Récord de empleo femenino en España: 10 millones de afiliadas
España cerró mayo de 2024 con un hito que no había firmado nunca antes:
más de 10 millones de puestos de trabajo ocupados por mujeres, la cifra más alta de su historia. En el mismo mes, sin embargo, había
1,1 millones más de hombres afiliados a la Seguridad Social. Las dos cifras son ciertas y describen el mismo país: el
empleo femenino marca récord y la brecha de género se acorta, pero se niega a cerrarse.
La explicación del récord es menos épica de lo que sugiere el titular. De los
1,9 millones de empleos creados desde 2019, el 56% los han ocupado mujeres, y buena parte de ese empleo nuevo ha nacido en actividades donde ellas ya eran amplia mayoría. No es un vuelco del mercado laboral: es un empujón sectorial, con fecha de caducidad desconocida y una dependencia evidente del gasto público.
¿Qué sectores explican el récord de empleo femenino?
Cuatro, y muy concretos: educación, sanidad, asistencia en establecimientos residenciales y servicios sociales. Las mujeres representan el
66% del empleo en educación, el
74% en sanidad, el
83% en los residenciales y alrededor del 80% en servicios sociales. Solo estas cuatro actividades concentran el
30% de todo el empleo creado desde 2019, según el análisis de María Jesús Fernández, economista sénior de Funcas.
La letra pequeña incomoda. Si se excluyen esos cuatro sectores,
el empleo femenino habría crecido menos que el masculino. Dicho de otro modo: el hito de los 10 millones se apoya, en gran medida, en la expansión del empleo público en sanidad y educación. Ahí arranca la desconfianza de una parte del análisis económico, que ve en ese crecimiento un empleo sostenido con deuda más que con actividad productiva, y que recuerda que un puesto financiado con cargo a los presupuestos no compite en el mercado por sí mismo.
¿Por qué la brecha de género no se cierra?
Porque el mercado laboral no es el único que reparte tareas. Las labores del hogar y los cuidados siguen enormemente feminizados:
2,1 millones de mujeres en edad laboral ni trabajan ni buscan empleo por dedicarse a tareas domésticas. Con ese lastre, los hombres participan más en el mercado laboral que las mujeres en cualquier grupo de edad, sin excepción, por mucho que el número de ocupadas bata récords.
La consecuencia es estructural y explica el frenazo de décadas anteriores. El empleo femenino dejó de converger con el masculino tras la Gran Recesión y se quedó estancado durante años, hasta que llegó la pandemia y el consiguiente tirón de sanidad y educación. La brecha se ha reducido por el lado del empleo creado, no por el lado de los cuidados, que siguen sin repartirse. Mientras eso no cambie, cada nuevo puesto ocupado por una mujer será un avance parcial, no una solución.
El empleo femenino recuperó el nivel de 2008 once años antes que el masculino
Los registros históricos son tozudos. En mayo de 2024 había
1,8 millones de mujeres más afiliadas que en 2008, mientras que la diferencia en el caso de los hombres era de apenas 82.000 empleos más. Desde 1976, el número de mujeres ocupadas ha crecido en
6,2 millones, casi el triple que los 2,2 millones de hombres añadidos al mercado laboral.
La serie larga matiza el relato de la última década: lo que España vive no es una incorporación masiva y súbita de la mujer al trabajo, sino la culminación de medio siglo de incorporación con frenazos. La novedad de este 2024 es el umbral simbólico, no el fenómeno, por mucho que el umbral se venda como un cambio de era.
El malestar de la otra mitad: cuotas, horarios y trabajos cómodos
Una corriente de opinión sostiene que parte de ese empleo no responde a la demanda del mercado sino a criterios de selección. Se afirma que en determinadas empresas y consultoras existen
cuotas que obligan a contratar mujeres, hasta el punto de que cubrir una vacante con un hombre requeriría autorización expresa de un superior. Son afirmaciones que circulan sin verificación oficial y que, en varios casos, proceden de experiencias personales que no pueden comprobarse.
El mismo sector del análisis subraya que la mayoría de las nuevas ocupaciones femeninas se concentran en horarios cómodos, medias jornadas y oficina, mientras los trabajos de esfuerzo físico, riesgo y penosidad siguen mayoritariamente en manos masculinas. Y pone sobre la mesa un dato que casi nunca aparece en los titulares: según las estadísticas que se manejan en estos análisis,
el 97% de los accidentes laborales graves y mortales los sufren varones, con más de 400 muertos al año. La siniestralidad, dicen, es la brecha de la que nadie habla.
Enfrente, el argumento contrario: esas diferencias no serían una injusticia sino la consecuencia de la propia desigualdad. Mientras las tareas de cuidado sigan recayendo en las mujeres, serán ellas las que ocupen los empleos compatibles con esas tareas, aunque paguen peor y ofrezcan menos carrera. Y la crítica apunta también a la calidad, no solo a la cantidad: más empleo femenino en sectores con plantillas feminizadas no equivale a más poder económico.
¿Cuándo llegará el sorpasso?
No pronto. Con
1,1 millones más de hombres afiliados y con el empleo femenino absorbiendo el 56% de los nuevos puestos —medio millón de empleos entre mayo de 2023 y mayo de 2024—, la igualdad numérica exigiría años de la misma tendencia. Nada en la estructura de cuidados invita a pensar que se vaya a mantener ese ritmo.
Y queda la pregunta que nadie responde: si el récord se sostiene sobre empleo financiado con deuda y sobre una natalidad que no levanta cabeza, ¿qué parte de este avance es irreversible y qué parte se deshace con el primer ajuste serio de las cuentas públicas?