El ruandés que incendió una catedral y mató al sacerdote que lo acogió
Emmanuel Abayaisenga, inmigrante ruandés, solicitó asilo en Francia en 2012. Las autoridades le denegaron la protección en repetidas ocasiones y dictaron órdenes de expulsión que nunca se ejecutaron. Pese a su situación irregular, los sacerdotes de una catedral le confiaron las llaves del edificio para que realizara tareas de cierre y cuidado.
En algún momento posterior —la fecha exacta no se ha precisado—, Abayaisenga incendió la catedral. El fuego destruyó el órgano del siglo XVII, que había sobrevivido a la Revolución Francesa y a la Segunda Guerra Mundial, así como pinturas, vidrieras con fragmentos del siglo XVI y otros bienes de incalculable valor. Los propietarios de la catedral y el fiscal Thibaud Huc cifraron los daños en «más de 40 millones de euros».
A pesar del incendio, el sacerdote conocido como padre Maire acogió a Abayaisenga en su casa mientras esperaba el juicio. Allí, el ruandés asesinó al sacerdote.
El caso ha reabierto el debate sobre los límites de la acogida humanitaria y la gestión de las solicitudes de asilo. Un sector del análisis sostiene que el sistema falló al no deportar a tiempo a una persona condenada por un delito grave antes del asesinato. Otros apuntan que el problema de fondo es una política migratoria que genera situaciones de exclusión y vulnerabilidad. Lo que nadie discute es que la confianza depositada en Abayaisenga tuvo consecuencias trágicas y que la cadena de errores —desde las rechazadas peticiones de asilo hasta el encargo de las llaves— merece una revisión en profundidad.
El fiscal Thibaud Huc ha señalado la magnitud del patrimonio perdido. El órgano destruido era una pieza única; las vidrieras, irreemplazables. La cuenta del incendio supera los 40 millones, pero el coste humano es incalculable.