Voluntarias cocinan para migrantes: gesto solidario o performance
En los últimos días, la imagen de un grupo de mujeres preparando ollas de comida en un campamento improvisado en el norte de Francia ha dado la vuelta a las redes. Los comensales son personas que esperan cruzar a Gran Bretaña sin documentación. El gesto, presentado como humanitario, ha desatado una controversia que mezcla feminismo, inmigración y guerra cultural.
La contradicción que nadie quiere ver
El argumento más repetido es el de la incongruencia. Quienes cocinan ahora para desconocidos, dicen los críticos, son las mismas que durante años han denunciado que la cocina era una carga impuesta por el patriarcado. La ironía resulta incómoda: si la olla es un símbolo de opresión cuando la usa una esposa, se convierte en gesto de libertad cuando alimenta a un migrante.
No es una discusión menor. En el fondo asoma la pregunta de si la solidaridad tiene una dosis de espectáculo. Entre los vídeos virales y las cenas filmadas con ángulo dramático, hay quien sostiene que estas acciones forman parte de una industria de la migración que necesita imágenes para justificar su financiación.
Del altruismo al «enemigo interno»
La parte más dura de la controversia va más lejos. Se acusa a estas voluntarias de hacer el trabajo sucio de una élite que quiere diluir la identidad europea. Se las trata de «quinta columna» o de ingenuas útiles para una causa que no comprenden. En ese extremo, el voluntariado se convierte en un presunto delito de traición, y la acusación ya no es política sino casi penal.
Hay quien compara el feminismo moderado con el islam moderado: un estado transitorio que, según esta tesis, allana el camino a versiones más radicales. La comparación es retorcida, pero revela hasta dónde llega la desconfianza mutua.
El ruido oculta los datos
Lo llamativo es que no hay cifras sobre la mesa. Ni cuántas voluntarias participan, ni cuánto dinero mueven las ONG, ni cuántos de esos solicitantes de asilo son considerados «falsos» por las autoridades. La discusión se alimenta de anécdotas, tuits y una creciente polarización donde cada bando habla de un país distinto.
Mientras tanto, la sopa se enfría. La cocina, el lugar más pragmático que existe, se ha convertido en un campo de batalla simbólico: dar de comer ya no es solo alimentar, es tomar partido. Y nadie parece dispuesto a bajar el fuego.