Muere arrollada por un tren de vapor al grabarse un selfie en México
Una mujer ha muerto arrollada por una locomotora de vapor cuando se disponía a grabarse un selfie junto a la vía. El siniestro ocurrió en Nopala de Villagrán, en el estado mexicano de Hidalgo, y la máquina implicada es la «The Empress 2816», un tren de vapor que atrae a curiosos allá por donde pasa. El vídeo circula y reabre la pregunta de siempre: en qué momento dejó de bastarnos con ver pasar un tren y pasamos a necesitar salir en él.
El tren es más ancho que la vía
El error de cálculo se repite y es fácil de entender. La caja de la locomotora sobresale bastante más allá de los carriles. Situarse fuera de la vía, aunque parezca una distancia prudente, no siempre lo es: un saliente a la altura de la cabeza convierte un roce en un golpe mortal. «Algunos no entienden que un tren es más ancho que sus vías», zanja uno de los mensajes. Según una de las lecturas que circulan del vídeo, la mujer esperaba el paso del convoy con el teléfono ya listo, cómoda con la separación que había elegido. No era tal.
Aparece también un matiz acústico. Quien graba un tren que se aproxima tiene los sentidos puestos en ese tren, y cualquier pieza que llegue por el lado ciego puede pasar inadvertida. La propia locomotora de vapor, ruidosa por definición, ayuda a enmascarar lo que ocurre alrededor. El margen para reaccionar se mide, en el mejor de los casos, en décimas de segundo.
¿Quién graba y quién ayuda?
Segunda capa del asunto: la reacción de quienes estaban allí. En las imágenes se ve a varias personas filmando y, según las lecturas más difundidas del vídeo, a pocas dispuestas a intervenir en el instante crítico. La crítica es explícita: se graba primero y se ayuda después, si acaso. Frente a eso, otro comentario rescata lo obvio: apenas se oye a alguien gritar «muévanse», y el resto mira.
El premio Darwin y su letra pequeña
El caso ha despertado la vieja tentación de aplicar la etiqueta de selección natural. Una parte lo formula sin rodeos: las redes han devuelto a la especie un filtro que creíamos superado. La réplica llega con reglamento en mano. Según el argumento que se esgrime, el llamado premio Darwin exige morir sin descendencia o quedar estéril sin haberla tenido, y quien deja hijos no entra en el cómputo. La letra pequeña importa más de lo que parece.
Por debajo asoma el argumento que desactiva el regodeo: casi nadie llega intacto a cierta edad. Todos hemos hecho alguna vez una tontería que pudo acabar mal y salimos de ella por un tris. La diferencia entre contar la anécdota y protagonizar la noticia es, muchas veces, cuestión de centímetros y de suerte.
Otro susto con el mismo tren
No es un episodio aislado. Con la misma locomotora en marcha se registró otra escena en Ramos Arizpe, en Coahuila: una mujer estuvo a punto de ser arrollada, el teléfono salió volando al golpearlo el ferrocarril y ella no resultó herida. La diferencia entre ambos episodios es mínima y el desenlace, opuesto.
Circula además el recuerdo de tres jóvenes que murieron al fotografiarse junto a un tren que llegaba por detrás. Y hay imágenes de personas cruzando apuradas por delante de una máquina en movimiento, con la misma certeza equivocada de que el ruido y la distancia juegan de su parte.
El móvil como sospechoso
La tentación prohibicionista aparece rápido: si los selfies provocan estas muertes, quítese la cámara frontal. La objeción es igual de veloz: quien quiera hacerse la foto le dará la vuelta al teléfono o buscará otra forma, y el problema no es el aparato, sino la incapacidad de medir el riesgo. Prohibir el instrumento no arregla el juicio que falta.
Con estos mimbres, el análisis se atasca justo donde empieza lo importante: en separar el error irrepetible de una persona concreta de una cultura que premia colocarse delante de la máquina. No hay cifra que resuelva esa frontera. Y no habrá titular que la cierre.