobre la igualdad y una vida sentimental bastante agitada.
A veces alguna llevaba un hombre. Otras veces no. […] Eran mujeres libres, sin prejuicios y, sobre todo, sin ninguna intención de dar explicaciones.
Marisa era la más exigente.
—Yo, para salir con un hombre, necesito que sea un tío con personalidad. Seguro de sí mismo. Que sepa lo que quiere.
—¡Pues cómprate un pastor alemán!
Una noche Marisa apareció con Félix.
Era un hombre de unos cuarenta años, de estatura corriente, pelo corriente, ropa corriente y una cara que no habría llamado la atención ni en una reunión de vecinos.
—Hola, chicas. Soy Félix.
—Hola, Félix.
Las dos lo examinaron discretamente mientras Marisa lo conducía hacia su habitación.
—Buenas noches.
—¡Que descanséis!
En cuanto cerraron la puerta, Cristina miró a Patricia.
—¿Ese es el hombre irresistible?
—Debe de estar de baja.
Se echaron a reír.
A la mañana siguiente, Marisa salió de la habitación, todavía despeinada, y fue a la cocina a prepararse un café.
Las otras dos ya estaban desayunando.
—¿Qué tal el hombre irresistible?
—¡Dejadme en paz!
—Llevas seis meses diciendo que sólo te interesan los hombres irresistibles y nos traes uno que parece el mozo de una ferretería.
—Supongo que no volveremos a verlo.
Patricia terminó su café y se levantó.
—Voy a ducharme.
A los dos minutos se oyó un grito desde el baño.
—¿Qué pasa?
—¡Que sale el agua helada!
Cristina puso los ojos en blanco.
—¡Lo que nos faltaba! ¡Otra vez el calentador!
En aquel momento apareció Félix, despeinado, en calzoncillos y con cara de no saber todavía en qué planeta estaba.
—Buenos días.
—Buenos días, Félix.
—¿Qué pasa?
—Que se ha estropeado el calentador.
—¿Qué calentador tenéis? —preguntó entre bostezos.
—Uno eléctrico. Está en la cocina.
—A ver.
Se acercó al aparato, miró el cuadro eléctrico y comprobó que había saltado el diferencial.
—¿Esto lo hace a menudo?
—A veces —contestó Cristina—. Pero lo levantamos y vuelve a funcionar.
Félix lo rearmó. Saltó inmediatamente.
—Ajá. Tiene una derivación. Voy a mirarlo.
—¿Tú entiendes de calentadores?
—Algo.
Fue a buscar sus pantalones, se vistió y pidió un destornillador.
—Tenemos uno de esos pequeños que venían con una estantería de IKEA —dijo Patricia.
—Bueno. Con esto podemos empezar.
Desconectó la alimentación eléctrica del aparato, cerró la entrada de agua y comenzó a desmontarlo.
Las tres se quedaron mirando.
Primero retiró una tapa. Después apareció una maraña de cables, conexiones, termostatos y piezas que ninguna sospechaba que existieran dentro de aquel cilindro blanco.
—¡Vaya! —exclamó Cristina—. ¡Pero si parece un submarino!
—¿Y tú sabes dónde va cada cosa? —preguntó Patricia.
—Claro.
—¿Y luego podrás volver a montarlo?
Félix la miró.
—Eso espero.
Siguió trabajando. Comprobó las conexiones, vació el depósito y terminó extrayendo una resistencia cubierta de incrustaciones.
—Aquí está el problema.
Las tres se acercaron.
—¡Qué desagradable! —dijo Marisa—. ¿Eso estaba dentro del agua con la que nos duchamos?
—Sí, mujer. Pero el agua no toca la parte eléctrica.
—¡Menos mal!
Félix dejó la resistencia sobre unos periódicos.
—Tengo que salir un momento.
Las tres se miraron.
—¿Salir?
—Sí. Voy a comprar una resistencia nueva. Hay una tienda de recambios a unas calles de aquí.
—¿Y cuánto tardarás?
—Media hora, si la tienen.
Cogió la pieza, se puso la chaqueta y salió.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Finalmente Cristina contempló el calentador abierto, los despojos sobre la encimera y el suelo mojado.
—Este no vuelve.
—¿Cómo que no vuelve? —preguntó Marisa.
—¡Mira cómo nos ha dejado la cocina! ¡Y ahora se larga!
—¡No digas eso! Félix es un tío estupendo.
—Ya. Pero tú misma has dicho que era uno más.
—Bueno, pues ahora digo que es estupendo.
—¿Y si no vuelve?
Marisa se encogió de hombros.
—Pues lo llamo.
—¿Y vendrá?
—¡Hombre, después de lo bien que lo pasamos anoche, seguro que vuelve!
—¡Pues más te vale, porque como tengamos que llamar a un técnico nos va a costar un calentador nuevo!
Cuarenta minutos después sonó el timbre.
Era Félix.
Traía una bolsa de plástico con una resistencia nueva y varias juntas.
—La tenían. Hemos tenido suerte.
Las tres lo recibieron como si acabara de regresar de una expedición al Polo Norte.
—¿Quieres un café, Félix?
—No, gracias.
—¿Una cerveza?
—Ahora no, que tengo que terminar.
—¿Te preparo algo de comer?
—No, mujer. Déjame acabar esto.
Volvió a ponerse delante del calentador, colocó la resistencia, sustituyó la junta, montó las conexiones y cerró el aparato.
Después llenó el depósito, comprobó que no hubiera fugas y conectó la corriente.
El diferencial no saltó.
Esperaron.
Al cabo de un rato, Félix abrió el grifo.
Salió agua caliente.
—Ya está.
Las tres se quedaron asombradas.
—¡Funciona! —exclamó Cristina.
Marisa miraba a Félix con una expresión nueva.
—Oye, pues eres un manitas.
—Bueno, estas cosas no tienen mucho misterio.
Aquella frase produjo una impresión extraordinaria.
No tienen mucho misterio.
Las tres llevaban meses pagando fontaneros, electricistas y técnicos de electrodomésticos por cosas que Félix consideraba carentes de misterio.
—Oye, Félix —preguntó Cristina—. ¿Tú sabes arreglar persianas?
—Depende de lo que tengan.
—Es que la de mi habitación está atascada.
—Luego la miro.
—¿Y azulejos?
—¿Qué les pasa?
—Que tenemos varios sueltos en el baño.
—Eso es fácil.
—¿Y una encimera rajada?
—Habrá que verla.
Las tres se miraron.
Aquello empezaba a adquirir proporciones históricas.
Félix examinó la persiana, encontró una lama desplazada y la dejó funcionando en diez minutos.
Después miró los azulejos.
—Esto se puede arreglar. Otro día traigo adhesivo y los coloco.
—¿Otro día? —preguntó Patricia.
—Sí, mujer. Cuando vuelva.
Las tres sonrieron.
«Cuando vuelva».
¡Qué expresión tan maravillosa!
Félix se marchó poco después, prometiendo regresar el sábado.
En cuanto se cerró la puerta, Cristina convocó una reunión extraordinaria.
—Marisa, tenemos que hablar.
—¿Qué pasa?
—Ese hombre no podemos perderlo.
—¡Pues no pienso casarme con él para que os arregle la casa!
—¿Y quién te ha dicho que te cases?
—¿Entonces qué queréis?
—Que siga viniendo. Mira, el año pasado pagamos ciento ochenta euros por la persiana, doscientos cuarenta por el fregadero y ciento veinte por cambiar un enchufe. ¡Y ahora resulta que Félix lo arregla todo!
—Pues estupendo. Que venga cuando quiera. Pero yo no voy a salir con un tío para que vosotras os ahorréis el fontanero. ¡Saldré con quien me dé la gana!
—¡Precisamente! —intervino Patricia—. Tú no tienes por qué hacer nada. Si un día te cansas de Félix, nosotras podemos mantenerlo interesado.
Marisa las miró.
—¿Qué estáis insinuando?
—Que podríamos compartir la carga, pero no puede no volver.
—¡Pero vosotras estáis hablando de repartiros a mi novio!
—¿Tu novio? ¡Si esta mañana decías que era uno más y que probablemente no volveríamos a verlo!
—¡Porque no es el hombre de mi vida! ¡Pero eso no significa que tenga que repartirlo con vosotras!
—Pues no lo repartas. Si quieres seguir con él, sigue. Pero si no quieres, déjanos intentarlo. No podemos perder a este hombre.
Marisa se quedó pensando.
—Bueno, pero yo no voy a obligarlo a salir con nadie.
Cristina sonrió.
—Pero déjanos intentarlo.
El sábado Félix regresó con una caja de herramientas y una bolsa de materiales.
Esta vez lo recibió Patricia.
Llevaba un vestido corto y una sonrisa que no había utilizado jamás para recibir a un fontanero.
—¡Hola, Félix!
—Hola. ¿Está Marisa?
—Sí, está duchándose. Pasa, hombre.
Félix entró.
—¿Dónde están los azulejos?
—En la cocina. Pero antes, ¿quieres un café?
—Bueno, sí.
Patricia le preparó el café, se sentó a su lado y le puso una mano sobre el muslo.
—Oye, Félix, ¿tú y Marisa sois novios?
—Bueno, nos estamos conociendo…
—¡Estupendo! Porque a mí también me gustas.
Félix se quedó mirándola.
—¿Yo?
En aquel momento apareció Marisa.
Contempló la escena, comprendió inmediatamente lo que estaba ocurriendo y decidió no intervenir.
—¡Hola, Félix! ¿Qué tal?
—Bien, bien.
—Estupendo. Yo tengo que salir. He quedado con un amigo. Os dejo tranquilos.
Félix se quedó desconcertado.
—Pero ¿no habías quedado conmigo?
—¡Claro! Cuando pueda.
Marisa salió.
Patricia sonrió.
Los azulejos tuvieron que esperar hasta el domingo.
Cuando Félix se despertó a la mañana siguiente, tardó unos segundos en recordar dónde estaba.
No era la habitación de Marisa.
Era la de Patricia.
Se incorporó lentamente.
—Progenitora mía.
Patricia abrió un ojo.
—¿Qué pasa?
—Nada. Que no entiendo nada.
—¿Qué no entiendes?
—Que vine aquí con Marisa y ahora estoy contigo.
—¿Y qué problema hay?
—No sé. ¿Marisa no se enfadará?
—¡Qué va! Marisa ha dormido hoy en casa de un amigo. Ella es así.
Félix se quedó pensativo.
—Ya veo.
—Oye, por cierto, ¿has visto la grieta de la encimera?
—Sí.
—¿Tiene arreglo?
—Claro. Eso es sencillo.
Patricia le dio un beso.
—¡Qué hombre más maravilloso!
Félix sonrió.
Empezaba a gustarle aquel piso.
Durante las semanas siguientes, las visitas se multiplicaron. Y volvió a salir con Marisa, quién se lo iba a decir.
Félix arregló una cisterna, colocó los azulejos, sustituyó dos enchufes y consiguió que una lavadora dejara de bailar por la cocina durante el centrifugado.
Las tres estaban encantadas.
Y Félix también.
Porque había descubierto que, sin haber cambiado de aspecto, de trabajo ni de personalidad, se había convertido de pronto en un hombre extraordinariamente solicitado.
Marisa lo invitaba a cenar.
Patricia le preparaba el desayuno.
Cristina, que al principio había sido la más burlona, empezó a recibirlo con unos besos que no dejaban ninguna duda sobre sus intenciones.
Una noche, mientras Félix dormía, las tres se reunieron en la cocina.
—Oye, ¿no os parece que estamos abusando un poco? —preguntó Marisa.
—¿Abusando de qué? —contestó Cristina.
—Del pobre Félix. Siempre está arreglando algo.
—¡Pero si está encantado!
—Ya, pero…
—Mira, Marisa, ayer le pregunté si quería que llamáramos a un técnico para arreglar el extractor y casi se ofende.
—¿Y qué dijo?
—«¡Pero cómo vais a pagar a un técnico por esa tontería, estando yo aquí!».
Patricia suspiró.
—Es un encanto.
—Sí —admitió Marisa—. Un encanto.
—Y además —añadió Cristina—, es bastante mejor pareja de lo que parecía.
—Es que la práctica hace al maestro. Y le estamos dando una caña entre las tres que aprendería hasta el más despistado.
—¡Hombre! No será un macho alfa, pero tiene una resistencia extraordinaria.
Las tres estallaron en carcajadas.
—¡Pues como la del calentador! —dijo Patricia.
—¡Y esa sí que sabemos que funciona!
Pasaron dos meses.
El piso estaba irreconocible. Las persianas funcionaban, los grifos no goteaban, los enchufes estaban firmes y la encimera había dejado de parecer el mapa hidrográfico de España.
Félix se sentía el hombre más afortunado de Madrid.
Hasta que una tarde, mientras tomábamos unas cervezas, me contó su historia.
—Oye, no sabes lo que me está pasando.
—¿Qué te pasa?
—Estoy saliendo con tres mujeres.
—¿Tres?
—¡Y viven juntas!
—¡No me digas!
—Pues sí. Y las tres están estupendas. Son independientes, modernas, no tienen celos…
—¡Una maravilla!
—¡Y además me quieren muchísimo! Cada vez que voy me reciben como si fuera una fiesta.
—¿Y cómo empezó todo?
—Pues fíjate qué tontería. Fui una noche con una de ellas y a la mañana siguiente se estropeó el calentador.
Y me lo contó todo.
Lo miré con admiración.
—Félix, ¿tú sabes lo que eres?
—¿Qué?
—¡Un macho alfa!
Se le iluminó la cara.
—¿Tú crees?
—¡Naturalmente! Pero de una especie nueva.
—¿Cuál?
—El macho alfa del mantenimiento.
Félix soltó una carcajada.
—¡Qué ocurrente eres! Pero tengo mala conciencia, ya ves.
—¿Por qué?
—Porque como el piso está ya casi perfecto, temo que no me llamen más… Así que, de vez en cuando, estropeo yo algo. Para poder repararlo luego, cuando se den cuenta. ¿Hago mal?
—No, hombre. En el amor y en la guerra todo vale. Tú sigue así. Solo procura que no se te estropee la herramienta.
Nos despedimos y lo vi alejarse con una sonrisa de felicidad absoluta.
Pensé en aquellas tres mujeres emancipadas que habían decidido vivir sin depender de ningún hombre y que ahora compartían uno para mantener el piso en condiciones. Y recordé que en ciertos países evolucionados se alquilan maridos por horas. Para hacer chapucillas a cambio no de dinero, sino de sesso. Y Madrid acababa de entrar en la auténtica civilización occidental.
Al fin y al cabo, cada época tiene su ideal de hombre. Antes se admiraba al guerrero, después al caballero, más tarde al empresario triunfador y últimamente al famoso de gimnasio.
Pero en un piso antiguo de Madrid, con las tuberías podridas y la instalación eléctrica en mal estado, el verdadero macho alfa es el que sabe dónde está la llave de paso.
Las tres eran jóvenes, independientes, modernas y estaban convencidas de que no necesitaban a ningún hombre para organizar sus vidas.
Compartían un piso antiguo de Madrid, de esos que tienen techos altos, ventanas que no cierran bien, tuberías que hacen ruido y una instalación eléctrica que parece diseñada por un enemigo de la humanidad.
Se llamaban Marisa, Cristina y Patricia. Tenían treinta y pocos años, buenos empleos, opiniones firmes sobre la igualdad y una vida sentimental bastante agitada.
A veces alguna llevaba un hombre. Otras veces no. […] Eran mujeres libres, sin prejuicios y, sobre todo, sin ninguna intención de dar explicaciones.
Marisa era la más exigente.
—Yo, para salir con un hombre, necesito que sea un tío con personalidad. Seguro de sí mismo. Que sepa lo que quiere.
—¡Pues cómprate un pastor alemán!
Una noche Marisa apareció con Félix.
Era un hombre de unos cuarenta años, de estatura corriente, pelo corriente, ropa corriente y una cara que no habría llamado la atención ni en una reunión de vecinos.
—Hola, chicas. Soy Félix.
—Hola, Félix.
Las dos lo examinaron discretamente mientras Marisa lo conducía hacia su habitación.
—Buenas noches.
—¡Que descanséis!
En cuanto cerraron la puerta, Cristina miró a Patricia.
—¿Ese es el hombre irresistible?
—Debe de estar de baja.
Se echaron a reír.
A la mañana siguiente, Marisa salió de la habitación, todavía despeinada, y fue a la cocina a prepararse un café.
Las otras dos ya estaban desayunando.
—¿Qué tal el hombre irresistible?
—¡Dejadme en paz!
—Llevas seis meses diciendo que sólo te interesan los hombres irresistibles y nos traes uno que parece el mozo de una ferretería.
—Supongo que no volveremos a verlo.
Patricia terminó su café y se levantó.
—Voy a ducharme.
A los dos minutos se oyó un grito desde el baño.
—¿Qué pasa?
—¡Que sale el agua helada!
Cristina puso los ojos en blanco.
—¡Lo que nos faltaba! ¡Otra vez el calentador!
En aquel momento apareció Félix, despeinado, en calzoncillos y con cara de no saber todavía en qué planeta estaba.
—Buenos días.
—Buenos días, Félix.
—¿Qué pasa?
—Que se ha estropeado el calentador.
—¿Qué calentador tenéis? —preguntó entre bostezos.
—Uno eléctrico. Está en la cocina.
—A ver.
Se acercó al aparato, miró el cuadro eléctrico y comprobó que había saltado el diferencial.
—¿Esto lo hace a menudo?
—A veces —contestó Cristina—. Pero lo levantamos y vuelve a funcionar.
Félix lo rearmó. Saltó inmediatamente.
—Ajá. Tiene una derivación. Voy a mirarlo.
—¿Tú entiendes de calentadores?
—Algo.
Fue a buscar sus pantalones, se vistió y pidió un destornillador.
—Tenemos uno de esos pequeños que venían con una estantería de IKEA —dijo Patricia.
—Bueno. Con esto podemos empezar.
Desconectó la alimentación eléctrica del aparato, cerró la entrada de agua y comenzó a desmontarlo.
Las tres se quedaron mirando.
Primero retiró una tapa. Después apareció una maraña de cables, conexiones, termostatos y piezas que ninguna sospechaba que existieran dentro de aquel cilindro blanco.
—¡Vaya! —exclamó Cristina—. ¡Pero si parece un submarino!
—¿Y tú sabes dónde va cada cosa? —preguntó Patricia.
—Claro.
—¿Y luego podrás volver a montarlo?
Félix la miró.
—Eso espero.
Siguió trabajando. Comprobó las conexiones, vació el depósito y terminó extrayendo una resistencia cubierta de incrustaciones.
—Aquí está el problema.
Las tres se acercaron.
—¡Qué desagradable! —dijo Marisa—. ¿Eso estaba dentro del agua con la que nos duchamos?
—Sí, mujer. Pero el agua no toca la parte eléctrica.
—¡Menos mal!
Félix dejó la resistencia sobre unos periódicos.
—Tengo que salir un momento.
Las tres se miraron.
—¿Salir?
—Sí. Voy a comprar una resistencia nueva. Hay una tienda de recambios a unas calles de aquí.
—¿Y cuánto tardarás?
—Media hora, si la tienen.
Cogió la pieza, se puso la chaqueta y salió.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Finalmente Cristina contempló el calentador abierto, los despojos sobre la encimera y el suelo mojado.
—Este no vuelve.
—¿Cómo que no vuelve? —preguntó Marisa.
—¡Mira cómo nos ha dejado la cocina! ¡Y ahora se larga!
—¡No digas eso! Félix es un tío estupendo.
—Ya. Pero tú misma has dicho que era uno más.
—Bueno, pues ahora digo que es estupendo.
—¿Y si no vuelve?
Marisa se encogió de hombros.
—Pues lo llamo.
—¿Y vendrá?
—¡Hombre, después de lo bien que lo pasamos anoche, seguro que vuelve!
—¡Pues más te vale, porque como tengamos que llamar a un técnico nos va a costar un calentador nuevo!
Cuarenta minutos después sonó el timbre.
Era Félix.
Traía una bolsa de plástico con una resistencia nueva y varias juntas.
—La tenían. Hemos tenido suerte.
Las tres lo recibieron como si acabara de regresar de una expedición al Polo Norte.
—¿Quieres un café, Félix?
—No, gracias.
—¿Una cerveza?
—Ahora no, que tengo que terminar.
—¿Te preparo algo de comer?
—No, mujer. Déjame acabar esto.
Volvió a ponerse delante del calentador, colocó la resistencia, sustituyó la junta, montó las conexiones y cerró el aparato.
Después llenó el depósito, comprobó que no hubiera fugas y conectó la corriente.
El diferencial no saltó.
Esperaron.
Al cabo de un rato, Félix abrió el grifo.
Salió agua caliente.
—Ya está.
Las tres se quedaron asombradas.
—¡Funciona! —exclamó Cristina.
Marisa miraba a Félix con una expresión nueva.
—Oye, pues eres un manitas.
—Bueno, estas cosas no tienen mucho misterio.
Aquella frase produjo una impresión extraordinaria.
No tienen mucho misterio.
Las tres llevaban meses pagando fontaneros, electricistas y técnicos de electrodomésticos por cosas que Félix consideraba carentes de misterio.
—Oye, Félix —preguntó Cristina—. ¿Tú sabes arreglar persianas?
—Depende de lo que tengan.
—Es que la de mi habitación está atascada.
—Luego la miro.
—¿Y azulejos?
—¿Qué les pasa?
—Que tenemos varios sueltos en el baño.
—Eso es fácil.
—¿Y una encimera rajada?
—Habrá que verla.
Las tres se miraron.
Aquello empezaba a adquirir proporciones históricas.
Félix examinó la persiana, encontró una lama desplazada y la dejó funcionando en diez minutos.
Después miró los azulejos.
—Esto se puede arreglar. Otro día traigo adhesivo y los coloco.
—¿Otro día? —preguntó Patricia.
—Sí, mujer. Cuando vuelva.
Las tres sonrieron.
«Cuando vuelva».
¡Qué expresión tan maravillosa!
Félix se marchó poco después, prometiendo regresar el sábado.
En cuanto se cerró la puerta, Cristina convocó una reunión extraordinaria.
—Marisa, tenemos que hablar.
—¿Qué pasa?
—Ese hombre no podemos perderlo.
—¡Pues no pienso casarme con él para que os arregle la casa!
—¿Y quién te ha dicho que te cases?
—¿Entonces qué queréis?
—Que siga viniendo. Mira, el año pasado pagamos ciento ochenta euros por la persiana, doscientos cuarenta por el fregadero y ciento veinte por cambiar un enchufe. ¡Y ahora resulta que Félix lo arregla todo!
—Pues estupendo. Que venga cuando quiera. Pero yo no voy a salir con un tío para que vosotras os ahorréis el fontanero. ¡Saldré con quien me dé la gana!
—¡Precisamente! —intervino Patricia—. Tú no tienes por qué hacer nada. Si un día te cansas de Félix, nosotras podemos mantenerlo interesado.
Marisa las miró.
—¿Qué estáis insinuando?
—Que podríamos compartir la carga, pero no puede no volver.
—¡Pero vosotras estáis hablando de repartiros a mi novio!
—¿Tu novio? ¡Si esta mañana decías que era uno más y que probablemente no volveríamos a verlo!
—¡Porque no es el hombre de mi vida! ¡Pero eso no significa que tenga que repartirlo con vosotras!
—Pues no lo repartas. Si quieres seguir con él, sigue. Pero si no quieres, déjanos intentarlo. No podemos perder a este hombre.
Marisa se quedó pensando.
—Bueno, pero yo no voy a obligarlo a salir con nadie.
Cristina sonrió.
—Pero déjanos intentarlo.
El sábado Félix regresó con una caja de herramientas y una bolsa de materiales.
Esta vez lo recibió Patricia.
Llevaba un vestido corto y una sonrisa que no había utilizado jamás para recibir a un fontanero.
—¡Hola, Félix!
—Hola. ¿Está Marisa?
—Sí, está duchándose. Pasa, hombre.
Félix entró.
—¿Dónde están los azulejos?
—En la cocina. Pero antes, ¿quieres un café?
—Bueno, sí.
Patricia le preparó el café, se sentó a su lado y le puso una mano sobre el muslo.
—Oye, Félix, ¿tú y Marisa sois novios?
—Bueno, nos estamos conociendo…
—¡Estupendo! Porque a mí también me gustas.
Félix se quedó mirándola.
—¿Yo?
En aquel momento apareció Marisa.
Contempló la escena, comprendió inmediatamente lo que estaba ocurriendo y decidió no intervenir.
—¡Hola, Félix! ¿Qué tal?
—Bien, bien.
—Estupendo. Yo tengo que salir. He quedado con un amigo. Os dejo tranquilos.
Félix se quedó desconcertado.
—Pero ¿no habías quedado conmigo?
—¡Claro! Cuando pueda.
Marisa salió.
Patricia sonrió.
Los azulejos tuvieron que esperar hasta el domingo.
Cuando Félix se despertó a la mañana siguiente, tardó unos segundos en recordar dónde estaba.
No era la habitación de Marisa.
Era la de Patricia.
Se incorporó lentamente.
—Progenitora mía.
Patricia abrió un ojo.
—¿Qué pasa?
—Nada. Que no entiendo nada.
—¿Qué no entiendes?
—Que vine aquí con Marisa y ahora estoy contigo.
—¿Y qué problema hay?
—No sé. ¿Marisa no se enfadará?
—¡Qué va! Marisa ha dormido hoy en casa de un amigo. Ella es así.
Félix se quedó pensativo.
—Ya veo.
—Oye, por cierto, ¿has visto la grieta de la encimera?
—Sí.
—¿Tiene arreglo?
—Claro. Eso es sencillo.
Patricia le dio un beso.
—¡Qué hombre más maravilloso!
Félix sonrió.
Empezaba a gustarle aquel piso.
Durante las semanas siguientes, las visitas se multiplicaron. Y volvió a salir con Marisa, quién se lo iba a decir.
Félix arregló una cisterna, colocó los azulejos, sustituyó dos enchufes y consiguió que una lavadora dejara de bailar por la cocina durante el centrifugado.
Las tres estaban encantadas.
Y Félix también.
Porque había descubierto que, sin haber cambiado de aspecto, de trabajo ni de personalidad, se había convertido de pronto en un hombre extraordinariamente solicitado.
Marisa lo invitaba a cenar.
Patricia le preparaba el desayuno.
Cristina, que al principio había sido la más burlona, empezó a recibirlo con unos besos que no dejaban ninguna duda sobre sus intenciones.
Una noche, mientras Félix dormía, las tres se reunieron en la cocina.
—Oye, ¿no os parece que estamos abusando un poco? —preguntó Marisa.
—¿Abusando de qué? —contestó Cristina.
—Del pobre Félix. Siempre está arreglando algo.
—¡Pero si está encantado!
—Ya, pero…
—Mira, Marisa, ayer le pregunté si quería que llamáramos a un técnico para arreglar el extractor y casi se ofende.
—¿Y qué dijo?
—«¡Pero cómo vais a pagar a un técnico por esa tontería, estando yo aquí!».
Patricia suspiró.
—Es un encanto.
—Sí —admitió Marisa—. Un encanto.
—Y además —añadió Cristina—, es bastante mejor pareja de lo que parecía.
—Es que la práctica hace al maestro. Y le estamos dando una caña entre las tres que aprendería hasta el más despistado.
—¡Hombre! No será un macho alfa, pero tiene una resistencia extraordinaria.
Las tres estallaron en carcajadas.
—¡Pues como la del calentador! —dijo Patricia.
—¡Y esa sí que sabemos que funciona!
Pasaron dos meses.
El piso estaba irreconocible. Las persianas funcionaban, los grifos no goteaban, los enchufes estaban firmes y la encimera había dejado de parecer el mapa hidrográfico de España.
Félix se sentía el hombre más afortunado de Madrid.
Hasta que una tarde, mientras tomábamos unas cervezas, me contó su historia.
—Oye, no sabes lo que me está pasando.
—¿Qué te pasa?
—Estoy saliendo con tres mujeres.
—¿Tres?
—¡Y viven juntas!
—¡No me digas!
—Pues sí. Y las tres están estupendas. Son independientes, modernas, no tienen celos…
—¡Una maravilla!
—¡Y además me quieren muchísimo! Cada vez que voy me reciben como si fuera una fiesta.
—¿Y cómo empezó todo?
—Pues fíjate qué tontería. Fui una noche con una de ellas y a la mañana siguiente se estropeó el calentador.
Y me lo contó todo.
Lo miré con admiración.
—Félix, ¿tú sabes lo que eres?
—¿Qué?
—¡Un macho alfa!
Se le iluminó la cara.
—¿Tú crees?
—¡Naturalmente! Pero de una especie nueva.
—¿Cuál?
—El macho alfa del mantenimiento.
Félix soltó una carcajada.
—¡Qué ocurrente eres! Pero tengo mala conciencia, ya ves.
—¿Por qué?
—Porque como el piso está ya casi perfecto, temo que no me llamen más… Así que, de vez en cuando, estropeo yo algo. Para poder repararlo luego, cuando se den cuenta. ¿Hago mal?
—No, hombre. En el amor y en la guerra todo vale. Tú sigue así. Solo procura que no se te estropee la herramienta.
Nos despedimos y lo vi alejarse con una sonrisa de felicidad absoluta.
Pensé en aquellas tres mujeres emancipadas que habían decidido vivir sin depender de ningún hombre y que ahora compartían uno para mantener el piso en condiciones. Y recordé que en ciertos países evolucionados se alquilan maridos por horas. Para hacer chapucillas a cambio no de dinero, sino de sesso. Y Madrid acababa de entrar en la auténtica civilización occidental.
Al fin y al cabo, cada época tiene su ideal de hombre. Antes se admiraba al guerrero, después al caballero, más tarde al empresario triunfador y últimamente al famoso de gimnasio.
Pero en un piso antiguo de Madrid, con las tuberías podridas y la instalación eléctrica en mal estado, el verdadero macho alfa es el que sabe dónde está la llave de paso.
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