El motero que exige que la humanidad le deje paso
Un motorista graba su recorrido urbano, lo sube a internet y se queja de que el resto del tráfico no se aparta a su paso. El vídeo, difundido como muestra de pericia, se convierte en un catálogo de lo que la normativa prohíbe: zigzagueo continuo entre vehículos, adelantamientos por la derecha, pasos entre coches con menos de un metro de distancia y, en un túnel de doble sentido, un adelantamiento pisando la doble línea continua. La respuesta mayoritaria no tarda: quien graba no es un experto, es el problema.
Qué dice la norma sobre adelantar en moto
La regla es la misma para todos. Una moto es un vehículo más: si el carril está ocupado, toca esperar. No hay excepción por agilidad, ni por tamaño, ni por prisa. El adelantamiento entre dos vehículos que circulan por carriles distintos, con menos de un metro de separación, no es una maniobra avanzada: es una infracción. Y la doble línea continua en un túnel de doble sentido no admite interpretación.
Hay quien sostiene que filtrar entre coches parados es una práctica tolerada y hasta útil para descongestionar. El matiz importa: parados. A treinta por hora, con tráfico en movimiento, la misma maniobra deja de ser filtración y pasa a ser una apuesta. El vídeo no muestra coches detenidos. Muestra coches circulando y una moto buscando el hueco que no existe.
El doble rasero que indigna a los conductores
El argumento que más se repite no es jurídico, es de trato. Se exige a los coches que respeten una distancia lateral de seguridad y que traten a la moto como a un vehículo completo, pero después la moto se salta turnos, se cuela por donde no cabe y reaparece en el siguiente semáforo. La escena se repite en cualquier avenida: adelantas a una bici o a una moto con dificultad, llegas al semáforo y el adelantado te vuelve a pasar. Cuatro veces en la misma avenida.
La otra cara es la del conductor que cierra el paso a propósito. También la hay. Un vehículo que ocupa medio carril izquierdo y medio derecho para bloquear a quien viene detrás no está haciendo cumplir la ley: está cometiendo otra infracción. Y cuando el que bloquea acaba parado en el arcén con una patrulla detrás, el argumento se desmonta solo.
Por qué el vídeo se vuelve en contra de quien lo graba
La cámara no absuelve. Condena. Cada minuto grabado es una prueba de lo que se hizo, no de lo que se sufrió. El detalle que más se subraya es la velocidad: el velocímetro digital se lee con claridad, treinta por hora en los tramos despejados y veinte cuando se mete entre coches. No es un kamikaze a sesenta. Es algo más incómodo: alguien que cree que su prisa justifica cualquier maniobra.
Y hay un cálculo que no se ve en el vídeo pero que cualquiera que circule a diario conoce: la diferencia entre una abolladura y una lesión. Un golpe leve en una carrocería es un mal día. El mismo golpe en una moto es una ambulancia. Los servicios de urgencia llevan décadas viendo el resultado: conductores que llegan con una extremidad por un lado y el cuerpo por otro, y pacientes que acaban en silla de ruedas de por vida.
Qué se puede y qué no se puede hacer con una moto en ciudad
La moto tiene ventajas reales y legales: es más ágil, acelera antes y ocupa menos. Eso permite avanzar con menos espacio cuando el tráfico está detenido y volver al carril sin forzar a nadie. Lo que no permite es decidir que las normas son para los demás. La conducción entre vehículos en movimiento, el adelantamiento por la derecha y el zigzagueo continuo están fuera de la ley, y la sanción no depende de que haya un accidente.
El problema de fondo no es la moto. Es la convicción de que la prisa propia es una urgencia ajena. Ese conductor existe en moto, en bici, en patinete y en furgoneta. La diferencia es que unos salen en el vídeo y otros no.
El vídeo sigue circulando y la Guardia Civil tiene los fotogramas. Lo que no aparece en ningún fotograma es el dato que cierra la discusión: el velocímetro marca treinta. Ni siquiera corría.