Los mitos fundacionales de Israel: ni Éxodo ni expulsión romana
¿De verdad Roma expulsó a los judíos de Judea? ¿Salieron en masa de Egipto? ¿Comparten un mismo origen los judíos de Kiev y los de Marrakech? La historiografía crítica lleva décadas respondiendo que no a las tres preguntas, y lo hace con nombres, fechas y hasta etimologías. El asunto sigue siendo un campo minado: lo que para unos es revisión académica, otros lo leen como un ataque frontal a la legitimidad del Estado de Israel.
La referencia más citada es el historiador israelí
Shlomo Sand, autor de «La invención del pueblo judío». Sus tesis sostienen que buena parte del relato fundacional israelí —el Éxodo, la expulsión por Roma, el origen común— son construcciones posteriores y no hechos históricos. Es una postura discutida y polémica, pero con una capacidad de arrastre notable entre quien desconfía del relato oficial.
¿Hubo una expulsión de los judíos por Roma?
La tesis central es que tal expulsión nunca existió. Los romanos no deportaban pueblos enteros, viene a decir Sand, porque resultaba
demasiado costoso. Tras la revuelta del año 70 y la de Bar Kochba en el 135, Roma prohibió a los judíos establecerse en Jerusalén y su entorno, pero no vació la región. Muchos murieron en los combates y otros emigraron al arrasarse sus tierras, mientras una población judía considerable seguía allí.
Hay quien añade un detalle incómodo para el relato oficial: siglos después, en el
351, se registró una nueva revuelta judía encabezada por Isaac de Séforis contra el emperador Constancio II. Cuesta sublevarse en una tierra de la que, supuestamente, te han echado dos siglos antes.
La tesis jázara y el origen de los askenazíes
El argumento se apoya en la etimología. En hebreo,
Ashkenaz designa Centroeuropa —lo que hoy es Alemania y Polonia— y
Sefarad, Iberia, es decir, España y Portugal. De ahí que, según esta lectura, los askenazíes procedan de los jázaros del Cáucaso, un reino que se convirtió al judaísmo. El corolario: los judíos de Kiev y los de Marrakech tendrían tanto en común como un católico español y uno irlandés.
El peso demográfico no rebaja la tensión. Los números que maneja el debate sitúan en un
70% los judíos askenazíes en el mundo y en un
50% en la actual Israel. La pregunta por el origen, por tanto, es también política de primer orden.
Herzl, Balfour y los rabinos alemanes que se opusieron
Otro capítulo es el sionismo. Cuando Herzl quiso organizar el primer congreso sionista en Múnich se topó, según este relato, con la oposición de
78 de los 80 rabinos alemanes más importantes, porque ninguna religión tiene patria. La idea de que los judíos debían «regresar» a Palestina sería de origen británico —Lord Shaftesbury— antes que judío, y el eslogan de «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra» se atribuye a esa misma órbita. De Lord Balfour se recuerda, en esta versión, que impulsó leyes antiinmigración judía en Gran Bretaña.
¿Existieron el Éxodo y los reinos de David y Salomón?
La arqueología entra en escena con conclusiones igual de incómodas para el relato bíblico. Según las lecturas recogidas, no hay rastro del Éxodo ni de los reinos de David y Salomón, y la Biblia se lee como texto mítico antes que como crónica histórica. Sand lo resume con una imagen: la diáspora no desciende de un tronco único, sino de poblaciones distintas convertidas al judaísmo en lugares y épocas diferentes.
De la supuesta convivencia al conflicto moderno
Frente a la idea de un enfrentamiento milenario entre judíos y musulmanes, otra corriente subraya que la rivalidad es
reciente y que durante siglos hubo grados altos de convivencia y enemigos compartidos. El caso español enriquece el cuadro: la expulsión de 1492 empujó a buena parte de los sefardíes hacia el norte de África, y hay quien sostiene que una parte de los judíos de la Península eran en realidad beréberes conversos. La ruptura definitiva llegaría con el proyecto sionista y la creación de Israel en 1948, tras la declaración unilateral de independencia y la guerra con los países vecinos.
En sentido contrario no faltan voces: quienes defienden Israel como un escudo de Occidente frente a un vecindario hostil, o quienes leen el conflicto en clave religiosa y apocalíptica. Cada marco arrastra sus propios datos y descarta los incómodos. La discusión completa, con los detalles de las revueltas y las conversiones que se han ido desgranando, da para muchas más páginas que este resumen.
Con estos mimbres, cabría esperar un debate historiográfico sereno. Lo que hay es una trinchera más, con la arqueología de un lado y los libros sagrados del otro.
Al final, hasta la etimología acaba tirando de la manta.